
Marvin Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@ yahoo.com.mx
Uno apenas acababa de cruzar la frontera
de la adolescencia llena de sueños, ideales, cipotas bonitas y
basquetbol cuando de pronto se encontraba con el rostro feo de la guerra.
No fue una historia singular ni especial. Fue la dura experiencia común
de miles de los que éramos jóvenes en los sesenta y los
setenta.
Y es que soplaban desde todos los puntos cardinales vientos de rebeldía.
Ganas de arreglar las cosas torcidas que en el mundo pasaban. Lejos de
la agitación del sindicato, de los círculos de estudios
marxistas o de las comunidades eclesiales de base, a mí me marcaron
cosas como las historias tristes que me contaban las muchachas que trabajaban
en la casa de la abuela, las canciones de Bob Dylan, la poesía
de Roque Dalton, el inesperado pero feliz acontecimiento de Michelle,
mi hija mayor y la lectura de un cuento de Salarrué sobre la Navidad.
Anoche, Marcelita, mi niña de 13, me volvió a tocar esa
tecla cuando me leyó el cuento. Y allí estaba otra vez esa
historia sencilla y desgarradora. Otra vez la historia del niño
aprietado, pujoso y pancitingo, cuya camisa le campaneaba al haz del ombligo.
Cipote lleno de felicidad, porque su mamá, mujer del campo siempre
embarazada, siempre abandonada, siempre hermanita de la pobreza, vieja
a los 30 años, le había dicho que el cura del pueblo le
iba a regalar un juguetillo en esa Navidad.
Nunca antes ese niño había tenido un juguete. Y, sin embargo,
el cielo lleno de estrellas, el olor a zacate veranero y la brisita de
noviembre le llenaban la cabecita de ilusiones. Le había tocado,
casi desde que aprendió a caminar, trabajar duro. Jalar el agua
desde la quebrada, moler maíz, ordenar la leña y hacer mandados.
Pero también jugaba con su hermanita, la más pequeña,
con olotes de milpa que simulaban ser muñecos.
Y, ya en el pueblo, el cura que repartía los juguetes le dice a
la mamá del niño, ropita de popelín, zapatos de hule
reventados y una toalla para taparse del sereno, que nunca la había
visto en misa y que el cipote no había venido a la doctrina. Y
ella: es que vivimos lejos, señor cura, y yo soy sola y me contaron
que iba a regalarle cositas a los cipotes. Y el cura: Para vos nuay,
oístes, para vos nuay. Y ya de regreso para el rancho de
paja, al pie del amate y del almendro, el niño atacado de tristeza
y desencanto pregunta: ¿Y el juguete? Y la mamá, presurosa
y resignada, guarda silencio.
Toda la injusticia del mundo cabe en ese cuento de Salarrué. Hace
años ese relato me movió el tapete. Se me metió junto
a la poesía de Roque, los abusos de la Guardia Nacional y el asesinato
de dos grandes amigos en el morral del descontento. Y me fui para la guerra.
A ayudar un poquito a componer la cosas. Creía, como decía
el Che, que el guerrillero, era el más alto nivel que alcanza el
ser humano, porque es capaz de entregar su sangre y su vida por los demás.
Pero la guerra no es una pe- lícula que se acaba en noventa minutos.
Todo el objetivo es matar al enemigo. No hay manera de humanizarla. Es
intrínsicamente inhumana. Dura. Pero en la época de Navidad,
al menos en Morazán, había siempre como una tregua. El ejército
suspendía los operativos. De vez en cuando, unos ataques aéreos.
Nada más. Hacíamos fiestas y comidas especiales. Y a mí
se me venía la nostalgia de mi hija y de mi casa. Y oraba para
salir vivo y poder algún día regresar a las navidades de
siempre.
En una de esas Nochebuenas hicimos un programa especial en la radio. Enviamos
saludos entre combatientes que nos los hacían llegar a través
de los radios inalámbricos o en papelitos que llegaban de manera
mágica hasta nuestro campamento. Leíamos poemas. A Santiago
se le ocurrió entonces leer el cuento de Salarrué. Lo leyó
de manera emotiva y con gracia. A mí me estremeció hasta
el alma.
Después me di cuenta de que los guerrilleros, quienes escuchaban
la radio con fervor casi religioso, se quedaron tristosos y pensativos
después del cuento. La comandante Mariana venía oyéndolo
en una pequeño radio mientras bajaba el Cacahuatique. Y a aquella
dura guerrillera se le salieron las lágrimas.
Para los que la guerra sólo fue una noticia o una cosa que se lee
en los abundantes libros testimoniales, esto a lo mejor les parezca baladí.
Pero a mí, como a muchísimos más, estos recuerdos
me tocan lo más profundo. Por eso anoche, cuando Marcelita leía
el cuento de Salarrué, le di gracias a Dios por haber oído
mis oraciones. Por estar en esta época navideña vivo y con
esta esposa y estas hijas, que son un bálsamo a la herida dejada
por los padres que se fueron.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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