Pedro
Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Con mucho gusto les envío este artículo
desde Valencia, donde gracias a su localización geográfica
en la costa mediterránea, la temperatura es de 15o y todos los
días he disfrutado del cielo valenciano, azul, profundo y claro...
Quince grados para nosotros es frío, pero aquí resultan
agradables, comparándolos con el norte de Francia y Alemania, donde
ya están por debajo de cero grados.
Convencido de las mejoras posibles y urgentes para nuestro sistema de
trasporte público, me he puesto a observar cómo funciona
aquí, donde la calidad del servicio de transportes es de las mejores
de España e incluso de Europa, tanto por la modernidad de los autobuses,
como por el trato a los viajeros, la puntualidad, la frecuencia, la limpieza
y la tranquilidad con la que se desplazan los autobuses por las calles.
Para comprobarlo y saber de qué les estoy hablando, he viajado
en una de las líneas de circunvalación y observé
lo siguiente: los conductores, en su mayoría, son hombres, aunque
también he visto algunas señoritas o señoras conductoras.
Casi todos los autobuses son modernos y automáticos, sencillamente
se acelera y se frena. Los conductores van uniformados con pantalón
y corbata azul oscuro y camisa azul claro.
Casi no se nota cuando arrancan y unos cuarenta metros antes de la próxima
parada, empiezan a reducir la velocidad para no tener que frenar bruscamente.
Como me senté en el asiento junto a la puerta delantera, contabilicé
que no más del 10% de los viajeros pagan en efectivo, pues los
estudiantes o personas mayores solo muestran su carne de abono mensual.
La mayor parte de las personas introduce en una maquinita un bonobús
de diez viajes, que se precompra por aproximadamente el precio de ocho.
Ni los conductores ni los viajeros parecen tener prisa, pues suben y bajan
ordenadamente. El bus nunca arranca antes de cerrar la puerta trasera,
no tienen cobrador y no se suben ni vendedores ni predicadores, tampoco
llevan música estridente.
El bus tiene un sistema que anuncia la siguiente parada, para que la gente
que va a bajar se prepare y el tiempo de parada sea el establecido. Algunos
buses tienen una puerta más ancha para sillas de rueda y cuando
llegan a la parada y hay alguien con silla de ruedas o lleva un coche
con niños, el bus baja casi hasta la altura de la cuneta.
Las comodidades anteriores van ligadas evidentemente a una gran inversión
en buses modernos, en una serie de sistemas asociados, educación
y buenos hábitos de los conductores y los usuarios.
Pero permítanme describirles otra excelente oportunidad de mejora
para el sistema de transporte de pasajeros en nuestras congestionadas
calles del centro y los ejes preferenciales. Se llama carril bus y aquí
funciona perfectamente.
Es un carril un poco más ancho que los buses, claramente delimitado
al lado derecho de las calles por una franja ancha de color blanco pintada
sobre el asfalto, por el que sólo circulan buses y taxis, el resto
del tráfico va por la otra parte de la calle.
Pero tampoco los buses se pueden salir del carril bus y esto tiene la
ventaja de que baja la tensión de los motoristas y los viajeros
y, al mismo tiempo, reduce la velocidad de los vehículos con el
consecuente ahorro de combustible. Si lo pusieran en San Salvador, se
ahorrarían millones de acelerones para arrancar y adelantar
y frenazos para parar. Si el lector es transportista, sabe que el veinte
por ciento del combustible lo gastan sus motoristas acelerando innecesariamente.
Veinte por ciento menos de polución le vendría, además,
muy bien a la población, de ahí que también el tema
es interesante para el Ministerio de Medio Ambiente.
Los riesgos de accidente para los motoristas y los viajeros se reducirán,
pues, entre otras cosas, no se puede parar en doble fila, operación
que para los viajeros resulta de alto riesgo
Hace años, la
arrancada violenta de un bus cuando mi hermana aún no había
puesto el pie en el suelo le costo una caída con todo su peso sobre
su rodilla que le dejó con graves secuelas durante toda su vida,
sin que nunca supiéramos ni la placa del bus, ni el nombre del
motorista
Accidentes como éste no sucederían nunca
más.
No es cierto que se llegue más rápido en un bus manejado
en forma desenfrenada, lo que se consigue es un viaje más arriesgado
y más caro en combustible, reparaciones y más costo para
la sociedad por la polución y la curación de los heridos.
Para el empresario, la pérdida de rentabilidad por desperdicio
de combustible y, si el bus se accidenta, la pérdida de su activo.
¿Sería una buena solución el carril bus para nosotros?
Creo que sí y, además, no requiere de grandes inversiones,
sino más bien de voluntad, despolitización, focalización
en la seguridad y ordenamiento del transporte, negociaciones y acuerdos
entre los funcionarios que se ocupan de estas cosas y los empresarios
transportistas.
Con poco se pueden beneficiar en mucho los usuarios del transporte público.
En Valencia existen unos ochenta kilómetros de carril bus, y, en
Barcelona, más de cien. Es decir, funciona. ¿Usted cree
que funcionaría en El Salvador?
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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