
Ricardo Rivas
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Difícil olvidarlo: fue en 1985.
Necesitaba plata para montar mi primera clínica y había
decido contraer la primera obligación crediticia de la vida. Confieso
que llegué al banco como quien va al cadalso. Y qué menos.
Para un dentistillo a punto de graduarse, 15,000 colones era toda una
fortuna. Sin embargo, era el momento de hacerlo. En Guatemala recién
devaluaban el quetzal y el cambio me favorecía enormemente. Por
fortuna, el crédito salió rápido y en cuestión
de días estaba listo para ir a Guate por mis aparatos. Pero, había
un problema.
Los periódicos nacionales informaban de asaltos y vejaciones a
ciudadanos salvadoreños que viajaban por carretera a Guatemala
en automotores con placas de El Salvador. Familias enteras, comerciantes,
turistas aseguraban haber sido blanco de ladrones, sobre todo, en la carretera
que de Valle Nuevo (Las Chinamas) conduce a Guatemala ciudad. Lógicamente,
las noticias de esos abusos me pusieron en guardia. Lo último que
deseaba era que unos tacuacines me robaran aquellos quince mil pesos que
tan siquiera había comenzado a pagar. Otra cosa que me preocupaba
era la fama de los malhechores. Al decir de los acontecimientos, los tipos
no eran simples ladrones. Su hoja de vida incluía asesinatos, violaciones
y torturas.
Con todo y todo, el viaje había que emprenderlo. Un matrimonio
amigo de mis padres me ofreció jalón. Cus cus en mano, nos
fuimos. Yo, que nunca he tenido vocación de contrabandista, tuve
que hacer un esfuerzo creativo para esconder aquel billetal por donde
buenamente cupiera: en cada calcetín, debajo de las alfombras,
en medio de la llanta de repuesto, junto a la mica... qué sé
yo.
Al tramo entre Oratorio y Cuilapa le llamaban el tramo de la muerte.
Cuando llegamos ahí, el cus cus de arriba se tradujo en una curiosa
mezcla de taquicardia, retortijón, hipo y cantaradas de sudoración,
todo, en medio de un sepulcral mutis. No era en balde. Por robarle unos
dólares, al papá de un amigo mío le habían
bajado del carro y de tres balazos le habían despachado al otro
mundo. Así procedían. Amén de ladrones, eran son
asesinos de sangre fría.
Así recorrimos aquellos interminables kilómetros. Finalmente,
llegamos a Barberena, población a la que en 1985, a diferencia
de hoy, se consideraba territorio seguro. Entonces fue que volvió
el alma al cuerpo. Y proseguimos el viaje. Estando en la ciudad de Guatemala
supimos de un nuevo asalto ocurrido a pocos kilómetros de Jalpatagua.
Yo, que no estaba interesado en participar de aquel reality, terminé
regresándome en TACA.
Hoy estamos en 2004. Veinte años después, en medio de globalizaciones,
TLC, PPP, integraciones y avances tecnológicos, transitar con placas
salvadoreñas por esos caminos guatemaltecos sigue siendo tan peligroso
como lo era a mediado de los ochenta. De Ripley ¿no?
El Salvador y Guatemala somos los aliados naturales de la región.
Nuestras fronteras se han abierto en una clara muestra de liderazgo regional
y voluntad política por parte de nuestros presidentes. Saca y Berger,
derribando el muro de la burocracia, han encendido la verdadera llama
de la integración centroamericana. Ese mismo liderazgo, voluntad
y capacidad es la que El Salvador le pide al gobierno vecino para detener
esa kermés de inauditos abusos.
Los salvadoreños reconocemos a Guatemala como un gran país.
A guatemaltecos y salvadoreños nos hermanan una y mil razones de
amistad, familia, negocios, estudios, turismo, etc. También tenemos
un promisorio futuro como socios fundadores de esta histórica convergencia
con la que se intenta hermanar a Centroamérica en una sola nación.
Pero Guatemala debe ser consecuente con lo que ocurre en su territorio
y en las narices mismas de sus autoridades, y actuar. No existe en la
región otro aliado más importante para Guatemala que El
Salvador. Esa relación debe cuidarla.
Detener los atropellos contra salvadoreños en las carreteras de
Guatemala, más que una cuestión de honor, se ha convertido
en un asunto de vida o muerte. Cuántas familias salvadoreñas
pueden dar cuenta de ello. Mientras en ese territorio se siga tocando
con las manos sucias la integridad y la vida misma de los ciudadanos salvadoreños,
la integración estará patoja.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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