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Entablillando imagen
La rodilla de Fidel

Fidel Castro sabe que su régimen no se puede comparar a ningún otro, porque ningún otro, en los últimos cuarenta años, ha mezclado totalitarismo y culto a la personalidad con tanta precisión quirúrgica.

Publicada 27 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


Federico Hernández Aguilar
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Un paso mal dado y ¡zas!: Fidel Castro aparece en las portadas de los periódicos, tumbado sobre su costado derecho. Con envidiable presteza, el viejo dictador se levanta del suelo, se sacude el traje verde olivo y calma a su pueblo. Hondos suspiros se escuchan en todas partes, algunos de alivio y otros de decepción.

Para contener la alarma que el incidente ha causado en sus “queridos compatriotas”, el comandante publica una carta en la que habla, con oficialista desenfado, de las ocho fragmentaciones de su rótula. El texto es una ostentación maestra de caudillismo: “Los especialistas y el paciente (él, claro) analizaron y coordinaron perfectamente bien lo que debía hacerse en las circunstancias concretas que está viviendo el país...”. (¡¡!!) “Que no panda el cúnico”, habría dicho el Chapulín Colorado.

¿Es explicable semejante paroxismo autocrático en los umbrales del Siglo XXI? En Cuba sí. Fidel Castro sabe que su régimen no se puede comparar a ningún otro, porque ningún otro, en los últimos cuarenta años, ha mezclado totalitarismo y culto a la personalidad con tanta precisión quirúrgica.

Lo que los cirujanos trataron de hacer con la rodilla del dictador, una sola vez, lo ha venido haciendo Fidel, desde hace más de cuatro décadas, con su imagen de líder: repararla, atornillarla, hacerla funcionar, sin dar importancia pública a las evidentes muestras de senectud que la convierten en una trágica caricatura.

En su isla, el doctor Castro es jefe del Estado, jefe del Gobierno, comandante en jefe del Ejército y primer secretario del único partido que existe. Cuando convoca a elecciones, es para ver quién atrapa las migajas de poder que caen de su mesa. Luego embadurna de lexicografía libertaria cada muro del país, se despacha maratónicos discursos sobre la democracia, y aprovecha cualquier incidente (incluyendo aparatosas caídas frente a su devoto público) para dejar claro que pretende batir todos los récords de aguante.

Y no está lejos de conseguirlo. Entre los jefes de Estado más veteranos del mundo ya ocupa un honroso cuatro lugar. Únicamente la reina Isabel II de Inglaterra, el príncipe Rainiero III de Mónaco y el noveno Rama de Tailandia, el rey Bhumibol, se convirtieron en autoridades institucionales antes que Fidel. Castro es, por lo demás, el plusmarquista de las dictaduras latinoamericanas, ricas en populismo, eliminación de opositores y acorralamiento de la libertad. Por eso ha mandado por casi 46 años.

Con honores de héroe fue enterrado en La Habana, el mes pasado, el periodista Néstor Baguer, uno de los más efectivos espías que el régimen cubano tenía infiltrados en las filas de la disidencia. Miembro correspondiente de la Academia Española de la Lengua, Baguer se hacía pasar por redactor independiente y hasta llegó a liderar, al amparo de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, un lustroso evento sobre ¡ética periodística!
El testimonio del “agente Octavio” (seudónimo con el que Baguer fue reclutado por los órganos de Seguridad del Estado) fue clave para que Fidel lograra condenar, el año pasado, a 75 periodistas y escritores acusados de “traición a la Patria”. La esposa del poeta Raúl Rivero, que está preso por las denuncias del “colega” Baguer, ofreció declaraciones durísimas al enterarse del fallecimiento: “No lamento su muerte, pero tampoco me alegro... Era un miserable. Se dedicó a tener dinero en lugar de ideales”.

Pero si la libertad de expresión constituye una afrenta para el comandante Castro, la más reciente “liberación económica” es la herramienta perfecta para hacer que el pueblo cubano le siga patrocinando su caudillismo. Ante la avalancha de deudas que tiene el país, el régimen ha emprendido una masiva requisa de dólares —para convencer a los “queridos compatriotas” se han incluido tasas impositivas a las transacciones con esa moneda— y el mercado negro está floreciendo. ¿Qué hará Fidel para contener esta forzada ola de ilegalidad? Usted adivinó: más represión.

El viejo dictador está acostumbrado a jugar póquer con los índices económicos. Ya en 1968, aceitando su máquina de poder, el líder de la revolución cubana nacionalizó más de 50 mil pequeñas empresas de un plumazo. La medida no tuvo oposición, claro está. Si por medio de un sistema educativo altamente ideologizado se puede convencer a los niños de que el Che Guevara es un modelo a seguir, es relativamente esperable que hasta por la venta de un plátano se rindan cuentas al Estado sin que nadie proteste.

Ayer fueron 75 periodistas pagando caro su deseo de independencia. Hoy son los 43 integrantes de un grupo artístico que no regresarán a su país, porque actuar en Estados Unidos es “una traición”. Mañana puede ser la totalidad de una orquesta sinfónica implorando asilo en Calcuta, “porque presentarse ante las Hermanas de la Caridad es una debilidad burguesa”.

La rodilla de Fidel, aunque rota, sigue presionando el pescuezo de la libertad. Ya era justo que al menos le doliera un poquito.
*Presidente de Concultura.



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