
Dr. Rodolfo Chang Pña
El Diario de Hoy
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Después de los últimos temporales
de septiembre pasado el tiempo empezó a cambiar, los cielos se
volvieron más azules y una brisa más cargada de nostalgias
que de lluvia, se hizo sentir en San Salvador. Pasaron las últimas
actividades escolares de octubre y siguieron la Paes, el examen de admisión
en las universidades, las hojaldras y el dulce de ayote del Día
de Finados, el primer grito de la Independencia, la cortísima temporada
de la piscuchas y las fiestas de graduación, que también
pasaron volando.
Según pude observar, el apresuramiento por que llegue Navidad no
sólo proviene de los jóvenes, porque en los primeros días
de noviembre ya se veían canastas navideñas, más
bien huacales navideños con más frijoles, arroz,
macarrones y botellas de aceite que turrones españoles, vinos y
uvas; ni modo, los tiempos están para apretarse el cinturón.
Las ofertas navideñas, promociones y ventas especiales también
llegaron temprano, casi al mismo tiempo en que se iniciaron las invasiones
de las calles por los vendedores de adornos y arbolitos de Navidad. Los
venados y los pesebres de chiribiscos y zacate también se hicieron
presentes en las aceras del mercado San Miguelito con anticipación.
Los adornos navideños en edificios, residencias particulares, árboles
de los predios y portones de colonias y urbanizaciones se colocaron casi
dos meses antes de los días mayores.
La Pascua salvadoreña se ha vuelto muy peculiar, basta mencionar
que por encima de los nacimientos y las tradiciones propias de la época,
la gente piensa más en los embotellamientos y las trabazones, en
cómo gastar el aguinaldo y cuál será el menú
de la próxima reunión. El número de vehículos
se duplica y hasta triplica en determinados lugares por arte de magia.
Un hecho que se ha incorporado a la temporada es la folclórica
espera en el Aeropuerto de Comalapa, que por momentos adquiere características
de trifulca. En esos días desaparecen los pasillos de circulación
y las salas de espera y todo se convierte en un hervidero de gente pendiente
de los viajeros que salen de una o dos puertas de vidrio y metal.
Las personas se apiñan unas con otras, abundan los niños
de corta edad que me imagino no entienden por qué sus padres les
llevan a un lugar tan caluroso e incómodo. Hay señoras embarazadas
sudorosas, jóvenes adultos que no paran de hablar por el celular,
taxistas uniformados, adolescente con ropas multicolores, insistentes
vendedores de billetes de lotería y maleteros con carretilla que
vienen y van. Se suman también los empleados de pequeños
puestos que venden artículos comunes y corrientes al doble de su
precio aprovechándose de la bulla de los altoparlantes, los abrazos
de bienvenida, risas y gritos.
Como una consecuencia del hecho anterior se ha desatado un intenso turismo
interno, ya que también se ha impuesto la moda de llevar a pasear
a los hermanos cercanos y lejanos. Lo más frecuente es llevarles
a tomar shuco, sopa de patas y tripas y a comer cócteles de conchas,
gallina asada, merienda de chancho con yuca, mariscada y carne al carbón.
Sea a los lugares turísticos tradicionales, sea a nuevos establecimientos
que han aparecido por todas partes, algunos muy bonitos y placenteros
para pasar el día y otros un tanto simplones y hasta bayuncos.
Parece mentira, pero los salvadoreños viajeros conocen y disfrutan
más y mejores sitios que los que vivimos en forma permanente en
el terruño.
La fiebre por socializar brota como manantial en los lugares de trabajo
y pronto se programan seminarios, convivios, despedidas, bebas
disfrazadas de comilonas y viceversa, etc. Se aviva el comercio de la
ropa fiada y joyas de oro y fantasía y los muestrarios circulan,
bajo de agua, de escritorio en escritorio. Todos quieren regalar aunque
sea un olote en esta Navidad. Al respecto, en algunas oficinas la nueva
moda es pedir gustos y no faltan los que advierten que no
quieren vasos, toallas ni adirnos de sala, sino una cartera, tal vez un
perfume o bien un lomo rollizo de res. Las reuniones habitualmente tienen
lugar en los primeros días de diciembre y se deja por último
la que organiza el jefe o el propietario de la empresa. Como es natural,
a esta última no conviene faltar por dos razones: una, porque es
posible percibir los posibles cambios para el próximo
año, y la otra, para que no le señalen de tener dificultades
para integrarse al grupo y en el peor de los casos, ser considerado
como enemigo de las políticas de la empresa.
Además de la pólvora, la Navidad salvadoreña se caracteriza
por el menú que se estila en esos días y que por cierto
no gira alrededor del chompipe, como se podría pensar (eso tal
vez ocurrió en el pasado), sino en la inmensa variedad de sus sustitutos.
La mayoría de los hermanos cercanos y lejanos vienen precisamente
tras esos olores y sabores: sopa de posta, tortillas sopladas con cuajada
recién elaborada, cusuco, garrobo, huevos de iguana tostados al
comal, sopa de frijoles nuevos con pellejo de tunco, tortas de pitos,
etc.
En el fondo, las festividades pretenden alcanzar un poco de alegría,
esparcimiento y pasarla bien en compensación a los sacrificios
de todo el año. Por desgracia muy poca gente piensa en aprovechar
esa poderosa inercia del espíritu navideño para vivir en
un mundo más feliz y tranquilo. Podría contribuir mucho
que al menos un miembro de cada familia salvadoreña se propusiera
cumplir con pequeñas metas, como por ejemplo respetar y dar mejor
trato a los niños y a la mujer, ser más cordial y afectuoso
con nuestros vecinos, los jóvenes comprender un poquito más
las pilas de sus padres y abuelos, la nuera contar hasta 200
y tolerar más a la suegra y educar a los hijos con menos gritos
y mejores ejemplos. Es indispensable también que en esta Navidad
se disponga de tiempo para meditar en que el buen cristiano no es el que
sabe de memoria la Santa Biblia ni el gran cumplidor de rituales, sino
el practicante genuino del Evangelio en el quehacer cotidiano y en el
trato diario con la gente.
* Doctor en Medicina.

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