
Julia Regina de Cardenal
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Todos buscamos la felicidad. Unos, equivocadamente,
se contentan con la que es momentánea y pasajera, que les da una
visión corta, impidiéndoles encontrar la verdadera y duradera.
Estamos viviendo tiempos difíciles, pues se habla mucho del respeto
a los derechos humanos, pero vemos violencia, egoísmo, injusticias,
abusos y corrupción en todo el mundo. La defensa de los derechos
humanos mal entendida ha causado más confusión y caos que
nunca. Si no se comprende que el derecho de una persona termina donde
comienza el derecho de otra, sólo se velará por los derechos
individuales de cada uno, sin importar el daño que puedan sufrir
los demás.
Cuando descubramos que la felicidad real se encuentra en el servicio a
los demás, en darnos, el mundo comenzará a cambiar y podremos
vivir en armonía y en paz. Mientras veamos el dolor o el sacrificio
como algo negativo, seguiremos buscando satisfacer nuestros propios caprichos,
velando por nuestros propios intereses, y las futuras generaciones aprenderán
a ser egoístas e infelices. Buscar la comodidad, el confort, la
autocomplacencia, deja el alma desordenada, triste, inquieta y vacía.
Estamos muy cerca de la Navidad, ha comenzado el tiempo de adviento, tiempo
de preparación para recibir a Dios, nuestro Salvador, Príncipe
de la Paz. Se hizo débil y pobre pudiendo nacer entre enormes lujos.
Se humilló, cuando pudo haber tenido grandes glorias aquí
en la tierra.
Nos enseñó que la felicidad se encuentra de seguir su ejemplo
de humildad, entrega, sacrificio, espíritu de servicio y misericordia
con los demás.
¿Ya has pensado cómo te vas a preparar para caminar hacia
el Señor? Si nuestra visión está nublada y no podemos
ver con claridad la luz, debemos pedir fortaleza para apartar todos los
obstáculos que nos impiden llegar hasta Él. Los mayores
enemigos que están en nuestro camino los descubriremos en nuestro
interior. Estas tentaciones sutiles son la concupiscencia de la carne,
la de los ojos y el orgullo de la vida.
El orgullo de la vida es el peor de los males y raíz de todos los
otros. Nos llena de vanidad, amor propio y engreimiento. La concupiscencia
de la carne es la tendencia desordenada de los sentidos, la sensualidad,
la comodidad, buscar lo más fácil, lo más placentero,
sin importar ofender, abandonar o ser infieles a Dios. La concupiscencia
de los ojos se ampara en la dignidad de la inteligencia que Dios ha dado
al hombre para que lo conozca y ame sobre todas las cosas. Nos lleva a
valorar sólo lo que podemos tocar, embotando los ojos del alma,
convirtiéndonos en materialistas y avaros.
Nos creemos autosuficientes para entender todo y prescindimos de Dios.
La inteligencia humana se llega a considerar el centro del mundo, llenándose
de amor por sí misma dándole la espalda a Dios y a los demás.
Para defendernos de estas grandes tentaciones podemos comenzar por procurar
que el Señor nos encuentre atentos y con el alma dispuesta a enderezar
nuestra vida. Toda nuestra existencia debe ser una constante preparación.
Un examen de conciencia profundo y una confesión nos ayudarán
a tener nuestra alma limpia y así recibir el sacramento de la Eucaristía,
donde Cristo se nos da para llenarnos de fortaleza, paz y alegría.
Mantenernos vigilantes y alertas con una constante oración y pequeñas
mortificaciones nos evitará tropezarnos o caer en trampas, nos
ayudará a salir de la oscuridad y ver el camino que nos llevará
hasta la luz.
Sigamos el ejemplo de la que mejor ha recibido al Señor, su madre
santísima, la Virgen María, la llena de gracia,
como la llama el Arcángel, la bendita entre todas las mujeres,
como manifiesta Santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo,
además de declarar que es la madre de Dios: ¿Qué
he hecho para merecer que venga a mí la madre de mi Señor?.
Pidámosle que ella nos guíe y nos lleve a purificar nuestras
almas para poder entregarle a su Hijo los mejores regalos en esta Navidad.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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