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Moral ciudadana
Las señales que convencen

Acá la sentencia o la contundencia de la sanción depende del juzgado al que vaya el juicio, de si la fecha o la coma fue bien puesta, del criterio de oportunidad, o de la etiología, proveniencia o alcurnia del imputado.

Publicada 30 de noviembre 2004, El Diario de Hoy



Ricardo Rivas
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Los periódicos nos brindan casi a diario escándalos vinculados a la corrupción, la triquiñuela y demás especies del verbo “tomar-lo-que no-es-de-uno”. La palabra “corrupción” suele relacionarse con el poder público, sin embargo, ese vicio también se da en la casa, el negocio, el colegio, la clínica, la universidad, etcétera.

El “tramafás” no es patrimonio de la cosa pública. Ejemplos sobran: el desfalco de aquel contador, los cheques que firmaba aquella secretaria de confianza, la mordida con la que funcionaba aquel empresario, la remesa que se clavó el ordenanza, los estafados por aquella corredora, el restaurante que nos dio factura comercial, la receta del médico que viaja a costa de la medicina que prescribe, el mecánico que pone una pieza innecesaria, el mafioso que contrabandea, y así. Tengo un suspicaz pariente que piensa que hacer chanchullo es el deporte nacional. Yo pienso que el pariente exagera. El chanchullo, o el “cheating”, que dicen los americanos, es un deporte globalizado con adeptos urbi et orbi.

Claro está que no todas las corruptelas tienen la misma gravedad ni el mismo impacto.
De suyo, no es lo mismo la sinvergüenzada del que se embolsó millones de dólares en un empresa estatal, a la del parroquiano que en el súper se echó dos paquetes de chicles en la bolsa.

O la falta de aquel que pervertía menores, con la del distraído peatón sorprendido por el CAM desaguando en plena calle. Paradójicamente, algunas veces pareciera que en El Salvador es más fácil que metan preso al que se robó los chicles que al que se clavó los millones.

“Salvadoreños, hay que cambiar esa cultura del ‘tramafás’”, se proclama a los cuatro vientos. “Cambiémosla, pues —responde la afición— pero cambiémosla todos”. Cabal. Yo pienso que para darle vuelta al asunto no hay necesidad de volvernos suizos. Ya hemos visto cómo en la vecina Costa Rica —que aunque dicen que es suiza es igual de centroamericana que nosotros—, al que roba, así sea el mismísimo Presidente de la República, lo meten al bote. En tierras de Cuscatlán no ocurre lo mismo.

Acá la sentencia o la contundencia de la sanción depende del juzgado al que vaya el juicio, de si la fecha o la coma fue bien puesta, del criterio de oportunidad, o de la etiología, proveniencia, fichaje o alcurnia del imputado.

Quizá porque los salvadoreños hemos visto tanta agua correr bajo los puentes de la impunidad, es que en el cotarro ciudadano tenga tan poca fuerza moral la justicia salvadoreña. Porque aún hace importantes distinciones entre personas, casos y cosas. Porque en algunas situaciones apura y en otras demora. Porque en ocasiones percibimos que define el partido de acuerdo con el color de la camiseta de los jugadores. A lo mejor sea por eso.

Tanta discrecionalidad crea distorsiones. ¿Qué cosas pasarán por la mente de un salvadoreño trabajador, que ha sudado la gota gorda para llegar medio solvente al fin de mes, cuando se entera por la tele que a verdaderos delincuentes se les libera a punta de leguleyadas? O ¿qué ocurre cuando este mismo ciudadano, sometido a las continuas presiones para imitar la vida buena que ve en la tele y en las revistas, cae en la cuenta de que en El Salvador hay otros que consiguen pisto fácil sobornando, contrabandeando, robando, etc. mientras él se mata trabajando para sobrevivir?

Mal mensaje. Mal mensaje, porque cuando el ciudadano percibe que algunos “ganan” jugando sucio y fácil sin que la ley les roce los cachetes, le invita a pensar que el sistema se está cebando de la gente honrada. Mal mensaje, porque invita a formular códigos de conducta particulares con los que cada quien se hace la ley de acuerdo con su medida.
La cultura de la trampa, que algunos con tanta desfachatez ejercen en prejuicio de la mayoría de gente honrada del país, no disminuirá con más leyes o más amenazas.

Mejorará cuando las autoridades hagan que todos —ellos también, por supuesto— cumplamos la ley, sin discriminaciones ni privilegios. Así se demostrará con hechos concretos que en El Salvador sólo se puede ganar cumpliendo las reglas del juego, es decir, jugando limpio.
* Columnista de El Diario de Hoy.


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