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Tomando la palabra
Los resultados de la mano dura

En los manuales de criminología se dice que el incremento de las medidas de represión del delito que no están acompañadas de estrategias serias de prevención, terminan agudizando los problemas de criminalidad.

Publicada 9 de diciembre 2004, El Diario de Hoy


José Miguel Cruz
El Diario de Hoy

editoriales@elsalvador.com

No hay duda de que los planes de mano dura que fueron impulsados por el gobierno de Flores, hace más de un año, cumplieron los objetivos que motivaron su implementación. Dichos planes contribuyeron significativamente a que el partido gobernante ganara las elecciones y que se recuperara de una profunda crisis de respaldo popular. Sin embargo, en términos de reducción de la violencia social y de combate de las elevadas tasas de homicidios, los planes de mano dura han resultado ser un fracaso.

Así lo consignan los registros de homicidios que llevan diversas instituciones del país, así lo testimonian los expedientes de las salas de urgencia de los hospitales del país y así lo confirman —en privado— todos los jefes policiales con quienes he hablado en los últimos cuatro meses.

Los planes de mano dura no sólo no han reducido los niveles de la expresión más aguda de la violencia social salvadoreña, los homicidios, sino que pareciera más bien que los han aumentado, y de manera considerable. Hay que reconocer, sin embargo, que otras manifestaciones del crimen violento han mantenido las tendencias de reducción que se iniciaron hace algunos años.

Los asaltos, los secuestros, los robos de vehículos y los robos de los transportes de mercadería son menos frecuentes ahora que antes.

Pero esas tendencias ya se habían establecido antes de la mano dura y responden más a un esfuerzo de la policía por reducir los crímenes que afectaban al clima empresarial que a las particularidades de los planes de mano dura. Lo que sí parece innegable es que los planes de mano dura, basados en la persecución publicitada de las maras, han aumentado la percepción pública de seguridad —aun bajo la agudización de la violencia social homicida—.

Ello es producto, en parte, de la idea promocionada por algunas autoridades de que las pandillas son las principales responsables de los crímenes y es también producto de las campañas mediáticas que venden la supuesta efectividad de la mano dura.

La verdad es que, lamentablemente, este país es hoy por hoy más inseguro de lo que era antes del inicio de los planes de mano dura.

El año 2003 cerró con un incremento notable de homicidios con respecto a 2002, y ya para octubre de 2004 tenemos más homicidios que los cometidos en 2003, según la Fiscalía.
Nadie puede negar que las pandillas juveniles son responsables de una buena parte de la violencia criminal, pero las estadísticas que ofrece Medicina Legal muestran que ni siquiera la tercera parte de los homicidios es atribuible a las pandillas.
Otra cosa es que las víctimas de homicidio más comunes sean jóvenes, sobre todo de escasos recursos. Pero la moda actual es culpar a los jóvenes de los males y no protegerles.

En los manuales de criminología se dice que el incremento de las medidas de represión del delito que no están acompañadas de estrategias serias de prevención, terminan agudizando los problemas de criminalidad.
Frente al aumento del uso de la fuerza, los grupos sociales —organizados o no— suelen reaccionar aumentando la violencia, llevando la espiral perniciosa de la violencia al siguiente nivel de gravedad.

No es extraño, pues, que los hospitales registren hoy más homicidios y, al mismo tiempo, menos lesionados. Lo que pasa es que hoy se tira a matar con más frecuencia. Y no es extraño tampoco que cuando más capturas hace la policía es cuando más homicidios hay. Lo que pasa es que en realidad no se está capturando a los responsables.
Los planes de mano dura han contribuido al aumento de los homicidios por dos razones: Primero porque en la búsqueda del orden público a través del aumento de la fuerza se ha validado la tesis de que la violencia se combate con más violencia.

Y segundo, porque el discurso asociado a dichos planes ha creado tan claramente un enemigo público que se ha generado la idea en algunos de que es válido matar a ciertas personas con tal de obtener seguridad.

Muchos homicidios que se están cometiendo en la actualidad son simplemente limpieza social.

Ese es el problema cuando el combate de la inseguridad y la delincuencia se define por la vía de hacerle la guerra a alguien y no por el compromiso de hacer valer los derechos a la vida, la integridad física y la seguridad de todos los ciudadanos.
El problema de la seguridad pública es un asunto de protección de derechos para todos, no es un asunto de guerra en contra de unos cuantos.

*Director del IUDOP de la UCA.


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