Oscar
Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
El 10 de octubre de 1966, Su Santidad Pablo
VI proclamó a la Virgen de la Paz Patrona Principal de El Salvador
a solicitud de la Conferencia Episcopal, estableciendo al mismo tiempo,
que el 21 de noviembre se celebrara oficialmente su fiesta.
La venerada imagen tiene su sede principal en la Catedral de San Miguel,
ya que desde 1920 el Papa Benedicto XV la declaró Patrona de la
Ciudad y de la Diócesis, permitiendo que fuera coronada con corona
de oro. Las famosas fiestas migueleñas en honor de su Patrona son
muy antiguas y están unidas al hallazgo de la venerada imagen en
el año de 1682.
Según la tradición, unos comerciantes que caminaban por
la orilla del Mar del Sur, en El Salvador, encontraron una misteriosa
caja abandonada en la playa que no lograron abrir. Esta caja provenía
seguramente de una emboscada hecha a una nave de piratas que, por ambición,
habían llegado a las costas en busca de riquezas.
Entre los desechos de aquella embarcación saqueada y destruida
por los corsarios se encontraba la caja de madera de la que no se sabe
cuál era su destino final. Dios quiso que la preciosa carga no
se perdiera y fuera arrastrada por las olas hasta la orilla de la playa.
Fue llevada por los mercaderes a lomo de una burrita hasta la ciudad de
San Miguel, adonde llegaron el 21 de noviembre. La burrita, al arribar
a su destino, se echó en plena plaza pública frente a la
iglesia parroquial, donde hoy día se encuentra la imponente Catedral.
Se procedió a abrirla y la sorpresa fue que en su interior se encontraba
la preciosa imagen de una virgen con un niño en sus brazos.
Eran tiempos muy difíciles para los migueleños, pues estaban
pasando por gravísimos problemas de intrigas y discordias internas
entre ellos. Este hallazgo fue como un mensaje de Dios, pues los habitantes
depusieron sus rencores y pleitos fratricidas y se estableció la
paz entre ellos.
La Virgen Madre quería ver a sus hijos migueleños viviendo
en paz. A esta imagen se le dio el nombre de Virgen de la Paz,
y es con esta advocación, con la que se venera en toda la nación,
y en forma muy especial, en San Miguel.
La especial intercesión de la Virgen no se ha hecho esperar en
los momentos más difíciles de la historia del pueblo salvadoreño,
que ha profesado siempre una inquebrantable fe en Dios y en su madre María.
Para el pueblo católico la devoción a la Santísima
Virgen, en cualesquiera de sus advocaciones, ha sido siempre un elemento
intrínseco de su culto cristiano con el que se cumplen las palabras
del evangelio: todas las generaciones me llamarán bienaventurada
(Lc.1, 48). Sabemos que el culto que se le tributa es de veneración,
muy distinto al culto de adoración que sólo se da a Dios
como Señor absoluto de la historia. Son palpables las intervenciones
marianas en favor del pueblo en sus más variadas circunstancias.
Cuando los habitantes de San Miguel se vieron amenazados por la erupción
del volcán Chaparrastique, que podía destruir la ciudad
con la lava ardiente, ellos pusieron su fe en Dios y en la poderosa intercesión
de su patrona, la Virgen de la Paz, cuya imagen sacaron a la puerta principal
de la Catedral.
En ese preciso momento, la corriente de lava cambió de rumbo y
se alejó de la ciudad. Dice la tradición que ese día,
el 21 de septiembre de 1787, todos vieron en el cielo una especie de palma
blanca que parecía salir del cráter del volcán, y
es por eso que la Virgen lleva en sus manos una hoja de palma de oro,
en memoria de su intercesión.
Reconocemos la inquebrantable fe del pueblo católico, que siempre
ha confiado en Dios y en su Santa Madre, pero también reconocemos
que es necesario reavivar esa fe en las circunstancias que vivimos actualmente.
Necesitamos la poderosa intercesión de la Virgen para que toda
la nación pueda vivir en paz y en reconciliación.
Existen situaciones que amenazan de manera continua la paz y la armonía
entre los salvadoreños. Hay quienes han hecho de la violencia su
propia cultura, su estilo de vida, la violencia se ha hecho presente en
muchos hogares en donde los hijos son maltratados y en donde los esposos
no son capaces de dialogar para resolver pacíficamente sus diferencias;
hay violencia en las calles, agresiones físicas, irresponsabilidad
en las carreteras, intimidación a ciudadanos, etc. Todo esto quita
la paz y la armonía ciudadana.
La crisis de valores que afecta a la sociedad impide la sana proyección
al futuro. Todos, la familia, las instituciones y las fuerzas vivas de
la nación, debemos convertirnos en artesanos de la paz y en forjadores
de valores morales y religiosos que nos conduzcan a vivir en armonía.
Necesitamos recurrir con confianza a Dios y a la poderosa intercesión
de la Virgen, a quien los salvadoreño invocan como la Reina de
la Paz.
* Párroco de la iglesia de María Auxiliadora
(Don Rúa) osrobla@hotmail.com

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