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El Salvador en perspectiva
La Navidad: alegría y tristeza

La Nochebuena inspira la caridad sin que aparezca el demonio de la mala Navidad. Nuestra sociedad se ha desarrollado de tal manera que compartir con los pobres es parte de nuestra cultura.

Publicada 5 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Mario Rosenthal*
El Diario de Hoy

editoriales@elsalvador.com

La Navidad es una fiesta en familia y de buena voluntad entre los hombres y paz en la tierra. Desafortunadamente su éxito depende en gran parte de la cantidad de dinero de que dispone la familia. Y a veces las carencias causan más dolor que alegría.

La Navidad se ha comercializado hasta empañar casi por completo su significado religioso, cristiano.

El cuento de Charles Dickens Christmas Carol, hoy popular, no obstante haber sido publicado por primera vez hace más de ciento cincuenta años, es la historia de una familia pobre y en la que el padre es empleado del avaro mister Scrooge, que le hace trabajar hasta tarde esa noche.

Llega a su casa, fría por el invierno, sin preparativos para la fiesta. Y lamenta la falta de la cena, que tradicionalmente consiste de un hermoso ganso horneado, con todos los adornos acostumbrados.

Scrooge se va a su casa y se le aparece el demonio de la mala Navidad, que le infunde gran miedo, y luego se le aparece el ángel de la buena Navidad, que lo logra llevando felicidad a los necesitados. Scrooge ordena la cena para la familia de su empleado, que le colma de cariño y gratitud.

Contamos este sencillo cuento de Dickens, que dedicaba casi todos sus escritos a los pobres, porque las estadísticas que citan los medios registran que la pobreza en El Salvador oscila entre el 40 y el 60 por ciento de la población, a quienes se dirige la propaganda que se hace en la Navidad.

Pero pensándolo bien hemos llegado a la conclusión de que las ofertas no son sólo para los acaudalados, sino que hay ventas que ofrecen precios menores, al alcance de todos los salvadoreños, para que puedan llevar un poco de felicidad a sus familias.

La Nochebuena inspira la caridad sin que aparezca el demonio de la mala Navidad. Nuestra sociedad se ha desarrollado de tal manera que compartir con los menos afortunados es parte intrínseca de nuestra cultura y la Navidad es la época en que muchos cumplen con esta costumbre.

De antaño se celebraban las posadas durante las nueve noches antes de la Navidad. Los familiares, amigos y vecinos que participaban formaban una procesión que iba de casa en casa buscando hospedaje. Se hacía lo de la Virgen María y San José, precedidos por dos niños cargando figuras de los santos, buscando posada, pero no lo lograban.

Al fin llegan a la casa acordada, donde se ha preparado un nacimiento, y allí colocan las figuras de María y José, pero no la del Niño Dios, que no se coloca hasta la última noche. Cantan himnos apropiados y, por lo general, el anfitrión invita a una fiesta y una cena.

Esta costumbre se observaba hasta hace unos cincuenta años en el país en ciertas zonas y algunos pueblos. Las posadas no han desaparecido del todo en Guatemala.

Quien ha eclipsado todas las figuras religiosas de la Navidad es el gordiflón de Santa Claus, con su larga barba blanca.

Es una invención netamente estadounidense, derivada del mito de San Nicolás, obispo de Myra en Asia Menor, en los años 300 a. de C., que fue famoso por su generosidad y fue consagrado como el santo patrón de los niños. Los primeros holandeses que llegaron a poblar Nueva Inglaterra le llamaban Sinterklass, que fácilmente se transformó en Santa Claus.

El árbol de Navidad viene directamente de Alemania, donde formaban parte de la religión pagana dirigida por los druidas.

Se especula que se comenzó a decorar árboles en el Siglo XIII. Narra la historia que Martín Lutero, impulsador de la reforma protestante, colocó unas candelas en un árbol de pino, para mostrar a su familia lo bello que era el cielo de noche.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.


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