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Tema para meditar
Preparación y lucha contra los enemigos

Mantenernos vigilantes y alertas con una constante oración y pequeñas mortificaciones nos evitará tropezarnos o caer en trampas, nos ayudará a salir de la oscuridad y ver el camino que nos llevará hasta la luz.

Publicada 2 de diciembre 2004, El Diario de Hoy



Julia Regina de Cardenal
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Todos buscamos la felicidad. Unos, equivocadamente, se contentan con la que es momentánea y pasajera, que les da una visión corta, impidiéndoles encontrar la verdadera y duradera.

Estamos viviendo tiempos difíciles, pues se habla mucho del respeto a los derechos humanos, pero vemos violencia, egoísmo, injusticias, abusos y corrupción en todo el mundo. La defensa de los derechos humanos mal entendida ha causado más confusión y caos que nunca. Si no se comprende que el derecho de una persona termina donde comienza el derecho de otra, sólo se velará por los derechos individuales de cada uno, sin importar el daño que puedan sufrir los demás.

Cuando descubramos que la felicidad real se encuentra en el servicio a los demás, en darnos, el mundo comenzará a cambiar y podremos vivir en armonía y en paz. Mientras veamos el dolor o el sacrificio como algo negativo, seguiremos buscando satisfacer nuestros propios caprichos, velando por nuestros propios intereses, y las futuras generaciones aprenderán a ser egoístas e infelices. Buscar la comodidad, el confort, la autocomplacencia, deja el alma desordenada, triste, inquieta y vacía.

Estamos muy cerca de la Navidad, ha comenzado el tiempo de adviento, tiempo de preparación para recibir a Dios, nuestro Salvador, Príncipe de la Paz. Se hizo débil y pobre pudiendo nacer entre enormes lujos.

Se humilló, cuando pudo haber tenido grandes glorias aquí en la tierra.
Nos enseñó que la felicidad se encuentra de seguir su ejemplo de humildad, entrega, sacrificio, espíritu de servicio y misericordia con los demás.

¿Ya has pensado cómo te vas a preparar para caminar hacia el Señor? Si nuestra visión está nublada y no podemos ver con claridad la luz, debemos pedir fortaleza para apartar todos los obstáculos que nos impiden llegar hasta Él. Los mayores enemigos que están en nuestro camino los descubriremos en nuestro interior. Estas tentaciones sutiles son la concupiscencia de la carne, la de los ojos y el orgullo de la vida.

El orgullo de la vida es el peor de los males y raíz de todos los otros. Nos llena de vanidad, amor propio y engreimiento. La concupiscencia de la carne es la tendencia desordenada de los sentidos, la sensualidad, la comodidad, buscar lo más fácil, lo más placentero, sin importar ofender, abandonar o ser infieles a Dios. La concupiscencia de los ojos se ampara en la dignidad de la inteligencia que Dios ha dado al hombre para que lo conozca y ame sobre todas las cosas. Nos lleva a valorar sólo lo que podemos tocar, embotando los ojos del alma, convirtiéndonos en materialistas y avaros.

Nos creemos autosuficientes para entender todo y prescindimos de Dios. La inteligencia humana se llega a considerar el centro del mundo, llenándose de amor por sí misma dándole la espalda a Dios y a los demás.

Para defendernos de estas grandes tentaciones podemos comenzar por procurar que el Señor nos encuentre atentos y con el alma dispuesta a enderezar nuestra vida. Toda nuestra existencia debe ser una constante preparación. Un examen de conciencia profundo y una confesión nos ayudarán a tener nuestra alma limpia y así recibir el sacramento de la Eucaristía, donde Cristo se nos da para llenarnos de fortaleza, paz y alegría.

Mantenernos vigilantes y alertas con una constante oración y pequeñas mortificaciones nos evitará tropezarnos o caer en trampas, nos ayudará a salir de la oscuridad y ver el camino que nos llevará hasta la luz.

Sigamos el ejemplo de la que mejor ha recibido al Señor, su madre santísima, la Virgen María, la “llena de gracia”, como la llama el Arcángel, la “bendita entre todas las mujeres”, como manifiesta Santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, además de declarar que es la madre de Dios: “¿Qué he hecho para merecer que venga a mí la madre de mi Señor?”. Pidámosle que ella nos guíe y nos lleve a purificar nuestras almas para poder entregarle a su Hijo los mejores regalos en esta Navidad.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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