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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Que en los quince años previos
a la agresión comunista El Salvador logró crecimiento económico
pero sin beneficiar a las mayorías poblacionales se dijo en una
entrevista televisada, tesis con la que estamos en absoluto desacuerdo.
Hay raros casos en que esto puede ocurrir, como cuando un país
incrementa sus exportaciones de petróleo (Venezuela, en la actualidad),
pero nunca en un sistema de trabajo basado en la libertad de mercado.
Como es usual, a lo expuesto se agregó la trillada frase: los
pobres empeoraron en su condición. Es decir hubo crecimiento
económico pero sin que la gente mejorara. Quien primero salió
con eso, hace siglo y medio, fue Carlos Marx; la imparable pauperización
del proletariado es el planteamiento básico de El
Capital. No hay socialista, comunista, tonto útil o compañero
de viaje que no repita el estribillo. Lo hacen para demostrar su gran
sensibilidad social, lo mucho que sangra su corazón
por el gran drama de los desposeídos. Que luego los
sensibleros le entraron a sangre y fuego al país, arrasando con
lo que a costa de enormes sacrificios se había construido, no les
preocupa en lo más mínimo.
Asombrosa lógica: el desarrollo económico no benefició
a las masas, pero la agresión comunista les aprovechó.
Hay más con esto del desarrollo económico. Las empresas
que prosperan, las grandes empresas, siempre dependen de grandes masas
de consumidores. No se construye un centro de mercadeo, se fabrica ropa,
se elaboran muebles de oficina, se cosecha arroz o se cultiva café,
sin que eso vaya destinado a servir las necesidades y los deseos de muchísimos
consumidores. Pero además, para fabricar, vender, servir, distribuir,
sembrar, cosechar y todo lo que se relaciona con el mundo del trabajo,
es imprescindible emplear a muchísima gente. Y tanto hace treinta
años como hoy en día, entre el sesenta y cinco y el ochenta
por ciento de los ingresos de las empresas se destina al pago de salarios
y prestaciones. No existe negocio que opere bajo la ley, que no mejore
la situación de otros.
¿Trabajaban en total aislamiento?
Las empresas no trabajan en un vacío, aisladas. Todo lo que se
fabrica, se vende, se permuta, se transporta y se sirve, es parte de una
enorme cadena de producción. No hay actividad económica
que no involucre hasta el último habitante de un país. Tomemos
como ejemplo los pollos congelados que se compran en los supermercados.
Hay que alimentarlos (con granos que se producen a lo largo y ancho del
territorio), acarrearlos, vacunarlos, criarlos en galpones, congelarlos,
empacarlos, llevarlos a las tiendas, venderlos, etc. Si se fabrican muebles,
las cadenas de productores y gente que intervienen son también
enormes, aunque cada uno contribuya con un poquito.
A menos que se trate de Robinson Crusoe, nadie puede vivir aisladamente:
requiere de la ayuda, los apoyos, el trabajo y la compañía
de otros. Suponer que hay desarrollo que no beneficia a la gente, equivale
a creer que las empresas que lo lograron se mantuvieron esos años
espléndidamente aisladas. Lo inexplicable es como hacían
para que sus empleados y ejecutivos no salieran a comprar aunque fuera
a la tienda de la esquina, o visitaran médicos, o mandaran a sus
hijos al colegio, o tomaran un autobús, o ahorraran en un banco.

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