elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

De mis recuerdos
Navidades en la guerra

Nunca antes ese niño había tenido un juguete. Y, sin embargo, el cielo lleno de estrellas, el olor a zacate veranero y la brisita de noviembre le llenaban la cabecita de ilusiones. Le había tocado, casi desde que aprendió a caminar, trabajar duro.

Publicada 2 de diciembre 2004, El Diario de Hoy



Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@ yahoo.com.mx

Uno apenas acababa de cruzar la frontera de la adolescencia llena de sueños, ideales, cipotas bonitas y basquetbol cuando de pronto se encontraba con el rostro feo de la guerra. No fue una historia singular ni especial. Fue la dura experiencia común de miles de los que éramos jóvenes en los sesenta y los setenta.

Y es que soplaban desde todos los puntos cardinales vientos de rebeldía. Ganas de arreglar las cosas torcidas que en el mundo pasaban. Lejos de la agitación del sindicato, de los círculos de estudios marxistas o de las comunidades eclesiales de base, a mí me marcaron cosas como las historias tristes que me contaban las muchachas que trabajaban en la casa de la abuela, las canciones de Bob Dylan, la poesía de Roque Dalton, el inesperado pero feliz acontecimiento de Michelle, mi hija mayor y la lectura de un cuento de Salarrué sobre la Navidad.

Anoche, Marcelita, mi niña de 13, me volvió a tocar esa tecla cuando me leyó el cuento. Y allí estaba otra vez esa historia sencilla y desgarradora. Otra vez la historia del niño aprietado, pujoso y pancitingo, cuya camisa le campaneaba al haz del ombligo. Cipote lleno de felicidad, porque su mamá, mujer del campo siempre embarazada, siempre abandonada, siempre hermanita de la pobreza, vieja a los 30 años, le había dicho que el cura del pueblo le iba a regalar un juguetillo en esa Navidad.

Nunca antes ese niño había tenido un juguete. Y, sin embargo, el cielo lleno de estrellas, el olor a zacate veranero y la brisita de noviembre le llenaban la cabecita de ilusiones. Le había tocado, casi desde que aprendió a caminar, trabajar duro. Jalar el agua desde la quebrada, moler maíz, ordenar la leña y hacer mandados. Pero también jugaba con su hermanita, la más pequeña, con olotes de milpa que simulaban ser muñecos.

Y, ya en el pueblo, el cura que repartía los juguetes le dice a la mamá del niño, ropita de popelín, zapatos de hule reventados y una toalla para taparse del sereno, que nunca la había visto en misa y que el cipote no había venido a la doctrina. Y ella: es que vivimos lejos, señor cura, y yo soy sola y me contaron que iba a regalarle cositas a los cipotes. Y el cura: “Para vos nuay, oístes, para vos nuay”. Y ya de regreso para el rancho de paja, al pie del amate y del almendro, el niño atacado de tristeza y desencanto pregunta: ¿Y el juguete? Y la mamá, presurosa y resignada, guarda silencio.

Toda la injusticia del mundo cabe en ese cuento de Salarrué. Hace años ese relato me movió el tapete. Se me metió junto a la poesía de Roque, los abusos de la Guardia Nacional y el asesinato de dos grandes amigos en el morral del descontento. Y me fui para la guerra. A ayudar un poquito a componer la cosas. Creía, como decía el Che, que el guerrillero, era el más alto nivel que alcanza el ser humano, porque es capaz de entregar su sangre y su vida por los demás.

Pero la guerra no es una pe- lícula que se acaba en noventa minutos. Todo el objetivo es matar al enemigo. No hay manera de humanizarla. Es intrínsicamente inhumana. Dura. Pero en la época de Navidad, al menos en Morazán, había siempre como una tregua. El ejército suspendía los operativos. De vez en cuando, unos ataques aéreos. Nada más. Hacíamos fiestas y comidas especiales. Y a mí se me venía la nostalgia de mi hija y de mi casa. Y oraba para salir vivo y poder algún día regresar a las navidades de siempre.

En una de esas Nochebuenas hicimos un programa especial en la radio. Enviamos saludos entre combatientes que nos los hacían llegar a través de los radios inalámbricos o en papelitos que llegaban de manera mágica hasta nuestro campamento. Leíamos poemas. A Santiago se le ocurrió entonces leer el cuento de Salarrué. Lo leyó de manera emotiva y con gracia. A mí me estremeció hasta el alma.

Después me di cuenta de que los guerrilleros, quienes escuchaban la radio con fervor casi religioso, se quedaron tristosos y pensativos después del cuento. La comandante Mariana venía oyéndolo en una pequeño radio mientras bajaba el Cacahuatique. Y a aquella dura guerrillera se le salieron las lágrimas.

Para los que la guerra sólo fue una noticia o una cosa que se lee en los abundantes libros testimoniales, esto a lo mejor les parezca baladí. Pero a mí, como a muchísimos más, estos recuerdos me tocan lo más profundo. Por eso anoche, cuando Marcelita leía el cuento de Salarrué, le di gracias a Dios por haber oído mis oraciones. Por estar en esta época navideña vivo y con esta esposa y estas hijas, que son un bálsamo a la herida dejada por los padres que se fueron.
*Columnista de El Diario de Hoy.


elsalvador.com WWW