Adda
Montalvo
El Diario de Hoy
amontalvo@elsalvador.com
Ya se acerca diciembre. Ya se preparan las posadas, y con éstas
aparecerá algún diablillo que peregrine haciendo travesuras
detrás de la Sagrada Familia: San José, La Virgen y el Niño
Jesús. El que interprete al malvado personaje echará mano
del recurso más antiguo para recrear mejor su papel: la máscara.
Éstas, que son usadas en danzas tradicionales como Los Historiantes,
Los viejos, Los Diablitos y otras, son un reflejo de una expresión
más de la artesanía popular nacional.
Los creadores de los rostros hechos a mano viven en pueblos como Cuisnahuat,
Jayaque, San Juan Nonualco, San Vicente y en lugares tan cercanas como San
Antonio Abad, acá en la capital.
Algunos son ancianos. Félix Crisol tiene 85 años y es el único
mascarero del municipio de Jicalapa, La Libertad. Otros son más jóvenes.
El capitalino Celio López hace y enseña todo sobre los Historiantes.
Las creaciones de ambos han servido de punto de partida de una investigación
y exhibición realizada por El Museo de Artes y Tradiciones Populares,
conocida también como Sala de la Miniatura.
Allí se aprecian las diferentes técnicas y secretos que
existen alrededor de este arte. Uno de ellos, quizá el más
básico, es el de conseguir un buen tronco de pito, cedro o conacaste
para la elaboración. El pito es el mejor porque es más
liviano, apunta Crisol.
Se comienza con los trazos faciales. La nariz se termina primero. Se lija
cada rasgo, para luego ahuecar (quitar el relleno) la máscara y
finalmente pintarla.
¿Las herramientas? Cuchillos rectos, cortos y formones. Muchas
veces, los mismos artesanos elaboran sus instrumentos.
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| El museo. Los Historiantes se imponen en las
salas. Fotos EDH / Lissette Lemus |
El efecto de crear
Su uso data de muchos años atrás. Las antiguas culturas
indígenas las necesitaban para realizar sus rituales.
Hoy se observan en días festivos con amplio contenido cultural,
que sirven para recalcar la víspera de una fecha importante dentro
de la sociedad salvadoreña.
Madeleine Imberton, directora del Museo de Artes Populares, sostiene
que el éxito de todo espectáculo popular, es que el danzante
asuma la personalidad que su vestuario le dicta. Cuando se utiliza una
máscara se convierte en otro ser.
En El Desfile del Correo, en las vacaciones de agosto de San Salvador,
muchos con rostros cubiertos bailan y juegan por las calles, ante la mirada
de nacionales y extranjeros que perciben el temor o la alegría
que cada uno se esfuerza por transmitir.
El éxito de las máscaras es que quien las lleva asuma su
rol. Las siguanabas asustan si son capaces de aporrear a los
hombres infieles que llegan a verlas y de corretear a los
niños que se burlan de ellas.
Y los bailarines de la danza de El Tigre y el Venado relatan una vieja
historia gracias a que sus rostro evocan a estos animales que forman parte
de la mitología nacional.
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| Mascarero. Félix Crisol muestra el rostro
del gigante Goliat. Fotos EDH / Lissette Lemus |
El artesano de Jicalapa
Félix Crisol tenía 15 años cuando hizo su primera
máscara. Ahora, con 85, es el único de su pueblo que continúa
con esa labor.
Todo empezó hace mucho, cuando las máscaras de moros y cristianos
de la cofradía se perdieron.
Él, junto a otros niños, le preguntó a unos viejitos
¿cómo podían hacer para reproducirlas?.
Uno de esos viejitos, que según el sobrino de don Félix,
Miguel Ángel, era Margarito, el padre del primero, le mostró
una máscara del gigante Goliat.
El hoy artesano salvadoreño se entusiasmó. Tomó unas
cuantas herramientas y a la brava como él mismo
relata empezó a tallarlas. Y así fueron saliendo los
bigotudos rostros de los moros y otros personajes de las historias. A
mí siempre me gustó mucho la tradición, cuenta
el anciano.
En la actualidad, sólo hace máscaras de vez en cuando y
por encargo.
Cada una le toma cuatro días de elaboración. Las vende por
¢125 cada una ($14).
Algunas de sus creaciones ya han viajado al extranjero, gracias que algunos
de sus hijos que allá. Otras se exhiben en la exposición
Viejos, diablos y guerreros, que patrocina el Museo de Arte Popular (La
Sala de la Miniatura), en San Salvador.
El legado de don Félix seguirá vivo mientras los jóvenes
de Jicalapa continúen bailando las historias de Moros y Cristianos
cada 13 de octubre, durante las fiesta patronales dedicadas a Santa Úrsula.
El
salón de las máscaras
Viejos, diablos y guerreros. Máscaras de El Salvador es el nombre
de la exposición que se encuentra abierta en el Museo de Arte y
Tradiciones Populares, conocido también como Sala de la Miniatura.
En este lugar el visitante puede apreciar cómo las manos de artesanos
salvadoreños han creado coloridos rostros a partir de troncos de
árboles de pito, cedro y conacaste.
La primera parte de la muestra está dedicada a los Moros y Cristianos.
Aquí se aprecian los diferentes rostros de los personajes y los
significados de su vestuario.
Le sigue el segmento Los Diablos. Allí se aprecia a personajes
burlones y aterradores. La tercera etapa corresponde a los Viejos. Se
trata de una serie de máscaras burlescas como La Vieja Panzona,
La Siguanaba y demonios con pelo de caballo y humano.
Madeleine
Imberton, directora del Museo, explica que hay diferencias en cuanto a
elaboración de cada una de las máscaras.
Están las de corte realista, con rasgos muy españoles. Muy
de la tradición de la imaginería andaluza. Y hay aquellas
con un acabado menos fino; destacan las de diablos burlones y los viejos
de agosto.
La exposición se mantendrá abierta hasta el 24 de diciembre
de este año, en la Avenida San José y Calle Centroamérica,
colonia Centroamérica. La entrada es de $1 por adulto y $0.50 por
niño y estudiante con carné. Abierto de martes a viernes
de 10:00 a.m. a 5:00 p.m. Y sábados de 10:00 a.m a 6:00 p.m.
Para cualquier ocasión
- De acuerdo a la Enciclopedia Británica en Internet, las máscaras
han tenido, a través de la historia, varios usos.
- Social y religioso: muchas culturas las han utilizado para asustar a mujeres,
niños o criminales con la intención de disciplinarlos. También
representaban a diferentes deidades.
- Funerario: las máscaras tenían rasgos del fallecido y servían
para protegerle de los malos espíritus u honrarles.
- Terapéutico: en ciertos ritos mágicos servían para
ahuyentar espíritus que podían causar enfermedades.
- Festivo y teatral: en el siglo XX sirven para celebraciones populares
y de entretenimiento, como Halloween.

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