
Federico
Hernández Aguilar
El Diario de Hoy
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Un paso mal dado y ¡zas!: Fidel Castro
aparece en las portadas de los periódicos, tumbado sobre su costado
derecho. Con envidiable presteza, el viejo dictador se levanta del suelo,
se sacude el traje verde olivo y calma a su pueblo. Hondos suspiros se
escuchan en todas partes, algunos de alivio y otros de decepción.
Para contener la alarma que el incidente ha causado en sus queridos
compatriotas, el comandante publica una carta en la que habla, con
oficialista desenfado, de las ocho fragmentaciones de su rótula.
El texto es una ostentación maestra de caudillismo: Los especialistas
y el paciente (él, claro) analizaron y coordinaron perfectamente
bien lo que debía hacerse en las circunstancias concretas que está
viviendo el país.... (¡¡!!) Que no panda
el cúnico, habría dicho el Chapulín Colorado.
¿Es explicable semejante paroxismo autocrático en los umbrales
del Siglo XXI? En Cuba sí. Fidel Castro sabe que su régimen
no se puede comparar a ningún otro, porque ningún otro,
en los últimos cuarenta años, ha mezclado totalitarismo
y culto a la personalidad con tanta precisión quirúrgica.
Lo que los cirujanos trataron de hacer con la rodilla del dictador, una
sola vez, lo ha venido haciendo Fidel, desde hace más de cuatro
décadas, con su imagen de líder: repararla, atornillarla,
hacerla funcionar, sin dar importancia pública a las evidentes
muestras de senectud que la convierten en una trágica caricatura.
En su isla, el doctor Castro es jefe del Estado, jefe del Gobierno, comandante
en jefe del Ejército y primer secretario del único partido
que existe. Cuando convoca a elecciones, es para ver quién atrapa
las migajas de poder que caen de su mesa. Luego embadurna de lexicografía
libertaria cada muro del país, se despacha maratónicos discursos
sobre la democracia, y aprovecha cualquier incidente (incluyendo aparatosas
caídas frente a su devoto público) para dejar claro que
pretende batir todos los récords de aguante.
Y no está lejos de conseguirlo. Entre los jefes de Estado más
veteranos del mundo ya ocupa un honroso cuatro lugar. Únicamente
la reina Isabel II de Inglaterra, el príncipe Rainiero III de Mónaco
y el noveno Rama de Tailandia, el rey Bhumibol, se convirtieron en autoridades
institucionales antes que Fidel. Castro es, por lo demás, el plusmarquista
de las dictaduras latinoamericanas, ricas en populismo, eliminación
de opositores y acorralamiento de la libertad. Por eso ha mandado por
casi 46 años.
Con honores de héroe fue enterrado en La Habana, el mes pasado,
el periodista Néstor Baguer, uno de los más efectivos espías
que el régimen cubano tenía infiltrados en las filas de
la disidencia. Miembro correspondiente de la Academia Española
de la Lengua, Baguer se hacía pasar por redactor independiente
y hasta llegó a liderar, al amparo de la Oficina de Intereses de
los Estados Unidos en La Habana, un lustroso evento sobre ¡ética
periodística!
El testimonio del agente Octavio (seudónimo con el
que Baguer fue reclutado por los órganos de Seguridad del Estado)
fue clave para que Fidel lograra condenar, el año pasado, a 75
periodistas y escritores acusados de traición a la Patria.
La esposa del poeta Raúl Rivero, que está preso por las
denuncias del colega Baguer, ofreció declaraciones
durísimas al enterarse del fallecimiento: No lamento su muerte,
pero tampoco me alegro... Era un miserable. Se dedicó a tener dinero
en lugar de ideales.
Pero si la libertad de expresión constituye una afrenta para el
comandante Castro, la más reciente liberación económica
es la herramienta perfecta para hacer que el pueblo cubano le siga patrocinando
su caudillismo. Ante la avalancha de deudas que tiene el país,
el régimen ha emprendido una masiva requisa de dólares para
convencer a los queridos compatriotas se han incluido tasas
impositivas a las transacciones con esa moneda y el mercado negro
está floreciendo. ¿Qué hará Fidel para contener
esta forzada ola de ilegalidad? Usted adivinó: más represión.
El viejo dictador está acostumbrado a jugar póquer con los
índices económicos. Ya en 1968, aceitando su máquina
de poder, el líder de la revolución cubana nacionalizó
más de 50 mil pequeñas empresas de un plumazo. La medida
no tuvo oposición, claro está. Si por medio de un sistema
educativo altamente ideologizado se puede convencer a los niños
de que el Che Guevara es un modelo a seguir, es relativamente esperable
que hasta por la venta de un plátano se rindan cuentas al Estado
sin que nadie proteste.
Ayer fueron 75 periodistas pagando caro su deseo de independencia. Hoy
son los 43 integrantes de un grupo artístico que no regresarán
a su país, porque actuar en Estados Unidos es una traición.
Mañana puede ser la totalidad de una orquesta sinfónica
implorando asilo en Calcuta, porque presentarse ante las Hermanas
de la Caridad es una debilidad burguesa.
La rodilla de Fidel, aunque rota, sigue presionando el pescuezo de la
libertad. Ya era justo que al menos le doliera un poquito.
*Presidente de Concultura.

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