
Ricardo Rivas
El Diario de Hoy
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Los periódicos nos brindan casi
a diario escándalos vinculados a la corrupción, la triquiñuela
y demás especies del verbo tomar-lo-que no-es-de-uno.
La palabra corrupción suele relacionarse con el poder
público, sin embargo, ese vicio también se da en la casa,
el negocio, el colegio, la clínica, la universidad, etcétera.
El tramafás no es patrimonio de la cosa pública.
Ejemplos sobran: el desfalco de aquel contador, los cheques que firmaba
aquella secretaria de confianza, la mordida con la que funcionaba aquel
empresario, la remesa que se clavó el ordenanza, los estafados
por aquella corredora, el restaurante que nos dio factura comercial, la
receta del médico que viaja a costa de la medicina que prescribe,
el mecánico que pone una pieza innecesaria, el mafioso que contrabandea,
y así. Tengo un suspicaz pariente que piensa que hacer chanchullo
es el deporte nacional. Yo pienso que el pariente exagera. El chanchullo,
o el cheating, que dicen los americanos, es un deporte globalizado
con adeptos urbi et orbi.
Claro está que no todas las corruptelas tienen la misma gravedad
ni el mismo impacto.
De suyo, no es lo mismo la sinvergüenzada del que se embolsó
millones de dólares en un empresa estatal, a la del parroquiano
que en el súper se echó dos paquetes de chicles en la bolsa.
O la falta de aquel que pervertía menores, con la del distraído
peatón sorprendido por el CAM desaguando en plena calle. Paradójicamente,
algunas veces pareciera que en El Salvador es más fácil
que metan preso al que se robó los chicles que al que se clavó
los millones.
Salvadoreños, hay que cambiar esa cultura del tramafás,
se proclama a los cuatro vientos. Cambiémosla, pues responde
la afición pero cambiémosla todos. Cabal. Yo
pienso que para darle vuelta al asunto no hay necesidad de volvernos suizos.
Ya hemos visto cómo en la vecina Costa Rica que aunque dicen
que es suiza es igual de centroamericana que nosotros, al que roba,
así sea el mismísimo Presidente de la República,
lo meten al bote. En tierras de Cuscatlán no ocurre lo mismo.
Acá la sentencia o la contundencia de la sanción depende
del juzgado al que vaya el juicio, de si la fecha o la coma fue bien puesta,
del criterio de oportunidad, o de la etiología, proveniencia, fichaje
o alcurnia del imputado.
Quizá porque los salvadoreños hemos visto tanta agua correr
bajo los puentes de la impunidad, es que en el cotarro ciudadano tenga
tan poca fuerza moral la justicia salvadoreña. Porque aún
hace importantes distinciones entre personas, casos y cosas. Porque en
algunas situaciones apura y en otras demora. Porque en ocasiones percibimos
que define el partido de acuerdo con el color de la camiseta de los jugadores.
A lo mejor sea por eso.
Tanta discrecionalidad crea distorsiones. ¿Qué cosas pasarán
por la mente de un salvadoreño trabajador, que ha sudado la gota
gorda para llegar medio solvente al fin de mes, cuando se entera por la
tele que a verdaderos delincuentes se les libera a punta de leguleyadas?
O ¿qué ocurre cuando este mismo ciudadano, sometido a las
continuas presiones para imitar la vida buena que ve en la tele y en las
revistas, cae en la cuenta de que en El Salvador hay otros que consiguen
pisto fácil sobornando, contrabandeando, robando, etc. mientras
él se mata trabajando para sobrevivir?
Mal mensaje. Mal mensaje, porque cuando el ciudadano percibe que algunos
ganan jugando sucio y fácil sin que la ley les roce
los cachetes, le invita a pensar que el sistema se está cebando
de la gente honrada. Mal mensaje, porque invita a formular códigos
de conducta particulares con los que cada quien se hace la ley de acuerdo
con su medida.
La cultura de la trampa, que algunos con tanta desfachatez ejercen en
prejuicio de la mayoría de gente honrada del país, no disminuirá
con más leyes o más amenazas.
Mejorará cuando las autoridades hagan que todos ellos también,
por supuesto cumplamos la ley, sin discriminaciones ni privilegios.
Así se demostrará con hechos concretos que en El Salvador
sólo se puede ganar cumpliendo las reglas del juego, es decir,
jugando limpio.
* Columnista de El Diario de Hoy.

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