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In memoriam
Un médico ejemplar

Recordar a nuestro querido maestro de pediatría es recordar a todo ese grupo de sobresalientes y magníficos pediatras que tanto hicieron por la niñez salvadoreña y por las ciencias del país

Publicada 19 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Cuando entramos por primera vez a los pabellones de pediatría para iniciar nuestras prácticas en la década de los sesenta, de entrada nos dimos cuenta de que una cosa era estudiar pediatría en el texto (Pediatría de Nelson) y otra muy distinta tratar directamente con los enfermitos. La primera dificultad era la elaboración de la historia clínica, obviamente no es posible interrogar al niño y la historia había que levantarla con los datos proporcionados por la madre o el encargado que le había llevado al hospital.

Pero más problemático, para nosotros, los estudiantes neófitos de ese tiempo, era realizar una exploración física completa, en parte, porque los niños temen y rechazan las gabachas blancas que se relacionan con los puyones de las inyecciones y las curaciones dolorosas, y como veníamos de examinar adultos en el Rosales, los órganos de los niños eran tan pequeños que había que habituarse, y, finalmente, porque teníamos grandes limitaciones para establecer una comunicación con los infantes. Con asombro y respeto observábamos cómo el Dr. Roberto Cáceres Bustamante les acariciaba la cabeza, les hacía cosquillas, les daba suaves palmadas y hasta conversaba amigablemente con sus pequeños pacientes. En otras palabras, nos daba diariamente un formidable ejemplo de cómo respetar, tratar y querer a los niños, enseñanzas que por cierto no aparecen en ningún libro de texto.

Recordar a nuestro querido maestro de pediatría es recordar a todo ese grupo de sobresalientes y magníficos pediatras que tanto hicieron por la niñez salvadoreña y por las ciencias del país, y que afortunadamente algunos todavía sobreviven. Varios son mayores que el Dr. Cáceres Bustamante, la mayoría le son contemporáneos y los menos eran los jóvenes de las nuevas tandas que se incorporaban al núcleo principal. La mayoría brilló con luz propia entre los años de 1950 y 1975 aproximadamente, y entre otros están los doctores Guillermo Guillén Álvarez, Gustavo Dreis, Eduardo Suárez Mendoza, Salvador Calles, Francisco Rodríguez Porth, Amadeo Cortez Martínez, Arturo Álvarez Borja, Adalberto Gómez Mira, Buenaventura Nuila y Nuila, Carlos Pérez Cotera, Luis Adalberto Escobar, Marco Tulio Magaña, Alfonso Jiménez Castillo, José Gurdián de Nueda, Juan Llort, Rolando Domínguez Parada, Santiago Hernández, Andrés Gonzalo Funes, Luis Yúdice Larín, Mauricio Sol Nerio, Roberto Alejando Jiménez (Cirujano pediátrico), René Fortín Magaña, Edmundo Ávalos Laguardia y otros que escapan a la memoria.


El doctor Cáceres Bustamante realizó sus estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador y se graduó a principios de los cuarenta.
Todavía estudiante, se desempeñó como encargado de las autopistas del Hospital Rosales, mucho antes del surgimiento del Departamento de Patología, que alcanzó su máximo desarrollo con la llegada de los notables patólogos y docentes doctores Roberto Masferrer y, años después, José Nicolás Astacio Soria. Las necropsias las realizaba con gran destreza y contaba además con la ayuda del recordado Leoncio Santana, el empleado de la morgue que, a pesar de no tener estudios formales, después de colaborar durante muchos años, se las sabía todas y era muy ducho en realizar diagnósticos patológicos con sólo dar un rápido vistazo a las piezas anatómicas. Se cuenta en forma anecdótica que el iletrado Leoncio auxilió en más de una ocasión a estudiantes que navegaban en un mar de dudas o se tardaban demasiado para llegar a un diagnóstico.

Trabajó en el Hospital San Rafael, de Santa Tecla, y por 1943 se marchó a Baltimore, EE.UU., a realizar estudios de Salud Pública en la Universidad de John Hopkins. Como director de la Unidad de Salud de la misma ciudad antes citada, por la época de la caída del general M.H. Martínez, impulsó con denuedo la inmunización masiva con la recién llegada vacuna triple (DPT). Años después, completó sus inquietudes académicas preparándose en el extranjero en la especialidad de pediatría. De nuevo en el país, se incorporó al movimiento de reforma de la educación médica habiendo reorganizado el Departamento de Pediatría de la Facultad de Medicina (la única que había) con la colaboración de un grupo de pediatras visionarios.

El Dr. Roberto Cáceres Bustamante fue un típico médico por vocación, muy ordenado en su vida y en su profesión, extraordinariamente metódico y analítico, y pese a las circunstancias que siempre surgen en la práctica médica, mantuvo una lealtad inquebrantable a las ciencias y al componente humano de sus enfermos. Se le reconoce como un practicante consumado de la ética, aunque no por ello dejaba de ser amable y cordial con todos, inclusive con los empleados de menos jerarquía de los hospitales. Como docente, preparaba en forma excelente sus clases teóricas, puntilloso con la terminología y excepcionalmente paciente con sus alumnos, a quienes orientaba y guiaba, sea recomendándoles alguna bibliografía, sea comunicándoles los resultados de una investigación sobre el particular. Vestía impecable, a la usanza de la época (riguroso traje entero y corbata) y no empezaba su trabajo sin su gabachón blanco bien planchado, debidamente abotonado, y sin escuchar antes a la enfermera jefe del servicio, a quien dirigía una mirada paternal, le daba unas cuantas indicaciones con su típica voz de barítono y luego empezaba la visita diaria, cuna por cuna.

* Dr. en Medicina.


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