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La diáspora salvadoreñ
Los lazos de unidad

El ansia de progreso moral y socioeconómico de El Salvador debe ir de la mano con el apoyo de los miles de compatriotas que añoran estar aquí, pero que tienen una parte de su vida ya afincada en el extranjero

Publicada 1 de diciembre 2004, El Diario de Hoy



Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Hace unos años, un experimentado periodista salvadoreño con el que trabajaba en un canal de televisión en Estados Unidos me relató una anécdota fantástica que le sucedió a él en los albores de la década pasada. Resulta que durante un viaje por la India, después de caminar por una atestada plaza, advirtió que un hombre le miraba insistentemente de reojo. El misterioso tipo portaba un turbante en la cabeza, un rocambolesco atuendo y soplaba con mucho acierto una pequeña flauta con la que llamaba la atención de una serpiente, que emergía lentamente de un cesto de mimbre.

Mi colega no dio importancia a las miradas hasta que el susodicho le silbó la “tonadita” que aquí pitamos cuando alguien nos interrumpe el paso en la carretera. Eso le desconcertó y no tuvo más remedio que improvisar un contacto con el personaje en cuestión, que rápidamente se adelantó para revelar su identidad: “Soy Chepe, me imagino que no te acordás de mí, yo fui vecino tuyo en el pueblo”, le dijo. “Caramba —le contestó mi amigo—, no te había reconocido con ese gabán tan propio de este país”. Y sin mucho trámite, el otro le contó en tres pinceladas cómo había llegado hasta esas remotas tierras y cómo se había integrado en esa cultura.

No deja de parecerme asombroso que hasta ahí haya un salvadoreño ganándose la vida con aplomo, gracia y creatividad. Chepe, como otros miles, es una de tantas historias de compatriotas nuestros que emigraron en la diáspora de los ochenta a causa del conflicto armado y de otras circunstancias. A muchos de éstos, la vida les ha sonreído más o menos bien, sin embargo, al resto le ha tocado padecer todo tipo de adversidades y sinsabores. Unos han gozado de estupendas oportunidades para prepararse, trabajar o figurar en la opinión pública como políticos, artistas o periodistas; los menos afortunados, en cambio, han tenido que luchar cuesta arriba con la soledad, el estatus migratorio y la estabilidad laboral.

Por eso, la iniciativa de realizar aquí un foro de salvadoreños que viven en el extranjero, me ha parecido una fenomenal ocasión para estrechar lazos con esa porción de líderes de opinión y profesionales que triunfan en los cinco continentes. Creo que el encuentro ha sido un buen punto de partida para dialogar sobre varios aspectos de la vida nacional. Sin embargo, estoy consciente de que falta mucho camino que recorrer para fortalecer ese nexo con esos aliados naturales, dispersos a lo largo y ancho de la geografía mundial.

Desde mi perspectiva personal, la clave de integración se tiene que hilvanar por medio de una visión política, sincera y coherente, de nuestros funcionarios, empresarios y conciudadanos, para mantener activo y directo el lazo que nos une con nuestros hermanos en el exterior.

Por lo mismo, cada contacto directo con ellos tiene un componente de sinergia que vale la pena aprovechar en diversas maneras. Ya sea, promoviendo nobles servicios relacionados con el turismo y el comercio, o instaurando un vínculo perenne que facilite el impulso de variadas iniciativas sociales y culturales.

Aun con todo, es verdad que el foro presidencial no consiguió satisfacer todas las expectativas de los asistentes, entre las cuales figuraba el relevante tema del voto en el exterior, cuya aplicación sigue resultando inviable por conflictos de índole legislativa y jurídica, y una aparente falta de voluntad. Asimismo, quedó en el tintero el debate acerca de la cuota de representatividad política que demandan los emigrantes en aspectos internos del país. No obstante lo anterior, la mayoría de los participantes se lleva una imagen bastante optimista de los proyectos de desarrollo que tiene el país a corto, mediano y largo plazo.

El ansia de progreso moral y socioeconómico de El Salvador debe ir de la mano con el apoyo de esos miles de compatriotas que añoran estar aquí, pero que tienen una parte de su vida ya afincada en el extranjero. Posiblemente, muchos todavía no alcanzan a vislumbrar otras formas de ayudar al país que no sea de naturaleza económica o material. Sin embargo, al insertarse en la vida pública de sus lugares de residencia, también pueden incidir de manera decisiva con su voz y voto en beneficio de aquellos connacionales que viven en circunstancias menos favorables.

En otras palabras, aun en la distancia pueden hacer mucho bien a su propia gente, pues ese esfuerzo y dedicación de nuestros compatriotas en el extranjero sirve de carta de presentación ante los ciudadanos y autoridades de sus países anfitriones. En efecto, desde el momento en que nuestros hermanos ponen un pie en otro país, se convierten en embajadores permanentes y fidedignos de los principios, costumbres y valores de El Salvador.

Está claro que, hoy más que nunca, su trabajo en otras latitudes constituye un gran aporte para numerosas familias salvadoreñas que reciben periódicamente sus remesas y, ocasionalmente, también su presencia física. Quién quita que más adelante, puedan haber condiciones suficientes para que muchos paisanos que cambiaron de aires durante el fragor de la guerra, puedan regresar a establecerse de nuevo en nuestro país y aportar mayor dinamismo a la vida nacional.

* Doctor en Comunicación Pública.

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