Ernesto Alfredo Parada Rivera
El Diario de Hoy
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Sin quererlo o queriéndolo
a la par de las razones impuestas por el trabajo diario del litigante
cercano a los tribunales de justicia, he conocido y creo conocer con rigor
los extremos de nuestra administración de justicia. Y en tal sentido
me urge decir el progreso experimentado en el caminar del Órgano
respectivo, uno de los tres que conforman nuestro sistema de gobierno
democrático.
Por supuesto, habrá profesionales del Derecho que estarán
de acuerdo con estas breves apreciaciones y, otros, claro, podrán
encontrar diferencias de criterio.
Sin embargo, debemos estar unánimes en un punto: el adelanto profesional
de la impartición de justicia y el esfuerzo en adaptarse, el conjunto,
en la aplicación de los nuevos códigos Penal, Procesal Penal
y Ley Penitenciaria.
Los criterios adversos que podrían empañar lo relativo a
la justicia salvadoreña no son idénticos a los que lanzaban
a esa rama gubernamental antes de 1992, año de la firma del Acuerdo
de Paz. En primer lugar, la independencia del Órgano Judicial es
notoria. Podrá alguien o algunos señalar tal o cual procedimiento,
no al gusto de los críticos.
Lo que sí estamos de conformidad abogados litigantes con quienes
me relaciono, es en el progreso logrado en la nueva administración
de justicia, o sea, en la mejor práctica de los tribunales de las
jerarquías, y eso sí, los jueces han demostrado el no estar
sujetos a sugerencias o presiones de las alturas del Órgano, como
para modificar sus decisiones basadas en sus conocimientos y experiencias
legales.
Ha sido una costumbre fea el criticar adversamente a los integrantes de
la Corte Suprema de Justicia. Con el cambio operado después de
1992, y los nuevos códigos, particularmente con la ampliación
del Procesal Penal, tales críticas han mermado su virulencia, a
tal grado de casi no escucharse ni leerse. Y hay justa razón para
ello.
Los abogados que han llegado y llegan al máximo tribunal han sabido
responder a sus obligaciones, esto es, han interpretado a cabalidad los
signos de los tiempos.
De un pasado plagado de autoritarismo manoseador de las instituciones,
justicia, policía, salud, etc., el país se mueve hacia la
creación de un real sistema democrático. Y en ello, tanto
la presidencia como los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, han
puesto su enorme contribución.
En septiembre de 1997, el entonces Presidente de la Corte Suprema, Dr.
Jorge Eduardo Tenorio, dijo ante la Unión de Dirigentes de Empresas
Salvadoreñas UDES que el cambio operado del antiguo
autoritarismo o síndrome del esquema de fuerza, de un sistema verticalista,
excluyente, injusto, provocador de conflicto fratricida, a lo nuevo en
base a la suscripción del Acuerdo de Paz, básico, que dicen
muy bien del salvadoreño como pueblo sensato y maduro.
En tal situación, que nos pone en alto en el concierto de naciones,
debe darse el puesto que merece la administración de justicia,
a las cortes supremas de justicia del 92 para acá, y particularmente
a la actual presidida por el doctor Agustín García Calderón.
Las dificultades, los errores cometidos, no deben detener los avances,
pues, como dijo, el Dr. Tenorio, significan compromisos de nación
que habrá que honrar y que sólo pueden, si se cumplen bien,
llevarnos a la modernidad y a la construcción de una sociedad más
justa, mejor estructurada, participativa y en la que se goce de paz con
justicia que es la única y verdadera paz.
Y es que, hago mío aquel criterio, sin verdadera justicia, no dicen
nada o mayor cosa términos como economía social de mercado,
régimen de libre competencia, modernización de las instituciones,
participación ciudadana, en fin, Estado democrático de Derecho.
* Dr. en Derecho.

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