Álvaro
Bardón*
El Diario de Hoy
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Santiago
de Chile (AIPE)- El éxito de la sociedad de personas libres casi
no se discute. El capitalismo ha generado ingresos muy por sobre los niveles
de subsistencia, persistentes revoluciones tecnológicas y casi
erradicado la pobreza. No ha ocurrido lo mismo, ni de cerca, con los modelos
construidos de arriba hacia abajo, tipo URSS, Cuba, la China de Mao, el
nazismo y el fascismo.
¿Y cómo ocurre este milagro de que la gente sin orden
ni mando progrese?
No es milagro: son, simplemente, reglas e instituciones, aprendidas por
evolución, que dejan a las personas actuar con libertad. Esta permite
inventar, emprender, laborar e invertir, en un marco que garantice los
derechos de propiedad, la seguridad, el orden y el cumplimiento de los
contratos, mediante un sistema judicial independiente.
En el capitalismo, ni el más perverso puede ganar dinero si no
produce algo que sirva a los demás. Los malos se ven obligados
a servir al prójimo. Es terrible, ¿no cree?
El capitalismo son las personas con libertad y derechos, y se desnaturaliza
con un Estado que se mete en todo, matando la creatividad, las oportunidades
y el desarrollo.
El Estado grande degenera la democracia, ya que la igualdad de oportunidades
para ejercer el poder la alternancia se dificulta: aparece
una clase política, una especie de nobleza feudal,
en que los cargos empiezan a heredarse, por el poder que dan los enormes
recursos públicos y gastos reservados derivados de los impuestos,
que limitan la libertad, al robarnos ingresos.
El capitalismo son las personas interactuando a su voluntad; no se construye,
no es un modelo impuesto. No es como dicen algunos
un modelo individualista, competitivo y egoísta, contrario
a los evangelios. Hablar del modelo neoliberal es una
impropiedad, un truco publicitario y un recurso demagógico, de
última hora, de los socialistas fracasados, en especial latinoamericanos,
quienes sí tenían un modelo totalitario que se derrumbó
misteriosamente.
El Creador nos hizo libres y nos dijo: Ganarás el pan con
el sudor de tu frente. Y agregó: Amarás al prójimo
como a ti mismo. Pero éstas son conductas o virtudes personales.
No se trata de sacar las castañas con la mano del Estado Benefactor,
que cumpla con esto de amar al prójimo o ayudar al desvalido, en
vez de nosotros.
Dicho Estado, además de ser un fracaso mundial, aliena a las personas
en su deber de amar al prójimo. Les quita esta obligación
y las desincentiva para la caridad.
No he podido encontrar esa parte de los Evangelios que habla del Estado
Benefactor, o la que desmiente el pecado original que nos obligó
a trabajar, ahorrar y crear, y que nos hizo desiguales, individualistas
y competitivos. Estos no son inventos del capitalismo o el liberalismo.
Los clásicos llamados a la solidaridad y la caridad personales
y a otras virtudes de la cultura judeocristiana obedecen, precisamente,
a nuestra condición de pecadores.
Culpar al mercado y a la globalización de nuestras imperfecciones
animalescas es otra tontera antinatural del socialismo, pero confundió
a la mitad de los curas, que ahora no quieren hacer su trabajo predicando
las buenas costumbres, tarea que pretenden endosar al Estado, el que está
terminando por aplastarlos.
En los seminarios hay que poner unos cursillos de economía, donde
se explique que el mercado es la gente, tal como es, no más.
Además, en ellos habría que hacer leer el párrafo
42 -sobre el capitalismo- de la encíclica Centésimus
Annus, de Juan Pablo II.
* Profesor de economía, Universidad Finis
Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile.

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