Óscar
Rodríguez Blanco, s, d, b.*
El Diario de Hoy
editoriales@elsalvador.com
El pasado 23 de noviembre, San Salvador
sirvió como sede para que el Programa Conjunto de las Naciones
Unidas sobre el VIH/Sida rindiera el Informe sobre la epidemia mundial
del Sida 2004.
Otras 14 ciudades como Madrid, Bruselas, Moscú, Nueva Delhi, París,
Tokio, Yakarta, etc., fueron también escogidas para informar sobre
esta terrible y preocupante epidemia que está azotando amplias
zonas del mundo. El documento presentado revela un incremento en el número
de infectados, especialmente en el sector femenino.
El Sida, dicen los expertos en la materia, es un trastorno clínico
grave y mortal, que se identificó con un síndrome definido
e independiente desde hace ya unos 25 años.
El síndrome representa la última etapa clínica de
la infección por el Virus de la Inmune Deficiencia Humana (VIH),
que por lo común daña en forma progresiva el aparato inmunitario
y otros órganos y sistemas, en especial el sistema nervioso central.
Ésta es una realidad que no se puede esconder, pues está
presente en diferente escala en todos los países.
Lastimosamente, muchas personas no le dan importancia y no han querido
tomar conciencia de lo que esto significa.
Qué pena me da cuando recibo confidencias de personas que son portadoras
del virus y que, por temor o vergüenza, no quieren revelarlo a sus
familias o amigos, pues temen ser discriminados y etiquetados.
La Jornada Mundial del Sida, celebrada el pasado 1 de diciembre, fue dedicada
a las mujeres y a las jóvenes, debido a la gran vulnerabilidad
que tienen para contraer el virus del VIH/Sida.
La información dada por las Naciones Unidas revela que en la actualidad
hay 42 millones de personas que viven con el VIH, y que de este gran total,
más de la mitad son mujeres en edad reproductiva y con actividades
laborales.
El Vaticano, consciente de esta realidad, ha enviado, a través
del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, un mensaje de cercanía
y de animación a todos aquellos que en el mundo entero luchan contra
esta pandemia, cuyas consecuencias han afectado gravemente la salud y
la dignidad de las mujeres y de las jóvenes.
La Iglesia siempre ha defendido la dignidad de la mujer, ha luchado para
combatir las discriminaciones que aún permanecen en muchos lugares
del mundo con respecto a la salud, la educación y el trabajo.
El cardenal Javier Lozano, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral
de la Salud, manifiesta en su mensaje que a la Iglesia le preocupa la
lamentable situación de los niños que han quedado huérfanos
por el Sida, el número ha crecido y actualmente ha llegado a 15
millones, la mayoría de ellos viviendo en el continente africano
en condiciones de pobreza.
Se calcula que para el año 2010 en el África subsahariana
habrá 18.4 millones de huérfanos.
Todos sabemos que el esfuerzo que se hace en el mundo por evitar la propagación
del VIH/Sida es enorme, los estados y las instituciones están haciendo
un gran trabajo para combatirlo, pero éste sigue creciendo.
El señor Nils-Arne Kastherg, director regional de Unicef, dice
que lo que necesitamos es que toda la región asuma la responsabilidad
histórica de detener la epidemia ahora. Esta opinión
merece respeto y decidida voluntad de unir esfuerzos para detener, hasta
donde sea posible, el avance de esta enfermedad.
Es necesario abrir los ojos para tomar conciencia de los estragos que
está produciendo esta epidemia y luchar para que en nuestros países
disminuya el avance. Los primeros que deben instruirse son los padres
de familia, para que juntamente con los educadores, los medios de comunicación
social, los que tienen responsabilidades pastorales, etc., unan sus esfuerzos
para educar la conciencia de cada persona.
Los padres deben dialogar frecuentemente con sus hijos para educarles
en los valores y en el recto uso de la sexualidad. Juan Pablo II, en su
mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2005, dice que el
drama del Sida se presenta como una patología del espíritu
y que para combatirla de manera responsable, es preciso aumentar la prevención
mediante la educación al valor sagrado de la vida y la formación
a la práctica correcta de la sexualidad (J.M. No3-4).
Son numerosos los proyectos y programas de formación y prevención
que la Iglesia realiza a través de clínicas, casas de acogida,
hospitales, etc., llevados por institutos religiosos con espíritu
de servicio y responsabilidad.
El Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud nos ha recordado el
pasado 1 de diciembre lo que ya había dicho la iglesia en la XXVI
Sesión Especial de la Asamblea General de la ONU en Nueva York:
Hay que apoyar los planes globales mundiales para combatir el VIH/Sida;
incrementar la educación escolar y la catequesis a los valores
de la vida y del sexo; informar adecuadamente sobre esta pandemia; favorecer
la participación de la sociedad civil en la lucha contra el Sida,
reducir al mínimo el precio de los medicamentos antirretrovirales
necesarios para curar a los enfermos, intensificar las campañas
de información para evitar la transmisión materno-infantil, dirigir
mayor atención a los grupos sociales más vulnerables.
El problema sobre la presencia del VIH/Sida en nuestro país, no
es sólo del Ministerio de Salud, es de todos, la salud es un don
de Dios que hay que saber cuidar.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora
(Don Rúa). e-mail: osrobla@hotmail.com

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