Mario
Rosenthal*
El Diario de Hoy
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La Navidad es una fiesta en familia y de
buena voluntad entre los hombres y paz en la tierra. Desafortunadamente
su éxito depende en gran parte de la cantidad de dinero de que
dispone la familia. Y a veces las carencias causan más dolor que
alegría.
La Navidad se ha comercializado hasta empañar casi por completo
su significado religioso, cristiano.
El cuento de Charles Dickens Christmas Carol, hoy popular, no obstante
haber sido publicado por primera vez hace más de ciento cincuenta
años, es la historia de una familia pobre y en la que el padre
es empleado del avaro mister Scrooge, que le hace trabajar hasta tarde
esa noche.
Llega a su casa, fría por el invierno, sin preparativos para la
fiesta. Y lamenta la falta de la cena, que tradicionalmente consiste de
un hermoso ganso horneado, con todos los adornos acostumbrados.
Scrooge se va a su casa y se le aparece el demonio de la mala Navidad,
que le infunde gran miedo, y luego se le aparece el ángel de la
buena Navidad, que lo logra llevando felicidad a los necesitados. Scrooge
ordena la cena para la familia de su empleado, que le colma de cariño
y gratitud.
Contamos este sencillo cuento de Dickens, que dedicaba casi todos sus
escritos a los pobres, porque las estadísticas que citan los medios
registran que la pobreza en El Salvador oscila entre el 40 y el 60 por
ciento de la población, a quienes se dirige la propaganda que se
hace en la Navidad.
Pero pensándolo bien hemos llegado a la conclusión de que
las ofertas no son sólo para los acaudalados, sino que hay ventas
que ofrecen precios menores, al alcance de todos los salvadoreños,
para que puedan llevar un poco de felicidad a sus familias.
La Nochebuena inspira la caridad sin que aparezca el demonio de la mala
Navidad. Nuestra sociedad se ha desarrollado de tal manera que compartir
con los menos afortunados es parte intrínseca de nuestra cultura
y la Navidad es la época en que muchos cumplen con esta costumbre.
De antaño se celebraban las posadas durante las nueve noches antes
de la Navidad. Los familiares, amigos y vecinos que participaban formaban
una procesión que iba de casa en casa buscando hospedaje. Se hacía
lo de la Virgen María y San José, precedidos por dos niños
cargando figuras de los santos, buscando posada, pero no lo lograban.
Al fin llegan a la casa acordada, donde se ha preparado un nacimiento,
y allí colocan las figuras de María y José, pero
no la del Niño Dios, que no se coloca hasta la última noche.
Cantan himnos apropiados y, por lo general, el anfitrión invita
a una fiesta y una cena.
Esta costumbre se observaba hasta hace unos cincuenta años en el
país en ciertas zonas y algunos pueblos. Las posadas no han desaparecido
del todo en Guatemala.
Quien ha eclipsado todas las figuras religiosas de la Navidad es el gordiflón
de Santa Claus, con su larga barba blanca.
Es una invención netamente estadounidense, derivada del mito de
San Nicolás, obispo de Myra en Asia Menor, en los años 300
a. de C., que fue famoso por su generosidad y fue consagrado como el santo
patrón de los niños. Los primeros holandeses que llegaron
a poblar Nueva Inglaterra le llamaban Sinterklass, que fácilmente
se transformó en Santa Claus.
El árbol de Navidad viene directamente de Alemania, donde formaban
parte de la religión pagana dirigida por los druidas.
Se especula que se comenzó a decorar árboles en el Siglo
XIII. Narra la historia que Martín Lutero, impulsador de la reforma
protestante, colocó unas candelas en un árbol de pino, para
mostrar a su familia lo bello que era el cielo de noche.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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