Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
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El Dr. holandés Eduard Verhagen
da muerte, por medios indoloros, a niños holandeses cuando él
juzga, ateniéndose a un protocolo legal, que no deben seguir viviendo
porque, por padecer determinadas anomalías, sus vidas son vidas
inferiores, terribles, desesperadas, llenas de sufrimientos e incapacidades.
La mejor contestación a ese doctor y a todos los que consideran
moralmente legítima la eutanasia en niños se la ha dado
un joven italiano de 24 años, Giovanni Bonizio, en una carta publicada
en el diario Avvenire el 10 de noviembre. Adjunto la mayor parte de sus
palabras:
Entre los casos en los que el médico ha practicado la eutanasia,
está el de un niño nacido con espina bífida (mielomeningocele).
Eutanasia por sentido profesional y por amor según
el relato. Preguntaba el médico, de hecho, casi con horror, en
un periódico: ¿Pero han visto alguna vez a un niño
nacido con espina bífida?. Querría cambiar la pregunta:
¿Han visto alguna vez crecer a un niño con espina bífida
y convertirse en muchacho, en joven, en adulto? ¿Lo habrá
visto él alguna vez? Junto a otra: ¿cuándo una vida
es tal que merezca la pena ser vivida? Me parece que muchos hablan como
si la respuesta fuera obvia, pero precisamente obvia no es.
Evidentemente debo ser un superviviente. No debería existir:
nací con espina bífida. Sin embargo, tengo una vida rica,
intensa, también muchos amigos. He superado los exámenes
de secundaria y tengo mi diploma. Desde el pasado junio trabajo en un
banco de interés nacional. Mi vida es lo que se diría una
vida llena de intereses.
Mi trabajo es bueno, mi familia es la que yo le desearía
a muchos. Algunos problemas más en la vida me han creado una sensibilidad
abierta a las dificultades de los demás y tal vez por esto desde
hace años salgo al encuentro de los ancianos: la amistad les ayuda
a vivir también a ellos.
Leo, hablo, escribo, sé usar el ordenador como todos los
chicos de mi edad. Cuando nací, pocos apostaban por mí.
Afortunadamente hubo quien me quiso, verdaderamente, y no se asustó.
Poco a poco pude erguirme, incluso caminar y hacerlo bien. Me muevo por
mí mismo en una ciudad como Roma.
Me ha costado más que a los demás, soy más
orgulloso que los demás. No calculo mi inteligencia (ni la del
médico holandés), pero ciertamente puedo hablar, expresar
lo que pienso, aunque ese médico teorice que aquellos como yo no
pueden comunicarse y, por consiguiente, dice que sería mejor que
desaparecieran.
Mi vida no es ni triste ni inútil. Cierto, he sufrido varias
intervenciones quirúrgicas que me han ayudado a superar problemas
de distinto tipo y me han permitido vivir lo más posible una vida
como se dice normal. No ha sido siempre fácil; alguna
vez también he sufrido, pero en las camas cercanas a la mía
había siempre muchos otros chicos con el mismo deseo de sanar,
de comunicar, de hacer amigos y, sobre todo, de vivir.
Existe en cambio ahora una incapacidad de concebir la vida cuando
hay dificultades que superar. El médico holandés y los que
piensan como él deberían cuestionarse su miedo a la vida.
Miedo a una vida que contiene cansancio, conquista, lucha, derrotas, victorias,
y que no es sólo un simple crecimiento biológico, tal vez
embriagado de las últimas, pero satisfactorias, modas. Una postal
de bellos y triunfadores que se diluye con las
primeras dificultades de la vida, donde todos exhiben su gran sonrisa
y hacen fitness y beach volley.
Pienso que todos deberíamos preguntarnos un poco más
qué es verdaderamente humano y qué no lo es, en lugar de
estar sorprendidos por el hecho de que en nuestra sociedad aumenta el
número de personas deprimidas, que miles hacen cola para convertirse
en azafatas de shows televisivos, que millones sueñan con adivinar
el precio justo y que no se sabe qué les importa de
verdad a los jóvenes.
El problema es que no siempre se hace todo lo que se podría
hacer por ayudar a quien tiene un problema, una enfermedad, a vivir mejor.
Es sobre esto sobre lo que el médico holandés y quienes
piensan que la eutanasia es un modo de dar dignidad a la vida deberían
gastar más energías y conocimientos.
La eutanasia en niños me parece de verdad horrible, porque
no se saben defender. Se mata porque de eso se trata a los
que tienen defectos sin esperar siquiera a que crezcan para ver qué
ocurre, sin dar en cambio aquello que es necesario: más ayuda a
quien sólo es más débil. La propuesta es ésta:
si precisamente queremos eliminar algo, entonces en lugar de abolir la
fragilidad, es mejor comenzar por abolir el miedo a la fragilidad, que
nos hace a todos más deshumanizados (y más indefensos).
Y ustedes, lectores de esta columna, ¿qué opinan?, ¿quién
tiene razón, Giovanni o el Dr. Verhagen? Defínanse: ¿Están
a favor de la cultura de la vida o de la cultura de la muerte?
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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