
Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
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Cada domingo camino una cuadra al mercado
agrícola del vecindario para comprar productos orgánicos
y de la región. Mi madre y yo disfrutábamos del mismo rito
dominical hace dos décadas en Bogotá, cuando comprábamos
huevos, verduras y, en especial, guanábanas, pitayas y otras frutas
maravillosas. Estas experiencias rústicas y al aire libre que ofrecen
un contacto directo entre el comprador y el productor, entre la gente
de la ciudad y la del campo, son similares en ambas culturas, pero ahora
van en dirección opuesta.
El mercado al que voy ahora abrió en 1983. A mediados de los 70
había sólo 300 mercados agrícolas en Estados Unidos.
Ahora hay más de 3,000. De los casi $950 mil millones que los estadounidenses
gastan en alimentos al año, más de mil millones los gastan
en dichos mercados, suma que parece destinada a seguir aumentando.
En América Latina la tendencia es la opuesta. Pequeños mercados
al aire libre como los que se encuentran a las afueras de Bogotá,
en donde los campesinos con su vestimenta tradicional negocian los precios
de sus productos, están siendo reemplazados por supermercados a
un ritmo más vertiginoso que en cualquier otra región en
desarrollo del mundo.
Según el profesor de Michigan State University Thomas Reardon,
en los 80 los supermercados cubrían, en el mejor de los casos,
entre el 10 y el 20 por ciento de las ventas de alimentos al por menor.
En 2000, esa proporción se había elevado a entre 50 y 60
por ciento. En sólo una década América Latina vio
el mismo crecimiento en supermercados que tomó cinco décadas
en Estados Unidos.
Este boom es un resultado de las reformas del Consenso de Washington que
aumentaron la privatización y el libre comercio en América
Latina en los 90. Las reformas significaron un desarrollo rápido
y mayores ingresos en ciertos segmentos de la población, al igual
que un aumento tanto en la importación de productos alimenticios
como en la inversión extranjera, incluida la de grandes cadenas
internacionales de supermercados como Carrefour, de Francia.
También parece que las reformas han ayudado a combatir el hambre,
a pesar de que la disparidad de ingresos en la región continúa
siendo la peor del mundo. Según la Organización de las Naciones
Unidas para la Agricultura y la Alimentación, estudios preliminares
muestran que participar en comercio agrícola está
asociado con menos hambre, en vez de más. En los países
que importan menos del 10 por ciento de sus alimentos, el porcentaje de
la población que padece hambre es más elevado.
Pero el boom no carece de riesgos. El crecimiento en mercados agrícolas
en Estados Unidos es sólo el comienzo de un resurgimiento del pequeño
agricultor que ha sufrido el devastador efecto de las grandes agroindustrias
y los grandes supermercados.
En su libro Comer aquí, reclamando los placeres locales
en un supermercado global, Brian Halweil considera que esta lucha de los
pequeños agricultores no es más que una forma de sobrevivir
en la cadena alimenticia moderna.
Algunos gobiernos y funcionarios de organizaciones multilaterales fomentan
la idea de que los supermercados adquieran productos de agricultores locales
y ayuden a dichos agricultores a organizarse y convertirse en mejores
proveedores. Sin embargo, dichos esfuerzos continúan manteniendo
a los agricultores al final de la cadena alimenticia, integrada cada vez
más verticalmente.
En cambio, personas como Halweil arguyen que para recuperar parte de la
economía de alimentos o en el caso de América Latina,
mantener lo que tienen los agricultores tendrán que ser mejores
empresarios. Como parte de su adaptación para sobrevivir, necesitarán
aprender a procesar, empacar y mercadear sus productos directamente a
un consumidor más sofisticado. No obstante, actualmente existen
muy pocos proyectos de desarrollo agrícola en el mundo en desarrollo
que busquen enseñar esas capacidades entre los agricultores.
Halweil destaca otros ejemplos innovadores que concilian las necesidades
de la población con las de los pequeños agricultores. Hace
más de 10 años, la tercera ciudad más grande de Brasil,
Belo Horizonte, se propuso alimentar a sus residentes desnutridos. Empezó
a facilitar el establecimiento de mercados campesinos a lo largo de la
ciudad y a proveer comidas más nutritivas en las escuelas con productos
locales. Estos y otros programas le cuestan a la ciudad menos de un 1
por ciento de su presupuesto.
En Estados Unidos, generalmente son los consumidores educados y preocupados
por una mejor nutrición los que generan la demanda de productos
locales. En la ciudad de East Hampton, New York, existe un programa en
las escuelas similar al de Belo Horizonte que ofrece mejores opciones
alimenticias a los estudiantes con productos locales y de temporada provenientes
de granjas de Long Island. Los resultados son estudiantes más sanos
y agricultores más satisfechos.
Si Estados Unidos es un modelo, con el tiempo los consumidores latinoamericanos
se harán cada vez más sofisticados y los agricultores que
puedan ofrecer sus productos como más frescos y nutritivos podrán
competir con la conveniencia de los supermercados. Por el bien de los
agricultores latinoamericanos, entre más pronto eso suceda, mejor.
*Columnista del Washington Post.

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