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Asesinatos legales
Otro paso más contra la vida humana

Ahora, y así lo han denunciados voces acreditadas de otros países, la nueva ampliación de la eutanasia holandesa no se diferencia esencialmente de la eutanasia de los nazis

Publicada 29 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Vivimos en medio de una guerra mundial solapada, sinuosa, semioculta, contra la vida humana. La cultura de la vida protesta. Sus voces se oyen, pero la mayoría no escucha; está interesada en cosas inmediatas, lejos —al menos así lo creen— de esos problemas. La cultura de la muerte, en cambio, va dando pasos cautelosos, pero sin tregua y, como siempre, difunde y esconde la monstruosidad de sus crímenes con palabras y eslogan bien elegidos. Ayer fue el aborto, introducido bajo los términos engañosos de “derechos de la mujer”, “interrupción del embarazo”, “producto de la concepción”, etc. El otro extremo de los asesinatos de los que recién dan sus primeros pasos en la vida es la eutanasia: la eliminación de los que dan los últimos.

La “eutanasia”, palabra que literalmente significaría “buena muerte”, comenzó, como el aborto, por situaciones extremas, que movilizan sentimientos favorables y ocultan la realidad del crimen. Si el aborto —hoy defendido en muchos países por leyes inicuas, pero vigentes, y aceptado como “normal” por gran parte de su población— comenzó por el aborto “pequeñito”, excepcional —embarazo por violación, embrión defectuoso o peligro de la vida de la madre—, también la eutanasia se abrió camino para las situaciones extremas: ancianos, enfermos terminales, situaciones gravemente dolorosas, y, desde luego, basándose en peticiones libres, de los propios interesados.

Si la eutanasia encuentra todavía, en la opinión publica y en las leyes de muchos países, una mayor resistencia que el aborto, es sobre todo por una razón de egoísta instinto de conservación. El aborto es algo que ya no puede afectarnos a los adultos; la eutanasia, en cambio, es un peligro posible, según se alargan los años o se deteriora la salud, para todos los adultos, incluidos los partidarios del aborto. La misma Organización Mundial de la Salud, que hace tiempo abdicó de su defensa de la vida contra el aborto, se mantiene todavía firme contra la eutanasia de los enfermos terminales.

Pero esta nueva arma de la cultura de la muerte que comenzó atacando a los últimos años de la vida, pronto siguió con la eutanasia de niños con síndrome de Down o de otras anormalidades. Holanda que hacía tiempo era la vanguardia de la eutanasia contra ancianos y enfermos desahuciados, el pasado 30 de agosto avanzó un poco más en la eutanasia de niños: por un acuerdo entre la magistratura holandesa y la clínica universitaria de Groningen, ahora se puede extender la eutanasia, ya regulada por la ley de abril de 2002, a niños menores de 12 años, incluidos los recién nacidos.

Oficialmente la finalidad es terminar con un “sufrimiento insoportable”, y que los niños, igual que los adultos, tengan “derecho a una muerte sin sufrimiento, indolora”. Pero aquí se añade un nuevo dato decisivo y espeluznante: que no se cuenta con el consentimiento de los asesinados.

Después de la Segunda Guerra Mundial, al conocer los horrores de la eutanasia que los nazis hicieron según una eugenesia de Estado —los que el gobierno decretaba inferiores, indignos de permanecer con vida— los partidarios de la eutanasia tuvieron buen cuidado de distanciarse de esa eutanasia nazi, insistiendo en que la única eutanasia que podía tener amparo legal era la “eutanasia a petición” o “consensual”. Es más, en Holanda y en otros países delimitaron que “eutanasia propiamente dicha” era sólo “aquella pedida con insistencia por el paciente en determinadas condiciones de postración y con pronóstico ciertamente infausto”.

Ahora, y así lo han denunciados voces acreditadas de otros países, la nueva ampliación de la eutanasia holandesa no se diferencia esencialmente de la eutanasia de los nazis. El responsable de la sección pediátrica de la clínica holandesa, el Dr. Eduard Verhagen, se defiende diciendo que el protocolo que permite hacer eutanasia en los niños es un protocolo “muy rígido” que incluye incluso la persecución legal del médico que haya hecho eutanasia sin ajustarse a las estrechas condiciones que marca el protocolo y que existe la obligación de escuchar el parecer de un médico independiente, además de los tres previsto por la ley de 2002. Pero por mucho que se dore la píldora de esos asesinatos legales con una serie de condicionamientos, el hecho es que con ello se suprimen vidas que los médicos, y no los propios interesados, consideran sin valor: seres inferiores, defectuosos, que deben ser eliminados y donde la responsabilidad de ese “poner fin al sufrimiento de los niños” recae totalmente sobre los doctores que la efectúan, ya que la opinión los padres de los niños tampoco cuenta, según las condiciones de ese protocolo.

“Cada año” —dice el dr. Verhagen— “la muerte dulce libera de los dolores a cerca de ochocientos niños holandeses. De éstos, al menos una veintena tienen una existencia que es tan terrible, insoportable y desesperada como para hacer preferir la muerte”. Sí, pero es el médico el que decide que es “insoportable” el de esos veinte. ¿Y de los otros 780? ¿Quiénes prefieren verdaderamente su muerte? ¿Los niños o los médicos?

Entre los casos de estas eutanasias, Verhagen cuenta el de los niños nacidos “con espina bífida”, eliminados por “amor” y por “sentido profesional” y añade, casi horrorizado: “¿Pero han visto ustedes alguna vez un niño nacido con espina bífida?”.

La contestación, lúcida y aplastante, a esa pregunta, se la ha hecho un joven italiano de 24 años. Espero mostrársela el próximo lunes.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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