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Desde washington
Resurgimiento del pequeño agricultor

Pero el boom no carece de riesgos. El crecimiento en mercados agrícolas en Estados Unidos es sólo el comienzo de un resurgimiento del pequeño agricultor que ha sufrido el devastador efecto de las grandes agroindustrias

Publicada 3 de diciembre 2004, El Diario de Hoy



Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

editoriales@elsalvador.com

Cada domingo camino una cuadra al mercado agrícola del vecindario para comprar productos orgánicos y de la región. Mi madre y yo disfrutábamos del mismo rito dominical hace dos décadas en Bogotá, cuando comprábamos huevos, verduras y, en especial, guanábanas, pitayas y otras frutas maravillosas. Estas experiencias rústicas y al aire libre que ofrecen un contacto directo entre el comprador y el productor, entre la gente de la ciudad y la del campo, son similares en ambas culturas, pero ahora van en dirección opuesta.

El mercado al que voy ahora abrió en 1983. A mediados de los 70 había sólo 300 mercados agrícolas en Estados Unidos. Ahora hay más de 3,000. De los casi $950 mil millones que los estadounidenses gastan en alimentos al año, más de mil millones los gastan en dichos mercados, suma que parece destinada a seguir aumentando.

En América Latina la tendencia es la opuesta. Pequeños mercados al aire libre como los que se encuentran a las afueras de Bogotá, en donde los campesinos con su vestimenta tradicional negocian los precios de sus productos, están siendo reemplazados por supermercados a un ritmo más vertiginoso que en cualquier otra región en desarrollo del mundo.

Según el profesor de Michigan State University Thomas Reardon, en los 80 los supermercados cubrían, en el mejor de los casos, entre el 10 y el 20 por ciento de las ventas de alimentos al por menor. En 2000, esa proporción se había elevado a entre 50 y 60 por ciento. En sólo una década América Latina vio el mismo crecimiento en supermercados que tomó cinco décadas en Estados Unidos.

Este boom es un resultado de las reformas del Consenso de Washington que aumentaron la privatización y el libre comercio en América Latina en los 90. Las reformas significaron un desarrollo rápido y mayores ingresos en ciertos segmentos de la población, al igual que un aumento tanto en la importación de productos alimenticios como en la inversión extranjera, incluida la de grandes cadenas internacionales de supermercados como Carrefour, de Francia.

También parece que las reformas han ayudado a combatir el hambre, a pesar de que la disparidad de ingresos en la región continúa siendo la peor del mundo. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, estudios preliminares muestran que “participar en comercio agrícola está asociado con menos hambre, en vez de más”. En los países que importan menos del 10 por ciento de sus alimentos, el porcentaje de la población que padece hambre es más elevado.

Pero el boom no carece de riesgos. El crecimiento en mercados agrícolas en Estados Unidos es sólo el comienzo de un resurgimiento del pequeño agricultor que ha sufrido el devastador efecto de las grandes agroindustrias y los grandes supermercados.

En su libro “Comer aquí”, reclamando los placeres locales en un supermercado global, Brian Halweil considera que esta lucha de los pequeños agricultores no es más que una forma de “sobrevivir en la cadena alimenticia moderna”.

Algunos gobiernos y funcionarios de organizaciones multilaterales fomentan la idea de que los supermercados adquieran productos de agricultores locales y ayuden a dichos agricultores a organizarse y convertirse en mejores proveedores. Sin embargo, dichos esfuerzos continúan manteniendo a los agricultores al final de la cadena alimenticia, integrada cada vez más verticalmente.

En cambio, personas como Halweil arguyen que para recuperar parte de la economía de alimentos –o en el caso de América Latina, mantener lo que tienen– los agricultores tendrán que ser mejores empresarios. Como parte de su adaptación para sobrevivir, necesitarán aprender a procesar, empacar y mercadear sus productos directamente a un consumidor más sofisticado. No obstante, actualmente existen muy pocos proyectos de desarrollo agrícola en el mundo en desarrollo que busquen enseñar esas capacidades entre los agricultores.

Halweil destaca otros ejemplos innovadores que concilian las necesidades de la población con las de los pequeños agricultores. Hace más de 10 años, la tercera ciudad más grande de Brasil, Belo Horizonte, se propuso alimentar a sus residentes desnutridos. Empezó a facilitar el establecimiento de mercados campesinos a lo largo de la ciudad y a proveer comidas más nutritivas en las escuelas con productos locales. Estos y otros programas le cuestan a la ciudad menos de un 1 por ciento de su presupuesto.

En Estados Unidos, generalmente son los consumidores educados y preocupados por una mejor nutrición los que generan la demanda de productos locales. En la ciudad de East Hampton, New York, existe un programa en las escuelas similar al de Belo Horizonte que ofrece mejores opciones alimenticias a los estudiantes con productos locales y de temporada provenientes de granjas de Long Island. Los resultados son estudiantes más sanos y agricultores más satisfechos.

Si Estados Unidos es un modelo, con el tiempo los consumidores latinoamericanos se harán cada vez más sofisticados y los agricultores que puedan ofrecer sus productos como más frescos y nutritivos podrán competir con la conveniencia de los supermercados. Por el bien de los agricultores latinoamericanos, entre más pronto eso suceda, mejor.

*Columnista del Washington Post.


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