Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Siempre será interesante, para cualquier
profesor que ame lo que enseña, conseguir que sus alumnos se interesen
en su materia. Mayor interés reviste, a lo largo del curso y del
diálogo con ellos, que el profesor pueda, con una apasionante mayéutica
socrática, ir extrayendo de ellos los valores ocultos, las semillas
dormidas, de lo que pudieran llegar a ser frondosos y robustos árboles
del conocimiento.
En esta labor, a veces hay retos a primera vista difíciles e incluso
absurdos, que le gratifican al profesor con resultados sorprendentes e
inesperados. Pienso ahora, en concreto, en mi caso, cuando acepté
encargarme de dirigir un taller literario en una prestigiosa escuela de
Economía ¿Qué hacía allí esta asignatura
de literatura? ¿No estaba fuera de lugar? ¿No era un disparate?
¿No era una pérdida del tiempo del profesor y de los alumnos?
Pues resulta que no. Y creo que la mayoría de mis alumnos estará
de acuerdo conmigo. Todos, ellos y yo, hemos descubierto a través
de las obras de autores cumbre, y a través de las creaciones de
los mismos alumnos, esas pequeñas o grandes sabidurías que
enriquecen, embellecen y elevan las vidas humanas. El arte, en cualquiera
de sus formas, da algo que ni las ciencias ni las técnicas pueden
dar.
Siempre será un acierto que las asignaturas humanísticas
despreciadas, en general, por nuestro mundo tan utilitario y tecnificado
complementen los estudios universitarios de gente que tiene inclinación
por profesiones muy alejadas de esos saberes. Porque lo terrible de nuestro
tiempo es que, no sólo aquí, sino también en países
que se enorgullecen de estar desarrollados, la ignorancia en temas tan
importantes como la filosofía, la historia y la literatura es inmensa,
oceánica.
Ese desprecio nos lleva a vivir en un mundo de bárbaros especializados,
terrible problema ya descubierto, a comienzos del Siglo XX, por el filósofo
español José Ortega y Gasset en su célebre libro
La rebelión de las masas. El que no se interesa más
que por aquello en lo que trabaja, siempre será un hombre masa.
Vive de lo del momento, de lo que se lleva, de lo que
se dice; en definitiva, de tópicos, estereotipos y manipulaciones
de los medios. Y cuanto más enfrascado en su especialidad, peor,
porque el especialista, como dijo irónicamente Bernard Shaw, es
un tipo que sabe casi todo, de casi nada.
El problema mayor que veo yo en la enseñanza de historia, filosofía
y literatura es que estas materias han sido bocado apetitoso para los
sectarios. Gran parte de la Historia Universal que llega al gran público
está contaminada de prejuicios ideológicos e incluso de
voluntarias tergiversaciones con fines políticos. La literatura
universal actual, con el apoyo de un Premio Nobel cada vez más
alejado de la intención de su creador, está claramente inclinada
a un cierto agnosticismo, escepticismo y amoralismo políticamente
correctos.
Cada vez se escribe técnicamente mejor, pero cada vez los escritores
tienen más vacío o más basura en su cabeza. Basta
mirar lo que más se vende en las libre-rías para salir deprimido.
Esoterismo, orientación light para la vida de las masas desorientadas,
seudo-filosofías, seudo-gurús y seudo-misterios. Es decir:
charlatanería que vende millones. Ahí está el señor
Paulo Coelho o el Código da Vinci; ejemplos contundentes.
En cuanto a la filosofía, hace tiempo que ella misma se hizo el
harakiri. Hegel creyó haber puesto punto final y definitivo a la
filosofía. Con su pensamiento todo había quedado resuelto.
Ya no hacía falta, corregir o añadirle nada. Por eso cuando
sus alumnos le dijeron: -¿Y después de usted, maestro, qué?
Don Federico contestó majestuosamente: ¿Después
de mí? ¡El diluvio! Y sí, vino el diluvio casi
universal del marxismo, ahora en vías rapidísimas de desecación
y olvido. Después, doña Filosofía estalló
en múltiples fracciones oscuras que se adentraron por callejones
sin salida. Nietzsche había dicho: ¡Dios ha muerto,
ahora viene el superhombre!. Pero los que habían muerto eran
los filósofos, incluyendo a Nietzsche. Hay que cambiar ese grito
por este otro: ¡El sabio ha muerto, ahora vienen los expertos!.
A pesar de todos esos inconvenientes, hay que insistir, a como dé
lugar, en que los saberes humanísticos son necesarios y hacer lo
que cada uno pueda para despertar aficiones y descubrir talentos humanísticos,
donde menos podía esperarse. Y hay que comenzar por la base de
todo ello: sencillamente por enriquecer el propio idioma de los alumnos.
Me parece estupendo que se potencie el bilingüismo, desarrollando
en especial el estudio del inglés. ¿Pero y qué pasa
con nuestro propio idioma? Manejamos un español muy pobre, no con
la riqueza del de Cervantes, Quevedo o Lope de Vega. El Quijote
lo entendía y disfrutaba el hombre común de la época.
El teatro de Lope gustaba al común de la gente, al pueblo llano.
Ahora se lee poco y los que leen literatura en español tropiezan
enseguida con cualquier palabra que se salga un poco del uso más
pedestre. Por estos días están reunidos los académicos
de la lengua española. Esperemos que le den un buen impulso a uno
de los idiomas con gran número de hablantes que cuenta con una
espléndida literatura y que no tiene nada que envidiar al escrito
en otras lenguas. Aunque esto no es un asunto que competa sólo
a ellos. Es asunto de todos, comenzando por los padres de familia, fomentando
la afición a la lectura en sus hijos y siguiendo por los profesores
que seguimos bregando en esa apasionante enseñanza.
* Doctor en Medicina y columnista de El Diario
de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net

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