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Con la historia
“El añil, el oro azul”

Es alentador presenciar la resurrección del añil con áreas de cultivo cada vez mayores. Su aceptación en los mercados mundiales, la incipiente industria local dedicada a la elaboración de blusas, carteras y otros.

Publicada 28 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En 1848 México perdió la guerra contra EE.UU. y gran parte de su territorio se anexó a la Unión Americana, llegando a constituir los ricos estados de la Costa Oeste, que todavía mantienen sus nombres en castellano, donde pronto comenzó el furor de la fiebre del oro. Esto originó multitudinarias migraciones, no sólo de la Costa Este, sino también de Europa.

Largas procesiones de carretas transportaban familias enteras cargadas de ilusiones por una vida mejor, gracias a las incontables riquezas auríferas que encerraba el seno de esa riquísima tierra. Trabajo rudo y arriesgado, en condiciones climáticas difíciles que estimularon la creatividad de los pioneros, generando nuevas modas y diferentes estilos de vida.

La necesidad de ropa confeccionada de un material resistente y encubridor hizo que, en 1853, el señor Levi diseñara el hoy mundialmente conocido y hasta sofisticado “blue-jeans”. Atuendo de mineros de gruesa lona teñida de azul con añil, que se sacaba de la planta del jiquilite, cultivada en los lejanos territorios de la pequeña y desconocida República de El Salvador, en la costa centroamericana del Pacífico.

El añil era transportado a lomo de mula hasta los puertos del Atlántico, luego se embarcaba rumbo a Nueva York, desde donde el tren lo llevaría a su destino muchos meses después de su salida.

La necesidad, madre de todos los proyectos audaces, impulsa a Cornelius Vanderbilt a iniciar la aventura de hacer llegar la locomotora hasta Centroamérica para agilizar el traslado del colorante azul. Y contratado para trabajar en la empresa del tren, llega a estas tierras el ingeniero irlandés Patrick Brannon, a quien el amor encadenará definitivamente en Sonsonate y será el padre de nuestra gran Claudia Lars. Pero ésa es otra historia.

Durante muchos años el añil fue un fuerte pilar de la economía salvadoreña, hasta que los colorantes químicos, más baratos y con procesos menos complicados, desplazaron el tinte vegetal que casi desapareció de los mercados mundiales. Pasaron muchos años hasta que llegó el cambio de mentalidad y la Revolución Verde evidenció la primacía de los productos naturales.

Como testigo de pasadas glorias, se encontró enterrado cerca de las ruinas de San Andrés un antiguo obraje de añil de la época de la colonia, que se reprodujo en pequeña escala y se puede ver en el museo de ese sitio arqueológico.

En la actualidad, vuelven los salvadoreños a ver una esperanza en el cultivo del jiquilite, planta agradecida que crece en lugares inhóspitos, que no es sensible a las plagas, porque el tinte azul se usa en muchos sitios como insecticida.

Nuestro añil se cotiza en el mundo como de primerísima calidad, muy por encima del que se produce en la India, cuya pigmentación es inferior.

Muy unida al cultivo del añil está la figura de Juan de Dios del Cid, un criollo nacido en San Salvador, notable literato y cultivador del jiquilite, quien dedicó grandes esfuerzos al estudio para mejorar la elaboración del añil y difundir sus conocimientos.

Como sus obras eran fundamentales para el desarrollo industrial y no había manera de reproducirlas, fabricó una prensa tipográfica, grabó los tipos, hizo la tinta e imprimió sus obras. Ésta fue la primera imprenta fabricada en el Nuevo Mundo en el año de 1647, adelantándose a la primera que llegaría de España a Guatemala en 1660.

Es alentador presenciar el proceso de resurrección del añil con áreas de cultivo cada vez mayores. Su aceptación en los mercados mundiales, la incipiente industria local dedicada a la elaboración de ar- tículos como blusas, chales, carteras y otros que exhiben sus maravillosas y diversas tonalidades de azul, cuya belleza nos recuerda que era el color real de los gobernantes de las diversas culturas que regían nuestras tierras en la época precolombina. El color púrpura, de uso exclusivo de las monarquías del Viejo Mundo, era sustituido aquí por el color índigo.

Todo este recorrido sentimental por la historia vino a mi memoria ante un puesto de venta de artículos teñidos con añil que se exhiben orgullosamente en uno de los pasillos de nuestro aeropuerto.

Dentro de los muchos problemas que afrontamos, el azul del añil es un rayo de esperanza para el futuro desarrollo de El Salvador.

* Columnista de El Diario de Hoy.

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