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Cosas de la temporada
Navidad a la salvadoreña

Por encima de los nacimientos y las tradiciones propias de la época, la gente piensa más en los embotellamientos y las trabazones, en cómo gastar el aguinaldo y cuál será el menú de la próxima reunión

Publicada 1 de diciembre 2004, El Diario de Hoy



Dr. Rodolfo Chang Pña
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Después de los últimos temporales de septiembre pasado el tiempo empezó a cambiar, los cielos se volvieron más azules y una brisa más cargada de nostalgias que de lluvia, se hizo sentir en San Salvador. Pasaron las últimas actividades escolares de octubre y siguieron la Paes, el examen de admisión en las universidades, las hojaldras y el dulce de ayote del Día de Finados, el primer grito de la Independencia, la cortísima temporada de la piscuchas y las fiestas de graduación, que también pasaron volando.

Según pude observar, el apresuramiento por que llegue Navidad no sólo proviene de los jóvenes, porque en los primeros días de noviembre ya se veían canastas navideñas, más bien “huacales navideños” con más frijoles, arroz, macarrones y botellas de aceite que turrones españoles, vinos y uvas; ni modo, los tiempos están para apretarse el cinturón.

Las ofertas navideñas, promociones y ventas especiales también llegaron temprano, casi al mismo tiempo en que se iniciaron las invasiones de las calles por los vendedores de adornos y arbolitos de Navidad. Los venados y los pesebres de chiribiscos y zacate también se hicieron presentes en las aceras del mercado San Miguelito con anticipación. Los adornos navideños en edificios, residencias particulares, árboles de los predios y portones de colonias y urbanizaciones se colocaron casi dos meses antes de los días mayores.

La Pascua salvadoreña se ha vuelto muy peculiar, basta mencionar que por encima de los nacimientos y las tradiciones propias de la época, la gente piensa más en los embotellamientos y las trabazones, en cómo gastar el aguinaldo y cuál será el menú de la próxima reunión. El número de vehículos se duplica y hasta triplica en determinados lugares por arte de magia. Un hecho que se ha incorporado a la temporada es la folclórica espera en el Aeropuerto de Comalapa, que por momentos adquiere características de trifulca. En esos días desaparecen los pasillos de circulación y las salas de espera y todo se convierte en un hervidero de gente pendiente de los viajeros que salen de una o dos puertas de vidrio y metal.

Las personas se apiñan unas con otras, abundan los niños de corta edad que me imagino no entienden por qué sus padres les llevan a un lugar tan caluroso e incómodo. Hay señoras embarazadas sudorosas, jóvenes adultos que no paran de hablar por el celular, taxistas uniformados, adolescente con ropas multicolores, insistentes vendedores de billetes de lotería y maleteros con carretilla que vienen y van. Se suman también los empleados de pequeños puestos que venden artículos comunes y corrientes al doble de su precio aprovechándose de la bulla de los altoparlantes, los abrazos de bienvenida, risas y gritos.

Como una consecuencia del hecho anterior se ha desatado un intenso turismo interno, ya que también se ha impuesto la moda de llevar a pasear a los hermanos cercanos y lejanos. Lo más frecuente es llevarles a tomar shuco, sopa de patas y tripas y a comer cócteles de conchas, gallina asada, merienda de chancho con yuca, mariscada y carne al carbón. Sea a los lugares turísticos tradicionales, sea a nuevos establecimientos que han aparecido por todas partes, algunos muy bonitos y placenteros para pasar el día y otros un tanto simplones y hasta bayuncos. Parece mentira, pero los salvadoreños viajeros conocen y disfrutan más y mejores sitios que los que vivimos en forma permanente en el terruño.

La fiebre por socializar brota como manantial en los lugares de trabajo y pronto se programan seminarios, convivios, despedidas, “bebas” disfrazadas de comilonas y viceversa, etc. Se aviva el comercio de la ropa fiada y joyas de oro y fantasía y los muestrarios circulan, bajo de agua, de escritorio en escritorio. Todos quieren regalar aunque sea un olote en esta Navidad. Al respecto, en algunas oficinas la nueva moda es “pedir gustos” y no faltan los que advierten que no quieren vasos, toallas ni adirnos de sala, sino una cartera, tal vez un perfume o bien un lomo rollizo de res. Las reuniones habitualmente tienen lugar en los primeros días de diciembre y se deja por último la que organiza el jefe o el propietario de la empresa. Como es natural, a esta última no conviene faltar por dos razones: una, porque es posible percibir los posibles “cambios” para el próximo año, y la otra, para que no le señalen de tener dificultades para “integrarse al grupo” y en el peor de los casos, ser considerado como enemigo de las políticas de la empresa.

Además de la pólvora, la Navidad salvadoreña se caracteriza por el menú que se estila en esos días y que por cierto no gira alrededor del chompipe, como se podría pensar (eso tal vez ocurrió en el pasado), sino en la inmensa variedad de sus sustitutos. La mayoría de los hermanos cercanos y lejanos vienen precisamente tras esos olores y sabores: sopa de posta, tortillas sopladas con cuajada recién elaborada, cusuco, garrobo, huevos de iguana tostados al comal, sopa de frijoles nuevos con pellejo de tunco, tortas de pitos, etc.

En el fondo, las festividades pretenden alcanzar un poco de alegría, esparcimiento y pasarla bien en compensación a los sacrificios de todo el año. Por desgracia muy poca gente piensa en aprovechar esa poderosa inercia del espíritu navideño para vivir en un mundo más feliz y tranquilo. Podría contribuir mucho que al menos un miembro de cada familia salvadoreña se propusiera cumplir con pequeñas metas, como por ejemplo respetar y dar mejor trato a los niños y a la mujer, ser más cordial y afectuoso con nuestros vecinos, los jóvenes comprender un poquito más las “pilas” de sus padres y abuelos, la nuera contar hasta 200 y tolerar más a la suegra y educar a los hijos con menos gritos y mejores ejemplos. Es indispensable también que en esta Navidad se disponga de tiempo para meditar en que el buen cristiano no es el que sabe de memoria la Santa Biblia ni el gran cumplidor de rituales, sino el practicante genuino del Evangelio en el quehacer cotidiano y en el trato diario con la gente.

* Doctor en Medicina.



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