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Sentido Común
La venta de carne es un mal negocio

La dignidad de la mujer, la integridad de la familia, la salud mental de los menores y mayores tampoco son bienes que se negocian en la Bolsa ni fluctúan como el dólar, el índice de Nasdaq o los promedios de Dow Jones.

Publicada 7 de diciembre 2004, El Diario de Hoy


Ricardo Ricas
El Diario de Hoy

editoriales@elsalvador.com

En medio de un mundo que ve impotente a millones de seres humanos morir de Sida (tres millones partieron el año pasado); de sociedades cercenadas por la desintegración familiar; de familias enteras golpeadas por abusos, violaciones, embarazos precoces, abortos, etc.; en medio de todo eso, la venta de carne pareciera ser una popular estrategia para llamar la atención de los consumidores.

Carne para vender láminas. Carne para vender programas de reducción de peso y teléfonos celulares. Carne para vender vodkas, zapatos tenis, baterías, desodorantes y pastas dentales. Carne para todo. Carne, sobre todo, de mujer.

En alguna latitudes ya despiertan a esta peligrosa fantasía. Hay sitios donde la pornografía y la explotación del morbo en publicidad han sobrepasado el nivel de tolerancia y han terminado hastiando a la gente. Inglaterra es un buen ejemplo.

El “porno chic” en la publicidad —mensajes que recurren al “armamentario” de la pornografía, y que, disfrazados con toques de ironía, glamour o denuncia social, presentan una imagen degradante de la mujer— está en horas bajas, ha comentado The Economist (30-10-04).

Usar el sexo para vender ha saturado el gusto de las audiencias. Esto mismo afirman personeros de prestigiosas agencias de publicidad en el mundo, algunas incluso con socios locales en El Salvador.

Nicola Mendelsohn, de la agencia Grey de Londres, ha dicho que “estamos en una era más sutil. La gente busca cosas que son más reales, más sanas, más puras”.

Andrew Mc Guiness, director de la agencia de publicidad TBWA, complementa: “Hemos dejado atrás una época en la que el sexo era un modo de impresionar a los consumidores. Eso ya no funciona”. En otras latitudes, las primeras en reaccionar a la manipulación de la mujer en la publicidad han sido las mujeres mismas. Una compañía inglesa que vende depiladoras decidió utilizar como modelo la imagen de un maniquí en lugar de las imágenes sexualizadas del pasado, y obtuvo una impresionante respuesta de las consumidoras.

Por las razones que cada quien tendrá, la tendencia publicitaria ha comenzado a desligarse de la pornografía. Cada día son más las piezas publicitarias que apuestan a la información y al sentido del humor y menos a la venta de carne. El morbo ha dejado de vender.

Un reciente estudio del Chartered Institute of Marketing de Londres revela cómo en la ciudad inglesa sólo el 6% de los espectadores se consideran “influidos positivamente por imágenes sexuales en la publicidad”.

Yo me alegro de que la explotación sexual de la mujer en la publicidad vaya a la baja. Me alegro, porque pienso que alguna de esas pobres muchachas explotadas pudo ser mi hija o mi hermana; mi madre o mi esposa. Me alegro y espero que eso mismo ocurra en nuestro país.

En tiempos en que todo parece medirse con la vara del dinero, es bueno recordar que hay asuntos que no están ni pueden estar sujetos a transacción, porque no tienen valor de mercado, no responden a leyes de oferta y demanda ni a fórmulas y porcentajes matemáticos.

La dignidad de la mujer, la integridad de la familia, la salud mental de los menores y mayores tampoco son bienes que se negocian en la Bolsa ni fluctúan como el dólar, el índice de Nasdaq o los promedios de Dow Jones.

Son valores a cuidar y preservar toda la vida. La publicidad que explota la pornografía y el morbo para vender sus productos toca con las manos sucias esos valores.
Pensémoslo bien. Este no es un asunto que se arregle con odiosas censuras ni yesos mentales, es un tema de conciencia, educación y apuesta al futuro. Muchos vicios, malas costumbres, enfermedades y patrones patológicos de conducta se pudieran disminuir, si todos, consumidores, anunciantes, comunicadores, publicistas, tomáramos más conciencia del daño que esta lacra causa a la sociedad.

No hay dónde perderse. La historia lo demuestra: la venta de carne, a la larga y a la corta, termina siendo un mal negocio. Por El Salvador, por nuestra comunidad, por la integridad de las familias... por nuestros hijos, de nuevo, pensémoslo bien.
*Columnista de El Diario de Hoy.


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