Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Vivimos en medio de una guerra mundial
solapada, sinuosa, semioculta, contra la vida humana. La cultura de la
vida protesta. Sus voces se oyen, pero la mayoría no escucha; está
interesada en cosas inmediatas, lejos al menos así lo creen
de esos problemas. La cultura de la muerte, en cambio, va dando pasos
cautelosos, pero sin tregua y, como siempre, difunde y esconde la monstruosidad
de sus crímenes con palabras y eslogan bien elegidos. Ayer fue
el aborto, introducido bajo los términos engañosos de derechos
de la mujer, interrupción del embarazo, producto
de la concepción, etc. El otro extremo de los asesinatos
de los que recién dan sus primeros pasos en la vida es la eutanasia:
la eliminación de los que dan los últimos.
La eutanasia, palabra que literalmente significaría
buena muerte, comenzó, como el aborto, por situaciones
extremas, que movilizan sentimientos favorables y ocultan la realidad
del crimen. Si el aborto hoy defendido en muchos países por
leyes inicuas, pero vigentes, y aceptado como normal por gran
parte de su población comenzó por el aborto pequeñito,
excepcional embarazo por violación, embrión defectuoso
o peligro de la vida de la madre, también la eutanasia se
abrió camino para las situaciones extremas: ancianos, enfermos
terminales, situaciones gravemente dolorosas, y, desde luego, basándose
en peticiones libres, de los propios interesados.
Si la eutanasia encuentra todavía, en la opinión publica
y en las leyes de muchos países, una mayor resistencia que el aborto,
es sobre todo por una razón de egoísta instinto de conservación.
El aborto es algo que ya no puede afectarnos a los adultos; la eutanasia,
en cambio, es un peligro posible, según se alargan los años
o se deteriora la salud, para todos los adultos, incluidos los partidarios
del aborto. La misma Organización Mundial de la Salud, que hace
tiempo abdicó de su defensa de la vida contra el aborto, se mantiene
todavía firme contra la eutanasia de los enfermos terminales.
Pero esta nueva arma de la cultura de la muerte que comenzó atacando
a los últimos años de la vida, pronto siguió con
la eutanasia de niños con síndrome de Down o de otras anormalidades.
Holanda que hacía tiempo era la vanguardia de la eutanasia contra
ancianos y enfermos desahuciados, el pasado 30 de agosto avanzó
un poco más en la eutanasia de niños: por un acuerdo entre
la magistratura holandesa y la clínica universitaria de Groningen,
ahora se puede extender la eutanasia, ya regulada por la ley de abril
de 2002, a niños menores de 12 años, incluidos los recién
nacidos.
Oficialmente la finalidad es terminar con un sufrimiento insoportable,
y que los niños, igual que los adultos, tengan derecho a
una muerte sin sufrimiento, indolora. Pero aquí se añade
un nuevo dato decisivo y espeluznante: que no se cuenta con el consentimiento
de los asesinados.
Después de la Segunda Guerra Mundial, al conocer los horrores de
la eutanasia que los nazis hicieron según una eugenesia de Estado
los que el gobierno decretaba inferiores, indignos de permanecer
con vida los partidarios de la eutanasia tuvieron buen cuidado de
distanciarse de esa eutanasia nazi, insistiendo en que la única
eutanasia que podía tener amparo legal era la eutanasia a
petición o consensual. Es más, en Holanda
y en otros países delimitaron que eutanasia propiamente dicha
era sólo aquella pedida con insistencia por el paciente en
determinadas condiciones de postración y con pronóstico
ciertamente infausto.
Ahora, y así lo han denunciados voces acreditadas de otros países,
la nueva ampliación de la eutanasia holandesa no se diferencia
esencialmente de la eutanasia de los nazis. El responsable de la sección
pediátrica de la clínica holandesa, el Dr. Eduard Verhagen,
se defiende diciendo que el protocolo que permite hacer eutanasia en los
niños es un protocolo muy rígido que incluye
incluso la persecución legal del médico que haya hecho eutanasia
sin ajustarse a las estrechas condiciones que marca el protocolo y que
existe la obligación de escuchar el parecer de un médico
independiente, además de los tres previsto por la ley de 2002.
Pero por mucho que se dore la píldora de esos asesinatos legales
con una serie de condicionamientos, el hecho es que con ello se suprimen
vidas que los médicos, y no los propios interesados, consideran
sin valor: seres inferiores, defectuosos, que deben ser eliminados y donde
la responsabilidad de ese poner fin al sufrimiento de los niños
recae totalmente sobre los doctores que la efectúan, ya que la
opinión los padres de los niños tampoco cuenta, según
las condiciones de ese protocolo.
Cada año dice el dr. Verhagen la
muerte dulce libera de los dolores a cerca de ochocientos niños
holandeses. De éstos, al menos una veintena tienen una existencia
que es tan terrible, insoportable y desesperada como para hacer preferir
la muerte. Sí, pero es el médico el que decide que
es insoportable el de esos veinte. ¿Y de los otros
780? ¿Quiénes prefieren verdaderamente su muerte? ¿Los
niños o los médicos?
Entre los casos de estas eutanasias, Verhagen cuenta el de los niños
nacidos con espina bífida, eliminados por amor
y por sentido profesional y añade, casi horrorizado:
¿Pero han visto ustedes alguna vez un niño nacido
con espina bífida?.
La contestación, lúcida y aplastante, a esa pregunta, se
la ha hecho un joven italiano de 24 años. Espero mostrársela
el próximo lunes.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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