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De las letras
Docencia en humanidades

Manejamos un español muy pobre, no con la riqueza del de Cervantes, Quevedo o Lope de Vega. “El Quijote” lo entendía y disfrutaba el hombre común de la época. El teatro de Lope gustaba al común de la gente, al pueblo llano

Publicada 22 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Siempre será interesante, para cualquier profesor que ame lo que enseña, conseguir que sus alumnos se interesen en su materia. Mayor interés reviste, a lo largo del curso y del diálogo con ellos, que el profesor pueda, con una apasionante mayéutica socrática, ir extrayendo de ellos los valores ocultos, las semillas dormidas, de lo que pudieran llegar a ser frondosos y robustos árboles del conocimiento.

En esta labor, a veces hay retos a primera vista difíciles e incluso absurdos, que le gratifican al profesor con resultados sorprendentes e inesperados. Pienso ahora, en concreto, en mi caso, cuando acepté encargarme de dirigir un taller literario en una prestigiosa escuela de Economía ¿Qué hacía allí esta asignatura de literatura? ¿No estaba fuera de lugar? ¿No era un disparate? ¿No era una pérdida del tiempo del profesor y de los alumnos? Pues resulta que no. Y creo que la mayoría de mis alumnos estará de acuerdo conmigo. Todos, ellos y yo, hemos descubierto a través de las obras de autores cumbre, y a través de las creaciones de los mismos alumnos, esas pequeñas o grandes sabidurías que enriquecen, embellecen y elevan las vidas humanas. El arte, en cualquiera de sus formas, da algo que ni las ciencias ni las técnicas pueden dar.

Siempre será un acierto que las asignaturas humanísticas —despreciadas, en general, por nuestro mundo tan utilitario y tecnificado— complementen los estudios universitarios de gente que tiene inclinación por profesiones muy alejadas de esos saberes. Porque lo terrible de nuestro tiempo es que, no sólo aquí, sino también en países que se enorgullecen de estar desarrollados, la ignorancia en temas tan importantes como la filosofía, la historia y la literatura es inmensa, oceánica.

Ese desprecio nos lleva a vivir en un mundo de “bárbaros especializados”, terrible problema ya descubierto, a comienzos del Siglo XX, por el filósofo español José Ortega y Gasset en su célebre libro “La rebelión de las masas”. El que no se interesa más que por aquello en lo que trabaja, siempre será un hombre masa. Vive de lo del momento, de lo que “se lleva”, de “lo que se dice”; en definitiva, de tópicos, estereotipos y manipulaciones de los medios. Y cuanto más enfrascado en su especialidad, peor, porque el especialista, como dijo irónicamente Bernard Shaw, es un tipo que sabe casi todo, de casi nada.

El problema mayor que veo yo en la enseñanza de historia, filosofía y literatura es que estas materias han sido bocado apetitoso para los sectarios. Gran parte de la Historia Universal que llega al gran público está contaminada de prejuicios ideológicos e incluso de voluntarias tergiversaciones con fines políticos. La literatura universal actual, con el apoyo de un Premio Nobel cada vez más alejado de la intención de su creador, está claramente inclinada a un cierto agnosticismo, escepticismo y amoralismo “políticamente correctos”.

Cada vez se escribe técnicamente mejor, pero cada vez los escritores tienen más vacío o más basura en su cabeza. Basta mirar lo que más se vende en las libre-rías para salir deprimido. Esoterismo, orientación light para la vida de las masas desorientadas, seudo-filosofías, seudo-gurús y seudo-misterios. Es decir: charlatanería que vende millones. Ahí está el señor Paulo Coelho o el Código da Vinci; ejemplos contundentes.

En cuanto a la filosofía, hace tiempo que ella misma se hizo el harakiri. Hegel creyó haber puesto punto final y definitivo a la filosofía. Con su pensamiento todo había quedado resuelto. Ya no hacía falta, corregir o añadirle nada. Por eso cuando sus alumnos le dijeron: -¿Y después de usted, maestro, qué? Don Federico contestó majestuosamente: “¿Después de mí? ¡El diluvio!” Y sí, vino el diluvio casi universal del marxismo, ahora en vías rapidísimas de desecación y olvido. Después, doña Filosofía estalló en múltiples fracciones oscuras que se adentraron por callejones sin salida. Nietzsche había dicho: “¡Dios ha muerto, ahora viene el superhombre!”. Pero los que habían muerto eran los filósofos, incluyendo a Nietzsche. Hay que cambiar ese grito por este otro: “¡El sabio ha muerto, ahora vienen los expertos!”.

A pesar de todos esos inconvenientes, hay que insistir, a como dé lugar, en que los saberes humanísticos son necesarios y hacer lo que cada uno pueda para despertar aficiones y descubrir talentos humanísticos, donde menos podía esperarse. Y hay que comenzar por la base de todo ello: sencillamente por enriquecer el propio idioma de los alumnos. Me parece estupendo que se potencie el bilingüismo, desarrollando en especial el estudio del inglés. ¿Pero y qué pasa con nuestro propio idioma? Manejamos un español muy pobre, no con la riqueza del de Cervantes, Quevedo o Lope de Vega. “El Quijote” lo entendía y disfrutaba el hombre común de la época. El teatro de Lope gustaba al común de la gente, al pueblo llano.

Ahora se lee poco y los que leen literatura en español tropiezan enseguida con cualquier palabra que se salga un poco del uso más pedestre. Por estos días están reunidos los académicos de la lengua española. Esperemos que le den un buen impulso a uno de los idiomas con gran número de hablantes que cuenta con una espléndida literatura y que no tiene nada que envidiar al escrito en otras lenguas. Aunque esto no es un asunto que competa sólo a ellos. Es asunto de todos, comenzando por los padres de familia, fomentando la afición a la lectura en sus hijos y siguiendo por los profesores que seguimos bregando en esa apasionante enseñanza.

* Doctor en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net


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