
Alejandro Alle
El Diario de Hoy
alejandro_alle@yahoo.com
¿Usted alguna vez se puso a pensar
por qué será que los ecologistas siempre andan protegiendo
osos, ballenas, tortugas marinas, bosques tropicales, o pájaros
exóticos, pero nunca se les ve preocupados por la matanza
irracional de cerdos, ni tampoco de pollos? ¿No le parece
extraño? Sí, ya sé: ni cerdos ni pollos corren el
más mínimo peligro de extinción.
Es que justamente lo que debería sorprendernos es que dichos animales
no estén desapareciendo, dada la voracidad y entusiasmo con que
media humanidad los mastica. Estamos tan acostumbrados a encontrarlos
en cada país, ciudad, supermercado, e incluso en cada restaurante,
que ni se nos cruza por la cabeza que en el mundo se consumen a diario
muchísimas más libras de cerdo y de pollo, que de oso. Pese
a lo cual son los osos los que se extinguen.
No es que me haya dado un súbito ataque por la zoología:
el único cerdo que me gusta es Porky Pig, y mi oso favorito es
Yogi, el del Jellystone Park. Pero al comparar los casos, entenderemos
aspectos importantes del funcionamiento de la economía.
Hay un elemento básico a tener en cuenta, que debería aumentar
aún más nuestra sorpresa
, y es que pese al enorme
consumo de cerdo y de pollo que hay, ambos son alimentos relativamente
baratos. Por el contrario, los osos se extinguen, aunque no recuerdo haber
ido últimamente a almorzar hamburguesas al Burger Oso,
ni tampoco al KFB (Kentuky Fried Bear). ¡Ah!, es cierto, ambos fueron
prohibidos hace años, ¡pero además eran carísimos!
Si se habla tanto de caza irracional de osos, de pesca
irracional de ballenas, y de tala irracional de bosques,
es fácil deducir que el problema está en alguna supuesta
irracionalidad. Pronto la encontraremos
Dado que se enfoca mal el problema, de manera invariable se llega a conclusiones
equivocadas, y ello se debe a que, sin mayor análisis, se culpa
a los villanos de siempre: al malvado comercio, y su sanguinario
hijo, el fin de lucro. Se les acusa de provocar la extinción
de osos, ballenas, tortugas marinas, y de cuanto animalito o planta salvaje
imaginemos.
Sin embargo, son justamente cerdos y pollos los que mejor desmienten que
el comercio o el fin de lucro sean culpables de
extinción alguna: ambos están entre los animales más
comercializados de toda la fauna, e incluso se han construido imperios
económicos alrededor de ellos, pese a lo cual no hay alarmas sobre
extinciones próximas de porcinos ni de plumíferos. Parece
que a la irracionalidad habrá que buscarla por otro lado
¿Quiere una pista? Está en la mala definición de
derechos de propiedad que hay sobre osos, ballenas, tortugas marinas,
o bosques tropicales, que produce incentivos perversos para su utilización.
El objetivo de cada cazador de osos es obtener la máxima cantidad
de pieles en el menor tiempo posible, siendo el costo de tales
excesos problema de los demás cazadores, quienes encontrarán
cada vez menos osos. Y como todos los cazadores piensan igual, rápidamente
se llega a la extinción.
Al existir un derecho de propiedad comunitario, ningún
cazador tendrá el incentivo de hacer inversiones para
que la cantidad de animales se mantenga en niveles que impidan su extinción.
Si un cazador invierte, reduciendo la caza durante un año,
no tendrá ninguna garantía de que será él
quien coseche los beneficios de esa conducta.
Al contrario, en el caso de cerdos y de pollos, tenemos granjeros que
dedican tiempo, esfuerzo y dinero en alimentarlos, en controlar que no
se enfermen, y en que alcancen el peso adecuado para poder venderlos.
Los granjeros hacen dichas inversiones, porque los animales son de ellos,
y saben que sólo ellos cobrarán por su venta.
La irracionalidad está en creer que alguien va a explotar adecuadamente
un recurso cuyo derecho de propiedad está mal definido: para cada
cazador, lo racional será tratar de apropiarse de los
beneficios de la caza, sin asumir los costos. Nos guste o no, es una característica
humana.
La mejor garantía de racionalidad es la propiedad privada, y en
el caso de pesca o caza realizada en lugares públicos, es esencial
que los permisos otorgados sean claros, licitados en forma transparente,
y que obliguen al beneficiario a hacer las inversiones necesarias para
restaurar el potencial de ese recurso natural.
¿Le gusta la canción Imagine, de John Lennon?
Muy buena música, pero no tome literalmente su letra (imagine
no possessions), porque eso sería más ingenuo que
el oso Yogi. En un mundo así, seguramente ni usted ni yo hubiéramos
nacido, porque nuestros antepasados hubieran muerto en alguna hambruna.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Master en Economía (ESEADE,
Buenos Aires) Columnista de El Diario de Hoy

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