
Rodolfo
Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Cuando
entramos por primera vez a los pabellones de pediatría para iniciar
nuestras prácticas en la década de los sesenta, de entrada
nos dimos cuenta de que una cosa era estudiar pediatría en el texto
(Pediatría de Nelson) y otra muy distinta tratar directamente con
los enfermitos. La primera dificultad era la elaboración de la
historia clínica, obviamente no es posible interrogar al niño
y la historia había que levantarla con los datos proporcionados
por la madre o el encargado que le había llevado al hospital.
Pero más problemático, para nosotros, los estudiantes neófitos
de ese tiempo, era realizar una exploración física completa,
en parte, porque los niños temen y rechazan las gabachas blancas
que se relacionan con los puyones de las inyecciones y las curaciones
dolorosas, y como veníamos de examinar adultos en el Rosales, los
órganos de los niños eran tan pequeños que había
que habituarse, y, finalmente, porque teníamos grandes limitaciones
para establecer una comunicación con los infantes. Con asombro
y respeto observábamos cómo el Dr. Roberto Cáceres
Bustamante les acariciaba la cabeza, les hacía cosquillas, les
daba suaves palmadas y hasta conversaba amigablemente con sus pequeños
pacientes. En otras palabras, nos daba diariamente un formidable ejemplo
de cómo respetar, tratar y querer a los niños, enseñanzas
que por cierto no aparecen en ningún libro de texto.
Recordar a nuestro querido maestro de pediatría es recordar a todo
ese grupo de sobresalientes y magníficos pediatras que tanto hicieron
por la niñez salvadoreña y por las ciencias del país,
y que afortunadamente algunos todavía sobreviven. Varios son mayores
que el Dr. Cáceres Bustamante, la mayoría le son contemporáneos
y los menos eran los jóvenes de las nuevas tandas que se incorporaban
al núcleo principal. La mayoría brilló con luz propia
entre los años de 1950 y 1975 aproximadamente, y entre otros están
los doctores Guillermo Guillén Álvarez, Gustavo Dreis, Eduardo
Suárez Mendoza, Salvador Calles, Francisco Rodríguez Porth,
Amadeo Cortez Martínez, Arturo Álvarez Borja, Adalberto
Gómez Mira, Buenaventura Nuila y Nuila, Carlos Pérez Cotera,
Luis Adalberto Escobar, Marco Tulio Magaña, Alfonso Jiménez
Castillo, José Gurdián de Nueda, Juan Llort, Rolando Domínguez
Parada, Santiago Hernández, Andrés Gonzalo Funes, Luis Yúdice
Larín, Mauricio Sol Nerio, Roberto Alejando Jiménez (Cirujano
pediátrico), René Fortín Magaña, Edmundo Ávalos
Laguardia y otros que escapan a la memoria.
El doctor Cáceres Bustamante realizó sus estudios en la
Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador y se graduó
a principios de los cuarenta.
Todavía estudiante, se desempeñó como encargado de
las autopistas del Hospital Rosales, mucho antes del surgimiento del Departamento
de Patología, que alcanzó su máximo desarrollo con
la llegada de los notables patólogos y docentes doctores Roberto
Masferrer y, años después, José Nicolás Astacio
Soria. Las necropsias las realizaba con gran destreza y contaba además
con la ayuda del recordado Leoncio Santana, el empleado de la morgue que,
a pesar de no tener estudios formales, después de colaborar durante
muchos años, se las sabía todas y era muy ducho en realizar
diagnósticos patológicos con sólo dar un rápido
vistazo a las piezas anatómicas. Se cuenta en forma anecdótica
que el iletrado Leoncio auxilió en más de una ocasión
a estudiantes que navegaban en un mar de dudas o se tardaban demasiado
para llegar a un diagnóstico.
Trabajó en el Hospital San Rafael, de Santa Tecla, y por 1943 se
marchó a Baltimore, EE.UU., a realizar estudios de Salud Pública
en la Universidad de John Hopkins. Como director de la Unidad de Salud
de la misma ciudad antes citada, por la época de la caída
del general M.H. Martínez, impulsó con denuedo la inmunización
masiva con la recién llegada vacuna triple (DPT). Años después,
completó sus inquietudes académicas preparándose
en el extranjero en la especialidad de pediatría. De nuevo en el
país, se incorporó al movimiento de reforma de la educación
médica habiendo reorganizado el Departamento de Pediatría
de la Facultad de Medicina (la única que había) con la colaboración
de un grupo de pediatras visionarios.
El Dr. Roberto Cáceres Bustamante fue un típico médico
por vocación, muy ordenado en su vida y en su profesión,
extraordinariamente metódico y analítico, y pese a las circunstancias
que siempre surgen en la práctica médica, mantuvo una lealtad
inquebrantable a las ciencias y al componente humano de sus enfermos.
Se le reconoce como un practicante consumado de la ética, aunque
no por ello dejaba de ser amable y cordial con todos, inclusive con los
empleados de menos jerarquía de los hospitales. Como docente, preparaba
en forma excelente sus clases teóricas, puntilloso con la terminología
y excepcionalmente paciente con sus alumnos, a quienes orientaba y guiaba,
sea recomendándoles alguna bibliografía, sea comunicándoles
los resultados de una investigación sobre el particular. Vestía
impecable, a la usanza de la época (riguroso traje entero y corbata)
y no empezaba su trabajo sin su gabachón blanco bien planchado,
debidamente abotonado, y sin escuchar antes a la enfermera jefe del servicio,
a quien dirigía una mirada paternal, le daba unas cuantas indicaciones
con su típica voz de barítono y luego empezaba la visita
diaria, cuna por cuna.
* Dr. en Medicina.

|