
Raúl M.
Alas*
El
Diario de Hoy
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Hace unos años, un experimentado
periodista salvadoreño con el que trabajaba en un canal de televisión
en Estados Unidos me relató una anécdota fantástica
que le sucedió a él en los albores de la década pasada.
Resulta que durante un viaje por la India, después de caminar por
una atestada plaza, advirtió que un hombre le miraba insistentemente
de reojo. El misterioso tipo portaba un turbante en la cabeza, un rocambolesco
atuendo y soplaba con mucho acierto una pequeña flauta con la que
llamaba la atención de una serpiente, que emergía lentamente
de un cesto de mimbre.
Mi colega no dio importancia a las miradas hasta que el susodicho le silbó
la tonadita que aquí pitamos cuando alguien nos interrumpe
el paso en la carretera. Eso le desconcertó y no tuvo más
remedio que improvisar un contacto con el personaje en cuestión,
que rápidamente se adelantó para revelar su identidad: Soy
Chepe, me imagino que no te acordás de mí, yo fui vecino
tuyo en el pueblo, le dijo. Caramba le contestó
mi amigo, no te había reconocido con ese gabán tan
propio de este país. Y sin mucho trámite, el otro
le contó en tres pinceladas cómo había llegado hasta
esas remotas tierras y cómo se había integrado en esa cultura.
No deja de parecerme asombroso que hasta ahí haya un salvadoreño
ganándose la vida con aplomo, gracia y creatividad. Chepe, como
otros miles, es una de tantas historias de compatriotas nuestros que emigraron
en la diáspora de los ochenta a causa del conflicto armado y de
otras circunstancias. A muchos de éstos, la vida les ha sonreído
más o menos bien, sin embargo, al resto le ha tocado padecer todo
tipo de adversidades y sinsabores. Unos han gozado de estupendas oportunidades
para prepararse, trabajar o figurar en la opinión pública
como políticos, artistas o periodistas; los menos afortunados,
en cambio, han tenido que luchar cuesta arriba con la soledad, el estatus
migratorio y la estabilidad laboral.
Por eso, la iniciativa de realizar aquí un foro de salvadoreños
que viven en el extranjero, me ha parecido una fenomenal ocasión
para estrechar lazos con esa porción de líderes de opinión
y profesionales que triunfan en los cinco continentes. Creo que el encuentro
ha sido un buen punto de partida para dialogar sobre varios aspectos de
la vida nacional. Sin embargo, estoy consciente de que falta mucho camino
que recorrer para fortalecer ese nexo con esos aliados naturales, dispersos
a lo largo y ancho de la geografía mundial.
Desde mi perspectiva personal, la clave de integración se tiene
que hilvanar por medio de una visión política, sincera y
coherente, de nuestros funcionarios, empresarios y conciudadanos, para
mantener activo y directo el lazo que nos une con nuestros hermanos en
el exterior.
Por lo mismo, cada contacto directo con ellos tiene un componente de sinergia
que vale la pena aprovechar en diversas maneras. Ya sea, promoviendo nobles
servicios relacionados con el turismo y el comercio, o instaurando un
vínculo perenne que facilite el impulso de variadas iniciativas
sociales y culturales.
Aun con todo, es verdad que el foro presidencial no consiguió satisfacer
todas las expectativas de los asistentes, entre las cuales figuraba el
relevante tema del voto en el exterior, cuya aplicación sigue resultando
inviable por conflictos de índole legislativa y jurídica,
y una aparente falta de voluntad. Asimismo, quedó en el tintero
el debate acerca de la cuota de representatividad política que
demandan los emigrantes en aspectos internos del país. No obstante
lo anterior, la mayoría de los participantes se lleva una imagen
bastante optimista de los proyectos de desarrollo que tiene el país
a corto, mediano y largo plazo.
El ansia de progreso moral y socioeconómico de El Salvador debe
ir de la mano con el apoyo de esos miles de compatriotas que añoran
estar aquí, pero que tienen una parte de su vida ya afincada en
el extranjero. Posiblemente, muchos todavía no alcanzan a vislumbrar
otras formas de ayudar al país que no sea de naturaleza económica
o material. Sin embargo, al insertarse en la vida pública de sus
lugares de residencia, también pueden incidir de manera decisiva
con su voz y voto en beneficio de aquellos connacionales que viven en
circunstancias menos favorables.
En otras palabras, aun en la distancia pueden hacer mucho bien a su propia
gente, pues ese esfuerzo y dedicación de nuestros compatriotas
en el extranjero sirve de carta de presentación ante los ciudadanos
y autoridades de sus países anfitriones. En efecto, desde el momento
en que nuestros hermanos ponen un pie en otro país, se convierten
en embajadores permanentes y fidedignos de los principios, costumbres
y valores de El Salvador.
Está claro que, hoy más que nunca, su trabajo en otras latitudes
constituye un gran aporte para numerosas familias salvadoreñas
que reciben periódicamente sus remesas y, ocasionalmente, también
su presencia física. Quién quita que más adelante,
puedan haber condiciones suficientes para que muchos paisanos que cambiaron
de aires durante el fragor de la guerra, puedan regresar a establecerse
de nuevo en nuestro país y aportar mayor dinamismo a la vida nacional.
* Doctor en Comunicación Pública.

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