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Punto de vista
La espada y la cruz

Esgrimir la cruz como una espada, o colocarla tan alto que deje de tocar la tierra, son dos extremos muy peligrosos, que sólo podrán ser evitados con una concepción correcta de la religión, de la política.

Publicada 4 de diciembre 2004, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy

editoriales@elsalvador.com

A veces se puede pensar que el cristianismo es una religión extramundana, como si a los cristianos no nos quedara más remedio que resignarnos a pasar por la tierra conformándonos con las penas y dolores que la vida necesariamente trae consigo; pues cuanto más suframos aquí, más gozaremos allá (en el cielo)… Es la misma mentalidad que llevó a Marx a pronunciar su famosa condena contra la religión, acusándola de narcotizar a los trabajadores, alienándolos para que no se alcen contra la clase opresora, reclamando sus derechos.

Pero esa moneda tiene otra cara, la que utilizan los que han entendido la religión como todo lo contrario del opio del pueblo, y —lejos de predicar resignación— han instrumentalizado las creencias hasta convertirlas en acicate, en espuela, que luego ha servido para despertar a esas clases oprimidas (como dicen ellos), provocando guerras y revoluciones al apropiarse de la cruz y esgrimirla como si de una espada se tratara.
La lógica nos dice que ni la primera ni la segunda postura reflejan de manera auténtica la verdadera predicación de Cristo.

Que cualquier manipulación de la religión con fines meramente temporales no responde al mensaje de amor al prójimo que es posible encontrar en casi todas las páginas del Evangelio ni tampoco al mensaje de lucha por la justicia que también contienen las Sagradas Escrituras.

La historia enseña, además, que siempre que la religión se ha salido de su campo natural y se ha puesto al servicio de intereses de poder mundano, las cosas han terminado a tiros.
Entonces —la pregunta es obligada— ¿cuál es el ámbito propio de la religión? La respuesta no es fácil. Es evidente, al menos, que la religión —la verdadera religión— no puede convertirse sin graves consecuencias, en instrumento que avale la explotación del hombre por el hombre ni en arma arrojadiza o instrumento manipulador usado para azuzar los ánimos en batallas seculares.

Si no nos salimos del ámbito meramente político o sociológico, si sólo vemos al ser humano en su dimensión social o biológica, nos llevaría a confirmar lo que intenta reflejar con una dosis de humor negro el chiste que dice que la diferencia entre el capitalismo y el comunismo es que el primero promueve la explotación del hombre por el hombre, y el segundo todo lo contrario…

Puestos a intentar responder, lo mejor será, sin duda, tratar de hallar la solución desde la religión misma. Cristo vino a liberar al hombre, vino a redimirle, y por eso, en el meollo de la cuestión, se encuentra la libertad; pero no cualquiera, sino la que trasciende las realidades temporales, lo de cada día; esa libertad que no puede prescindir de esas realidades, pues considera que todo lo que el hombre haga en este mundo es medio y materia para su liberación.

Por eso, precisamente por lo delicado del tema, esa liberación debe ser bien entendida, tal como lo explica Juan Pablo II: “El hombre no puede ser auténticamente libre ni promover la verdadera libertad si no reconoce y no vive la trascendencia de su ser por encima del mundo y su relación con Dios, porque la libertad es siempre la del hombre creado a imagen de su creador (…). Cristo, redentor del hombre, nos hace libres. Ser liberado de la injusticia, del miedo, del apremio, del sufrimiento, no serviría de nada, si se permanece esclavo allá en lo hondo de los corazones, esclavo del pecado. Para ser verdaderamente libre, el hombre debe ser liberado de esta esclavitud y transformado en una nueva criatura. La libertad radical del hombre se sitúa, pues, al nivel más profundo: el de la apertura a Dios por la conversión del corazón, ya que es en el corazón del hombre donde se sitúan las raíces de toda sujeción, de toda violación de la libertad”.

Que no quiere decir que la liberación de “la injusticia, del miedo, del apremio o del sufrimiento” quede fuera del horizonte de la religión, pues aunque esa liberación no es el fin principal de la redención, sí es la principal consecuencia de un corazón liberado de la esclavitud del pecado, como se desprende de las palabras del Papa.

Esgrimir la cruz como una espada, o colocarla tan alto que deje de tocar la tierra, son dos extremos muy peligrosos, que sólo podrán ser evitados con una concepción correcta de la religión, de la política, y de sus campos de acción, sin pretender de manera fundamentalista que una absorba a la otra y la anule irresponsablemente.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.


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