Miriam
Mixco*
El Diario de Hoy
editoriales@elsalvador.com
Los gritos de niños marcados por
el dolor y sufrimiento a raíz de quemaduras sufridas por la pólvora
deberían ser más que suficientes para poner mayor atención
a este problema, que año con año se repite durante las festividades
de Navidad y Fin de Año.
El descuido en el uso de los juegos pirotécnicos provoca siempre
tragedias entre niños y niñas, en especial por el poco control
de los padres de familia en el cuidado de los menores en el momento de
quemar pólvora, sobre todo, los ya tristemente famosos volcancitos,
que se convierten en un verdadero atentado para los pequeños.
El fuego derrite literalmente la piel de los niños, ahoga su aliento,
quema sus ojos, párpados, cejas y deforma sus rostros, manos y
brazos. En algunos casos, el humo y el fuego llega hasta la tráquea
y chamusca toda la piel, causando un dolor que sólo el que ha sufrido
un accidente de este tipo puede describir con exactitud.
Con el cuerpo enrojecido, aliento carbonizado y aún con olor a
chamuscado, muchos infantes son llevados la noche del 24 y 31 de diciembre,
de emergencia, al Hospital Benjamín Bloom, donde los médicos
intentan disminuir el sufrimiento y reparar los daños, pero en
algunos casos no se pueden revertir, dado la gravedad de las quemaduras.
Uno de los principales descuidos es el hecho de que los niños guardan
sus pequeños polvorines en las bolsas de sus pantalones. Al tropezar
y caer al suelo les estallan los fulminantes, que a su vez queman los
demás cohetes y provocan las lamentables lesiones.
Triste es observar a niños con llagas, ya que estas llagas de inocencia
se podrían evitar si los adultos fuéramos un poco más
responsables con nuestros hijos y no dejarles solos con la pólvora,
aunque lo ideal es superar esta práctica, que no lleva a nada bueno.
El dinero que se utiliza para comprar estos productos podría ser
empleado para un fin más productivo.
Para la temporada navideña 2003, el sistema de vigilancia de lesiones
del Bloom registró un total de 101 menores atendidos, entre los
que fueron ingresados y los que regresaron el mismo día a su casa.
Entre los artefactos pirotécnicos que provocaron las lesiones están
el mortero (con 25 casos), el silbador (con 18) y el volcancito (con 14).
El hospital gastó 37,523 dólares en la atención a
esos pacientes (El Diario de Hoy, 19 de noviembre de 2004).
Difícil es cambiar nuestra idiosincrasia, pero si no comenzamos
ya a reflexionar en cada hogar acerca del peligro que representa el mal
manejo de los productos pirotécnicos y sus consecuencias, este
problema continuará todos los años. Lo correcto es que cada
papá o mamá se haga responsable del cuidado de sus hijos.
Existen diversas maneras para celebrar la Navidad y Fin de Año
sin que pongan en peligro la salud y la vida de nuestros niños
y niñas. Por ejemplo, en cada colonia, barrio o pasaje existen
asociaciones o comités de vecinos que podrían buscar implementar
mecanismos de seguridad para los infantes. Si el caso es que siempre se
quiere seguir quemando pólvora, ésta se podría reunir
en un solo lugar (una cancha, por ejemplo) para que todos puedan observar.
A estas alturas ya hay una cantidad considerable de niños quemados
por los productos pirotécnicos. El gobierno, a través de
las autoridades del Ministerio de Gobernación, Cuerpo de Bomberos
y del Hospital Benjamín Bloom, ha iniciado una campaña de
concientización; no obstante, dado que vivimos en un país
libre, la decisión es individual en el sentido de continuar permitiendo
a nuestros hijos que quemen pólvora.
Un poco de prevención hace la diferencia entre una tragedia y una
celebración sana. Cada acción produce consecuencias y somos
responsables de ellas.
*Lic. en Derecho. mmixco@hotmail.com

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