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Economía para todos
Biografía de Mr. Pencil

Como usted ya debe estar pensando, Mr. Pencil es sólo un lápiz, y de los más viejitos, pese a lo cual hace tiempo se dio el lujo de escribir su autobiografía, como si fuera una estrella de cine o un futbolista famoso

Publicada 7 de diciembre 2004, El Diario de Hoy


Alejandro Alle
El Diario de Hoy

alejandro_alle@yahoo.com

La sana teoría económica nos permite entender los mecanismos a través de los cuales se produce el proceso voluntario de cooperación social, fenómeno que ha permitido aumentar la productividad de toda la sociedad a niveles que eran impensados antes de que existiera la división del trabajo. La historia de Mr. Pencil que le voy a contar hoy nos permite entender con facilidad el mencionado proceso voluntario.

Como usted ya debe estar pensando, Mr. Pencil es sólo un lápiz, y de los más viejitos, pese a lo cual hace tiempo se dio el lujo de escribir su autobiografía, como si fuera una estrella de cine o un futbolista famoso. Claro que desde que se enteró de que David Beckham había publicado un libro autobiográfico, se ha puesto insoportable y quiere que las actuales generaciones también conozcan su historia.

La vida y obra de Mr. Pencil fue realmente escrita en 1958 por un señor que se llamaba Leonard Read, director en dicha época de la neoyorquina Fundación para la Educación Económica (FEE, por sus siglas en inglés). Read fue generoso y permitió que aquella publicación se llamara “Yo, lápiz”, como si hubiera sido escrita en forma autobiográfica por nuestro amigo Mr. Pencil.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y quizás hoy sería más actual escribir la historia de Mr. Notebook, de Mr. Laptop o de Mr. Palm, pero de esa forma se perdería el encanto de lo simple, y tendríamos fuertes reclamos de Mr. Pencil.

Como usted podrá imaginar, Mr. Pencil jamás pudo patear bien un tiro libre (el pobrecito es de madera), no se hizo tatuaje alguno, y tampoco se casó con una Spice Girl. Pese a lo cual siempre tuvo su autoestima bien alta, como se puede comprobar leyendo la citada publicación, en la cual si bien reconoce “ser sencillo”, nos recuerda que “deberíamos estar asombrados y admirados de él”, para finalmente rematar con que “no hay ninguna persona en el mundo que conozca, ni que sea capaz de efectuar, todos los procesos necesarios para fabricar un lápiz en forma industrial”.

La historia de Mr. Pencil empezó en un árbol, en zonas boscosas del Estado de Oregón. Específicamente se trataba de un cedro que necesitó de sierras para ser cortado, de sogas para ser atado a una grúa, y de un ferrocarril para ser transportado hasta un aserradero en San Leandro, California. Varias personas trabajaban en el bosque, y muchísimas más habían participado en la fabricación de sogas, grúas, y ferrocarriles. Ninguna sabía hacer mucho más que su propio trabajo.

Sigue contando Mr. Pencil que en el aserradero los troncos eran cortados en pequeñas láminas, las cuales eran barnizadas y horneadas. Varias personas trabajaban en el aserradero, y muchísimas más habían participado en la fabricación de barnices y hornos. Tampoco ninguna sabía hacer mucho más que su propio trabajo.

Luego Mr. Pencil sigue con la historia de su punta, que es de grafito de Ceilán, un lugar cerca de la India. Finalmente nos cuenta con detalle, y de forma bastante presumida, la ceremonia de su “coronación”, que en realidad no era más que la colocación del sombrerito de metal y caucho que sirve para borrar. Es que a esta altura del relato Mr. Pencil ya se creía un rey.

Además de habernos permitido tomar conciencia de la complejidad que hay detrás de la fabricación de un lápiz (¡un simple lápiz!), esta autobiografía tiene el mérito de terminar con dos afirmaciones acertadísimas, que son la esencia del mensaje de Leonard Read.

En primer lugar, Mr. Pencil reconoce que ninguna de las muchísimas personas que habían trabajado directa o indirectamente para fabricarlo, sentía en realidad un “gran cariño” por los lápices. Sabía que en el fondo dichos trabajadores eran “unos interesados”, y que si habían colaborado para su fabricación era porque “cada uno de ellos supo que podía utilizar su pequeña parte de conocimiento y de esfuerzo para hacer lápices, a fin de obtener a cambio el dinero que le permitiera comprar aquellas cosas que sí quería consumir”.

Y en segundo lugar, Mr. Pencil se asombra de que no hubiera habido ninguna “mente maestra gubernamental” dirigiendo estas incontables acciones voluntarias que permitieron fabricar lápices. El sistema de precios libres había conseguido el milagro de coordinar el trabajo de miles y miles de personas, que ni siquiera se conocían ni te- nían especial interés por hacer lápices. Nunca faltaron ni sobraron lápices en los escritorios, pese a que, como diría Frank Sinatra, todos los participantes de dicha coordinación eran “extraños en la noche”.

Hasta la próxima.
*Ingeniero. Master en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy.

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