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Opinando
¿Derecho de quién?

En febrero de 2003, la Santa Sede promovió la “Pastoral de la Carretera”, destacando la responsabilidad que los conductores tienen sobre su propia vida y la de los demás. “Conducir no es un privilegio, sino una responsabilidad”

Publicada 20 de noviembre 2004, El Diario de Hoy



María A. de López Andreu
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Nuestras carreteras son motivo de admiración para nuestros familiares y amigos que nos visitan, principalmente si las recorren durante la temporada lluviosa, cuando el esplendor del campo está en su apogeo y los árboles, recién bañados, muestran límpidamente todas las tonalidades de verdes imaginables.

Y nosotros, acostumbrados por la rutina diaria al paisaje que nos rodea, descubrimos nuevamente, a través de los ojos del visitante, cómo nuestro país avanza y progresa. Aunque aún nos queda un largo trecho por delante, es mucho más lo que ya recorrimos y, objetivamente, debemos sentirnos muy satisfechos.

Lo triste, sin embargo, es que nuestras carreteras, maravillosas obras modernas, son testigo de infinidad de accidentes —muchos fatales— que, en la mayoría de los casos podrían haberse evitado; y otros que son causados, directa e inexplicablemente, por la negligencia de nuestras autoridades.

Veamos, como ejemplo, la carretera de Los Chorros. Allí, desde siempre, ha habido graves y frecuentes accidentes. Por tal razón, las autoridades tomaron la sabia decisión de sustituir la acostumbrada doble línea amarilla (que usualmente se usa para dividir los carriles de cualquier carretera), por separadores de concreto.

¡Y ardió Troya! ¡Todos protestamos! Que si los retornos están muy lejos, que si la lentitud, que si la incomodidad, etc. Los motivos de queja abundaron, pero los accidentes disminuyeron. Y así, fuimos comprendiendo que eso era lo verdaderamente importante.
Por desgracia, en nuestro país, a veces la irresponsabilidad triunfa sobre la razón. Mucho se habla del “bien común”, pero en este caso, ha prevalecido la comodidad de unos cuantos sobre el derecho a la vida de todos los demás. De buenas a primeras, la autoridad a quien eso corresponde (la que sea) ha permitido quitar unos tramos de separadores frente a la entrada a Colón, en una acción en verdad criminal.

Y es que no se puede calificar de otra manera, porque es obvio que permitir un cruce —como si se tratara de una céntrica esquina— en semejante lugar, causará accidentes de manera permanente.

Dentro de cualquier ciudad, la velocidad máxima reglamentaria es de 40 kilómetros por hora. Los vehículos que circulan desde occidente, lo hacen por la Carretera Panamericana, no por el centro; es decir, a velocidades mayores que la mencionada. Si alguien, de manera intempestiva, se detiene frente a ellos para cruzar a la izquierda sobre el carril designado para el tráfico rápido, ¿cuál es el resultado? ¡Una catástrofe! ¿Y quién es el culpable? En justicia, es la autoridad que ha permitido que se violente el orden, a costillas de la seguridad y vida de los transeúntes y conductores de vehículos.

La seguridad vial es un tema muy serio para cualquier ciudadano y tanto más, para las autoridades. Tan es así que, en febrero de 2003, la Santa Sede promovió la “Pastoral de la Carretera”, destacando la responsabilidad que los conductores tienen sobre su propia vida y la de los demás.

Según informaron los comunicados de prensa, la Iglesia considera que, en su misión evangélica, no puede descuidar a los millones de viajeros que, por razones de trabajo u otros, utilizan las carreteras.

El comunicado insiste en que el conductor debe observar conductas como la cortesía, la corrección y la prudencia, para ser capaz de superar eventuales imprevistos, causados quizá por otros usuarios (por cansancio, abuso de alcohol, medicinas, falta de conocimiento de las normas de tráfico etc.), así como por las condiciones atmosféricas, el estado del vehículo o de las carreteras.

El reportaje de la agencia noticiosa Zenit, informa que ese apostolado consiste en un continuo y serio llamamiento a la responsabilidad del conductor, promoviendo valores evangélicos que tienen por fundamento el mandamiento del amor y del respeto por la vida propia y la de los demás. Por tal motivo se considera prioritario que se brinde educación vial desde la infancia.

Pues bien, un tema que ha sido enfatizado con tanta seriedad por la Santa Sede, debería ser tomado en cuenta por todos los que conducimos, sabiendo que “conducir no es un privilegio, sino una responsabilidad”. Y, además, muy grave.

Más grave aún es la responsabilidad de nuestras autoridades, quienes deben garantizar buenas condiciones viales para los conductores. ¿Cuántos accidentes, muertos y lisiados se necesitarán para que, finalmente, prevalezcan la razón y el orden?
*Columnista de El Diario de Hoy.



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