
María
A. de López Andreu
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Nuestras carreteras son motivo de admiración
para nuestros familiares y amigos que nos visitan, principalmente si las
recorren durante la temporada lluviosa, cuando el esplendor del campo
está en su apogeo y los árboles, recién bañados,
muestran límpidamente todas las tonalidades de verdes imaginables.
Y nosotros, acostumbrados por la rutina diaria al paisaje que nos rodea,
descubrimos nuevamente, a través de los ojos del visitante, cómo
nuestro país avanza y progresa. Aunque aún nos queda un
largo trecho por delante, es mucho más lo que ya recorrimos y,
objetivamente, debemos sentirnos muy satisfechos.
Lo triste, sin embargo, es que nuestras carreteras, maravillosas obras
modernas, son testigo de infinidad de accidentes muchos fatales
que, en la mayoría de los casos podrían haberse evitado;
y otros que son causados, directa e inexplicablemente, por la negligencia
de nuestras autoridades.
Veamos, como ejemplo, la carretera de Los Chorros. Allí, desde
siempre, ha habido graves y frecuentes accidentes. Por tal razón,
las autoridades tomaron la sabia decisión de sustituir la acostumbrada
doble línea amarilla (que usualmente se usa para dividir los carriles
de cualquier carretera), por separadores de concreto.
¡Y ardió Troya! ¡Todos protestamos! Que si los retornos
están muy lejos, que si la lentitud, que si la incomodidad, etc.
Los motivos de queja abundaron, pero los accidentes disminuyeron. Y así,
fuimos comprendiendo que eso era lo verdaderamente importante.
Por desgracia, en nuestro país, a veces la irresponsabilidad triunfa
sobre la razón. Mucho se habla del bien común,
pero en este caso, ha prevalecido la comodidad de unos cuantos sobre el
derecho a la vida de todos los demás. De buenas a primeras, la
autoridad a quien eso corresponde (la que sea) ha permitido quitar unos
tramos de separadores frente a la entrada a Colón, en una acción
en verdad criminal.
Y es que no se puede calificar de otra manera, porque es obvio que permitir
un cruce como si se tratara de una céntrica esquina
en semejante lugar, causará accidentes de manera permanente.
Dentro de cualquier ciudad, la velocidad máxima reglamentaria es
de 40 kilómetros por hora. Los vehículos que circulan desde
occidente, lo hacen por la Carretera Panamericana, no por el centro; es
decir, a velocidades mayores que la mencionada. Si alguien, de manera
intempestiva, se detiene frente a ellos para cruzar a la izquierda sobre
el carril designado para el tráfico rápido, ¿cuál
es el resultado? ¡Una catástrofe! ¿Y quién
es el culpable? En justicia, es la autoridad que ha permitido que se violente
el orden, a costillas de la seguridad y vida de los transeúntes
y conductores de vehículos.
La seguridad vial es un tema muy serio para cualquier ciudadano y tanto
más, para las autoridades. Tan es así que, en febrero de
2003, la Santa Sede promovió la Pastoral de la Carretera,
destacando la responsabilidad que los conductores tienen sobre su propia
vida y la de los demás.
Según informaron los comunicados de prensa, la Iglesia considera
que, en su misión evangélica, no puede descuidar a los millones
de viajeros que, por razones de trabajo u otros, utilizan las carreteras.
El comunicado insiste en que el conductor debe observar conductas como
la cortesía, la corrección y la prudencia, para ser capaz
de superar eventuales imprevistos, causados quizá por otros usuarios
(por cansancio, abuso de alcohol, medicinas, falta de conocimiento de
las normas de tráfico etc.), así como por las condiciones
atmosféricas, el estado del vehículo o de las carreteras.
El reportaje de la agencia noticiosa Zenit, informa que ese apostolado
consiste en un continuo y serio llamamiento a la responsabilidad del conductor,
promoviendo valores evangélicos que tienen por fundamento el mandamiento
del amor y del respeto por la vida propia y la de los demás. Por
tal motivo se considera prioritario que se brinde educación vial
desde la infancia.
Pues bien, un tema que ha sido enfatizado con tanta seriedad por la Santa
Sede, debería ser tomado en cuenta por todos los que conducimos,
sabiendo que conducir no es un privilegio, sino una responsabilidad.
Y, además, muy grave.
Más grave aún es la responsabilidad de nuestras autoridades,
quienes deben garantizar buenas condiciones viales para los conductores.
¿Cuántos accidentes, muertos y lisiados se necesitarán
para que, finalmente, prevalezcan la razón y el orden?
*Columnista de El Diario de Hoy.

|