
Alejandro Alle
El Diario de Hoy
alejandro_alle@yahoo.com
La sana teoría económica
nos permite entender los mecanismos a través de los cuales se produce
el proceso voluntario de cooperación social, fenómeno que
ha permitido aumentar la productividad de toda la sociedad a niveles que
eran impensados antes de que existiera la división del trabajo.
La historia de Mr. Pencil que le voy a contar hoy nos permite entender
con facilidad el mencionado proceso voluntario.
Como usted ya debe estar pensando, Mr. Pencil es sólo un lápiz,
y de los más viejitos, pese a lo cual hace tiempo se dio el lujo
de escribir su autobiografía, como si fuera una estrella de cine
o un futbolista famoso. Claro que desde que se enteró de que David
Beckham había publicado un libro autobiográfico, se ha puesto
insoportable y quiere que las actuales generaciones también conozcan
su historia.
La vida y obra de Mr. Pencil fue realmente escrita en 1958 por un señor
que se llamaba Leonard Read, director en dicha época de la neoyorquina
Fundación para la Educación Económica (FEE, por sus
siglas en inglés). Read fue generoso y permitió que aquella
publicación se llamara Yo, lápiz, como si hubiera
sido escrita en forma autobiográfica por nuestro amigo Mr. Pencil.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y quizás hoy sería
más actual escribir la historia de Mr. Notebook, de Mr. Laptop
o de Mr. Palm, pero de esa forma se perdería el encanto de lo simple,
y tendríamos fuertes reclamos de Mr. Pencil.
Como usted podrá imaginar, Mr. Pencil jamás pudo patear
bien un tiro libre (el pobrecito es de madera), no se hizo tatuaje alguno,
y tampoco se casó con una Spice Girl. Pese a lo cual siempre tuvo
su autoestima bien alta, como se puede comprobar leyendo la citada publicación,
en la cual si bien reconoce ser sencillo, nos recuerda que
deberíamos estar asombrados y admirados de él,
para finalmente rematar con que no hay ninguna persona en el mundo
que conozca, ni que sea capaz de efectuar, todos los procesos necesarios
para fabricar un lápiz en forma industrial.
La historia de Mr. Pencil empezó en un árbol, en zonas boscosas
del Estado de Oregón. Específicamente se trataba de un cedro
que necesitó de sierras para ser cortado, de sogas para ser atado
a una grúa, y de un ferrocarril para ser transportado hasta un
aserradero en San Leandro, California. Varias personas trabajaban en el
bosque, y muchísimas más habían participado en la
fabricación de sogas, grúas, y ferrocarriles. Ninguna sabía
hacer mucho más que su propio trabajo.
Sigue contando Mr. Pencil que en el aserradero los troncos eran cortados
en pequeñas láminas, las cuales eran barnizadas y horneadas.
Varias personas trabajaban en el aserradero, y muchísimas más
habían participado en la fabricación de barnices y hornos.
Tampoco ninguna sabía hacer mucho más que su propio trabajo.
Luego Mr. Pencil sigue con la historia de su punta, que es de grafito
de Ceilán, un lugar cerca de la India. Finalmente nos cuenta con
detalle, y de forma bastante presumida, la ceremonia de su coronación,
que en realidad no era más que la colocación del sombrerito
de metal y caucho que sirve para borrar. Es que a esta altura del relato
Mr. Pencil ya se creía un rey.
Además de habernos permitido tomar conciencia de la complejidad
que hay detrás de la fabricación de un lápiz (¡un
simple lápiz!), esta autobiografía tiene el mérito
de terminar con dos afirmaciones acertadísimas, que son la esencia
del mensaje de Leonard Read.
En primer lugar, Mr. Pencil reconoce que ninguna de las muchísimas
personas que habían trabajado directa o indirectamente para fabricarlo,
sentía en realidad un gran cariño por los lápices.
Sabía que en el fondo dichos trabajadores eran unos interesados,
y que si habían colaborado para su fabricación era porque
cada uno de ellos supo que podía utilizar su pequeña
parte de conocimiento y de esfuerzo para hacer lápices, a fin de
obtener a cambio el dinero que le permitiera comprar aquellas cosas que
sí quería consumir.
Y en segundo lugar, Mr. Pencil se asombra de que no hubiera habido ninguna
mente maestra gubernamental dirigiendo estas incontables acciones
voluntarias que permitieron fabricar lápices. El sistema de precios
libres había conseguido el milagro de coordinar el trabajo de miles
y miles de personas, que ni siquiera se conocían ni te- nían
especial interés por hacer lápices. Nunca faltaron ni sobraron
lápices en los escritorios, pese a que, como diría Frank
Sinatra, todos los participantes de dicha coordinación eran extraños
en la noche.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Master en Economía (ESEADE, Buenos
Aires). Columnista de El Diario de Hoy.

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