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Rostros hechos a mano

La máscaras que se usan en las danzas tradicionales son creadas por artesanos populares. Una muestra se exhibe en la Sala de la Miniatura

Publicada 22 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Adda Montalvo
El Diario de Hoy
amontalvo@elsalvador.com

Ya se acerca diciembre. Ya se preparan las posadas, y con éstas aparecerá algún diablillo que peregrine haciendo travesuras detrás de la Sagrada Familia: San José, La Virgen y el Niño Jesús. El que interprete al malvado personaje echará mano del recurso más antiguo para recrear mejor su papel: la máscara.

Éstas, que son usadas en danzas tradicionales como Los Historiantes, Los viejos, Los Diablitos y otras, son un reflejo de una expresión más de la artesanía popular nacional.
Los creadores de los rostros hechos a mano viven en pueblos como Cuisnahuat, Jayaque, San Juan Nonualco, San Vicente y en lugares tan cercanas como San Antonio Abad, acá en la capital.

Algunos son ancianos. Félix Crisol tiene 85 años y es el único mascarero del municipio de Jicalapa, La Libertad. Otros son más jóvenes. El capitalino Celio López hace y enseña todo sobre los Historiantes.

Las creaciones de ambos han servido de punto de partida de una investigación y exhibición realizada por El Museo de Artes y Tradiciones Populares, conocida también como Sala de la Miniatura.

Allí se aprecian las diferentes técnicas y secretos que existen alrededor de este arte. Uno de ellos, quizá el más básico, es el de conseguir un buen tronco de pito, cedro o conacaste para la elaboración. “El pito es el mejor porque es más liviano”, apunta Crisol.

Se comienza con los trazos faciales. La nariz se termina primero. Se lija cada rasgo, para luego ahuecar (quitar el relleno) la máscara y finalmente pintarla.
¿Las herramientas? Cuchillos rectos, cortos y formones. Muchas veces, los mismos artesanos elaboran sus instrumentos.

El museo. Los Historiantes se imponen en las salas. Fotos EDH / Lissette Lemus

El efecto de crear

Su uso data de muchos años atrás. Las antiguas culturas indígenas las necesitaban para realizar sus rituales.

Hoy se observan en días festivos con amplio contenido cultural, que sirven para recalcar la víspera de una fecha importante dentro de la sociedad salvadoreña.

Madeleine Imberton, directora del Museo de Artes Populares, sostiene que el éxito de todo espectáculo popular, es que el danzante asuma la personalidad que su vestuario le dicta. Cuando se utiliza una máscara se convierte en otro ser.

En El Desfile del Correo, en las vacaciones de agosto de San Salvador, muchos con rostros cubiertos bailan y juegan por las calles, ante la mirada de nacionales y extranjeros que perciben el temor o la alegría que cada uno se esfuerza por transmitir.

El éxito de las máscaras es que quien las lleva asuma su rol. Las siguanabas asustan si son capaces de “aporrear” a los hombres infieles que llegan a verlas y de “corretear” a los niños que se burlan de ellas.

Y los bailarines de la danza de El Tigre y el Venado relatan una vieja historia gracias a que sus rostro evocan a estos animales que forman parte de la mitología nacional.

Mascarero. Félix Crisol muestra el rostro del gigante Goliat. Fotos EDH / Lissette Lemus

El artesano de Jicalapa

Félix Crisol tenía 15 años cuando hizo su primera máscara. Ahora, con 85, es el único de su pueblo que continúa con esa labor.
Todo empezó hace mucho, cuando las máscaras de moros y cristianos de la cofradía se perdieron.

Él, junto a otros niños, le preguntó a unos viejitos “¿cómo podían hacer para reproducirlas?”.
Uno de esos “viejitos”, que según el sobrino de don Félix, Miguel Ángel, era Margarito, el padre del primero, le mostró una máscara del gigante Goliat.

El hoy artesano salvadoreño se entusiasmó. Tomó unas cuantas herramientas y “a la brava” –como él mismo relata– empezó a tallarlas. Y así fueron saliendo los bigotudos rostros de los moros y otros personajes de las historias. “A mí siempre me gustó mucho la tradición”, cuenta el anciano.

En la actualidad, sólo hace máscaras de vez en cuando y por encargo.
Cada una le toma cuatro días de elaboración. Las vende por ¢125 cada una ($14).
Algunas de sus creaciones ya han viajado al extranjero, gracias que algunos de sus hijos que allá. Otras se exhiben en la exposición Viejos, diablos y guerreros, que patrocina el Museo de Arte Popular (La Sala de la Miniatura), en San Salvador.

El legado de don Félix seguirá vivo mientras los jóvenes de Jicalapa continúen bailando las historias de Moros y Cristianos cada 13 de octubre, durante las fiesta patronales dedicadas a Santa Úrsula.

El salón de las máscaras

Viejos, diablos y guerreros. Máscaras de El Salvador es el nombre de la exposición que se encuentra abierta en el Museo de Arte y Tradiciones Populares, conocido también como Sala de la Miniatura.

En este lugar el visitante puede apreciar cómo las manos de artesanos salvadoreños han creado coloridos rostros a partir de troncos de árboles de pito, cedro y conacaste.
La primera parte de la muestra está dedicada a los Moros y Cristianos. Aquí se aprecian los diferentes rostros de los personajes y los significados de su vestuario.

Le sigue el segmento Los Diablos. Allí se aprecia a personajes burlones y aterradores. La tercera etapa corresponde a los Viejos. Se trata de una serie de máscaras burlescas como La Vieja Panzona, La Siguanaba y demonios con pelo de caballo y humano.

Madeleine Imberton, directora del Museo, explica que hay diferencias en cuanto a elaboración de cada una de las máscaras.

Están las de corte realista, con rasgos muy españoles. Muy de la tradición de la imaginería andaluza. Y hay aquellas con un acabado menos fino; destacan las de diablos burlones y los viejos de agosto.

La exposición se mantendrá abierta hasta el 24 de diciembre de este año, en la Avenida San José y Calle Centroamérica, colonia Centroamérica. La entrada es de $1 por adulto y $0.50 por niño y estudiante con carné. Abierto de martes a viernes de 10:00 a.m. a 5:00 p.m. Y sábados de 10:00 a.m a 6:00 p.m.


Para cualquier ocasión
- De acuerdo a la Enciclopedia Británica en Internet, las máscaras han tenido, a través de la historia, varios usos.
- Social y religioso: muchas culturas las han utilizado para asustar a mujeres, niños o criminales con la intención de disciplinarlos. También representaban a diferentes deidades.
- Funerario: las máscaras tenían rasgos del fallecido y servían para protegerle de los malos espíritus u honrarles.
- Terapéutico: en ciertos ritos mágicos servían para ahuyentar espíritus que podían causar enfermedades.
- Festivo y teatral: en el siglo XX sirven para celebraciones populares y de entretenimiento, como Halloween.

 

 



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