
María López Andreu
El Diario de Hoy
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En El encanto de la vida simple
(Simple abundance, de Sara Ban Breanthnack, uno de los libros
que leí este año), encontré este pensamiento anónimo,
que guardé para compartir con ustedes en esta época de Adviento
y Navidad.
Dice: Si, como Herodes, llenamos nuestra vida de cosas y, nuevamente,
de más cosas; si nos consideramos tan poco importantes que debemos
llenar todos los momentos de nuestra vida de acción, ¿cuándo
tendremos el tiempo para hacer la larga y lenta travesía del desierto
que hicieron los Reyes Magos? ¿O para sentarnos y contemplar las
estrellas, como hicieron los pastores? ¿O para meditar sobre el
nacimiento del Niño, como hizo María? Cada uno de nosotros
debe atravesar un desierto. Descubrir una estrella. Y un ser dentro de
nosotros mismos, al que debemos darle vida.
Efectivamente, la modernidad está plagada de interminables actividades;
muchas son indispensables; otras, ineludibles; algunas, vitales y, en
buena dosis, las hay agradables y placenteras. Pero en la vorágine
diaria, también abundan las actividades inútiles, frívolas,
casi perjudiciales, que sólo nos representan, al final de la jornada,
una sensación de vacío y cansancio. Y, tristemente, es en
esta época cuando más acumulamos este tipo de actividades,
empujados por el frenesí del ambiente.
Es ahora cuando resaltan más el consumismo, la ambición,
la competencia desmesurada y el ansia de poseer, haciéndonos perder
la óptica del significado, no sólo de la Navidad, sino,
incluso, de la vida misma. Y, contrario a su verdadera naturaleza, en
vez de llenarnos de paz y espiritualidad, terminamos esta temporada exhaustos,
vacíos y en la más absoluta bancarrota.
Y así, más cosas
y cosas
y cosas
¡como
Herodes!
El Evangelio nos narra algunos rasgos de ese antiguo y perverso rey, que
quiso terminar con Jesús desde la cuna misma. Su odio fue tal que
sacrificó a miles de niños inocentes, pretendiendo así
impedir la obra de Dios.
Dos mil años después, los herodes se han multiplicado, modernizado
y sofisticado; conti- núan matando niños y atentando contra
la ley de Dios. Hoy, como entonces, su objetivo es establecer un mundo
sin Jesús; pero eso no lo han logrado ni lo lograrán jamás.
De los Reyes Magos, el Evangelio nos dice poco. Quizá por eso,
los imagino bastante novelescos: poseedores de inmensas riquezas, dotados
de una inteligencia excepcional y, sin duda, al estilo oriental, detentarían
un poder absoluto.
¿Cómo, cada uno de ellos, abandonó todo y salió
en pos de una estrella? ¿Se conocían de antemano? ¿Qué
se dirían, al reunirse y emprender juntos una marcha tan singular?
Y, una vez en camino, ¡cuánta riqueza habrán descubierto
en sí mismos mientras, ligeros de equipaje, buscaban cumplir su
misión, clara y definida! ¡Cuántas nuevas estrellas
vislumbradas, cuántas anécdotas compartidas, qué
profunda amistad forjada en medio de las vicisitudes! ¡Cuánta
fe y fortaleza requirieron para no abandonarse al cansancio y el decaimiento!
Los magos estaban comprometidos totalmente con su misión; ni la
noche ni el desierto ni las engañosas palabras del enemigo pudieron
hacerles desviar su rumbo, y esa travesía larga, lenta, penosa,
extenuante, les deparó la incomparable recompensa de llegar a Belén
y encontrar a Dios Niño, en brazos de su madre. ¿Qué
sentirían estos reyes poderosos al postrarse ante el Rey de Reyes?
¿Cómo enmudecerían esos sabios al conocer a la Sabiduría?
¿Con cuánta humildad realizarían la pequeñez
de su humanidad ante lo portentoso de la Divinidad? ¿Cuánto
se conmoverían estos hombres, recios y valientes, ante la sencillez
y pureza de la Virgen María?
Pues bien, estos días previos a la Navidad son, precisamente, para
que, a la grupa de los Reyes, transitemos el camino hacia Jesús.
Quizá debamos atravesar con ellos el desierto de un dolor infinito;
tal vez tengamos que sobrellevar muchas noches oscuras de preocupaciones,
o injusticias, penalidades y carestías nos hagan sentir la travesía
más larga y cansada.
Pero, si nos tomamos el tiempo, si, como los reyes, no perdemos la fe
ni el rumbo, veremos que en nuestra vida sí brillan muchos luceros
y nos inundan de paz.
Navidad es la época milagrosa en que, buscando a Jesús,
podemos encontrar en nosotros riquezas que desconocíamos... si
decidimos atravesar el desierto, descubrir una estrella y darle vida a
un nuevo y maravilloso ser dentro de nosotros mismos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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