
Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy
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A veces se puede pensar que el cristianismo
es una religión extramundana, como si a los cristianos no nos quedara
más remedio que resignarnos a pasar por la tierra conformándonos
con las penas y dolores que la vida necesariamente trae consigo; pues
cuanto más suframos aquí, más gozaremos allá
(en el cielo)
Es la misma mentalidad que llevó a Marx a pronunciar
su famosa condena contra la religión, acusándola de narcotizar
a los trabajadores, alienándolos para que no se alcen contra la
clase opresora, reclamando sus derechos.
Pero esa moneda tiene otra cara, la que utilizan los que han entendido
la religión como todo lo contrario del opio del pueblo, y lejos
de predicar resignación han instrumentalizado las creencias
hasta convertirlas en acicate, en espuela, que luego ha servido para despertar
a esas clases oprimidas (como dicen ellos), provocando guerras y revoluciones
al apropiarse de la cruz y esgrimirla como si de una espada se tratara.
La lógica nos dice que ni la primera ni la segunda postura reflejan
de manera auténtica la verdadera predicación de Cristo.
Que cualquier manipulación de la religión con fines meramente
temporales no responde al mensaje de amor al prójimo que es posible
encontrar en casi todas las páginas del Evangelio ni tampoco al
mensaje de lucha por la justicia que también contienen las Sagradas
Escrituras.
La historia enseña, además, que siempre que la religión
se ha salido de su campo natural y se ha puesto al servicio de intereses
de poder mundano, las cosas han terminado a tiros.
Entonces la pregunta es obligada ¿cuál es el
ámbito propio de la religión? La respuesta no es fácil.
Es evidente, al menos, que la religión la verdadera religión
no puede convertirse sin graves consecuencias, en instrumento que avale
la explotación del hombre por el hombre ni en arma arrojadiza o
instrumento manipulador usado para azuzar los ánimos en batallas
seculares.
Si no nos salimos del ámbito meramente político o sociológico,
si sólo vemos al ser humano en su dimensión social o biológica,
nos llevaría a confirmar lo que intenta reflejar con una dosis
de humor negro el chiste que dice que la diferencia entre el capitalismo
y el comunismo es que el primero promueve la explotación del hombre
por el hombre, y el segundo todo lo contrario
Puestos a intentar responder, lo mejor será, sin duda, tratar de
hallar la solución desde la religión misma. Cristo vino
a liberar al hombre, vino a redimirle, y por eso, en el meollo de la cuestión,
se encuentra la libertad; pero no cualquiera, sino la que trasciende las
realidades temporales, lo de cada día; esa libertad que no puede
prescindir de esas realidades, pues considera que todo lo que el hombre
haga en este mundo es medio y materia para su liberación.
Por eso, precisamente por lo delicado del tema, esa liberación
debe ser bien entendida, tal como lo explica Juan Pablo II: El hombre
no puede ser auténticamente libre ni promover la verdadera libertad
si no reconoce y no vive la trascendencia de su ser por encima del mundo
y su relación con Dios, porque la libertad es siempre la del hombre
creado a imagen de su creador (
). Cristo, redentor del hombre, nos
hace libres. Ser liberado de la injusticia, del miedo, del apremio, del
sufrimiento, no serviría de nada, si se permanece esclavo allá
en lo hondo de los corazones, esclavo del pecado. Para ser verdaderamente
libre, el hombre debe ser liberado de esta esclavitud y transformado en
una nueva criatura. La libertad radical del hombre se sitúa, pues,
al nivel más profundo: el de la apertura a Dios por la conversión
del corazón, ya que es en el corazón del hombre donde se
sitúan las raíces de toda sujeción, de toda violación
de la libertad.
Que no quiere decir que la liberación de la injusticia, del
miedo, del apremio o del sufrimiento quede fuera del horizonte de
la religión, pues aunque esa liberación no es el fin principal
de la redención, sí es la principal consecuencia de un corazón
liberado de la esclavitud del pecado, como se desprende de las palabras
del Papa.
Esgrimir la cruz como una espada, o colocarla tan alto que deje de tocar
la tierra, son dos extremos muy peligrosos, que sólo podrán
ser evitados con una concepción correcta de la religión,
de la política, y de sus campos de acción, sin pretender
de manera fundamentalista que una absorba a la otra y la anule irresponsablemente.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.

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