Carlos
Ball*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
SMiami (AIPE)- La manera preferida por
los gobernantes latinoamericanos de robar a los ciudadanos es impulsando
la inflación y la devaluación de la moneda. Si un venezolano
rico tenía en 1960 el equivalente en bolívares a un millón
de dólares y confiando en los gobernantes y en el Banco Central
hubiera dejado su dinero en efectivo, hoy su fortuna sería
de 1,745 dólares al cambio oficial o 1,300 dólares en el
mercado paralelo (negro). Si eso no se considera un robo descarado es
porque los políticos utilizan un lenguaje diferente al de la gente
normal.
Y luego de sus triunfos fraudulentos en el referendo del 15 de agosto
y en las elecciones locales del 31 de octubre, Hugo Chávez se prepara
para seguir los pasos del Che Guevara, quien fue nombrado por Fidel Castro
presidente del Banco Central de Cuba, en noviembre de 1959, y procedió
a borrarle un par de ceros al peso cubano. Parece que el Gobierno venezolano
prepara un nuevo golpe contra el bolívar para la primera semana
de enero y dará pocas horas para que los venezolanos cambien sus
billetes viejos por los nuevos. Así la policía política
podrá elaborar listados sobre las cantidades en efectivo que tiene
cada ciudadano. Y el control de cambios será extendido indefinidamente
para garantizar un uso correcto de las divisas, lo cual significa
dejar totalmente en manos del gobierno la decisión sobre quién
merece o no tener derecho a importar o a viajar al exterior o a tratar
de educar a sus hijos fuera del ambiente estalinista venezolano.
Tales tragedias suceden cuando se entiende como democracia el simple voto
de las mayorías y las constituciones no limitan claramente el poder
de los gobernantes ni establecen un requisito clave de cualquier sociedad
civilizada: respeto por la propiedad privada. Los Chávez, Lula,
Kirchner, Toledo, etc. no actúan como presidentes democráticos
de países civilizados sino como mafiosos empeñados en concentrar
en sus manos todo el poder y toda la riqueza, en el menor tiempo posible.
El filósofo escocés Adam Ferguson definió claramente
el problema hace más de dos siglos: La más importante
diferencia entre un salvaje y un hombre civilizado es que el salvaje no
reconoce los derechos de propiedad.
En la medida en que la concentración del poder político
y económico en América Latina siga desplazándose
hacia las manos de gente como Eduardo Duhalde, Tabaré Vásquez,
José Vicente Rangel, Evo Morales y Lucio Gutiérrez, la región
se empobrecerá hasta alcanzar niveles africanos y el único
freno posible sería regresar al patrón oro, donde el valor
de cada moneda se fija en cierta cantidad de oro y todo tenedor de un
billete puede ir al Banco Central y exigir que se lo cambien por oro.
Es un sueño, sí, como también lo fue para nuestros
antepasados alcanzar la independencia de España.
Parte de la tragedia latinoamericana se debe a que los políticos,
los intelectuales, los empresarios, los líderes obreros, los periodistas,
las ONG, etc. luchan por cambiar esto o aquello que puede significarles
una mejoría o una ventaja temporal, mientras que los problemas
verdaderamente de fondo, como la no confiabilidad de la moneda, raramente
se discuten y se pelean.
Entre 1880 y 1914, período en el cual Estados Unidos estuvo bajo
el patrón oro, la inflación anual promedió 0.1%.
Por el contrario, el promedio de la inflación en EE.UU. entre 1946
y 1990 fue de 4.2%. Y ese sueño maravilloso no ocurría sólo
en los países prósperos y desarrollados. El bolívar
venezolano valía exactamente un gramo de oro desde 1879 hasta 1961
y eso fue uno de los fundamentos de la prosperidad de Venezuela durante
los años 50, cuando su inflación era inferior a la de Estados
Unidos, había más inversión extranjera que en cualquier
otra nación latinoamericana y la inmigración fluía
desde Europa, Norteamérica y Suramérica, atraída
por la creciente prosperidad. Claro, ni el petróleo ni el Banco
Central habían sido todavía nacionalizados ni
los partidos habían politizado el sistema judicial, lo cual a partir
de los años 70 disparó la corrupción y descuartizó
el Estado de Derecho.
No hay duda de que los culpables de la aplastante miseria latinoamericana
han sido nuestros infames gobiernos, y mientras la gente siga creyendo
que los políticos le sacarán de la pobreza, en vez del esfuerzo
propio dentro del respeto a la propiedad privada, al estado de derecho,
gobiernos limitados y libertad de comprar y vender, importar o exportar,
la región continuará sumida en la pobreza y seguiremos siendo
un pueblo de emigrantes.
* Director de la agencia
AIPE y académico asociado del Cato Institute.

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