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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Potenciar la enseñanza del inglés
es uno de los objetivos del gobierno a través del Ministerio de
Educación, considerando que hablar ese idioma mejora las perspectivas
laborales de jóvenes y adultos. La mala noticia es que el nivel
de los profesores de ese idioma es muy bajo, por lo que para lograr lo
primero se tiene que capacitar al cuerpo de docentes.
Lo segundo no es nada fácil; por algo se dice que es muy
difícil enseñar nuevos trucos a perros viejos. La
regla es que mientras más joven sea la persona, con más
rapidez aprenderá otra lengua. Como dice el verso de Moratín:
Admirose un portugués
-de ver que en su tierna infancia,
-todos los niños de Francia
-supieran hablar francés.
Lo que tan requetefácil resulta para un
niño de cuatro o seis años, se convierte en una muy difícil
tarea para un hidalgo lusitano.
A juicio nuestro, lo procedente es concentrar esfuerzos donde haya más
posibilidad de obtener buenos resultados, vale decir en ciudades, barrios
y comunidades donde los jóvenes estudiantes tengan oportunidad
de encontrar gente con quien practicar, o puedan ver vídeos y libros
o cuentos en audio en el nuevo idioma. Aunque nos duela, en un inicio
hay que olvidarse de pequeñas comunidades y zonas rurales, a menos
que en ellas existan maestros con esos conocimientos.
Viene al caso contar una historia. El padre de la arqueología,
Heinrich Schliemann, llegó a hablar, leer y razonablemente escribir
más de treinta lenguas. Su método, aunado a una prodigiosa
aptitud, era leer dos o tres veces en el idioma nuevo, un par de libros
que había ya leído en un idioma conocido. Nuestro modestísimo
italiano se logró leyendo I Promessi Sposi, de Manzoni
y Il Gatopardo, de Lampedusa.
Enseñar español a estadounidenses
Existen hoy en día (ciento treinta y tantos años después
de Schlieman) instrumentos que facilitan el aprendizaje de un idioma.
El vídeo y los discos compactos son uno; la televisión y
la radio son otro; los materiales impresos, un tercero. El gobierno puede
echar mano de las escuelas radiofónicas y de la TV Educativa (el
Canal 10) para dar instrucción en inglés mucho mejor que
los docentes locales; todo es que oír y ver los programas sean
exigencias para aprobar grado. Inclusive no es necesario inventar la pólvora,
pues se pueden copiar (o más bien tropicalizar) programas exitosos
de estaciones foráneas, como son, para el caso, los de la Deutsche
Welle para aprender alemán.
Volvamos a eso de capacitar docentes. En vez de que el ministerio monte
un aparataje para enseñar inglés, hay que proveer material
a los maestros y que sean ellos quienes se ocupen de su propia capacitación.
Eso resulta más barato y más efectivo, pues se agrega la
zanahoria de los nombramientos. Adicionalmente hay que establecer con
tests sicológicos, quiénes tienen la cabeza para aprender
otro idioma y quiénes no; hay personas de mediana inteligencia
que aprenden con rapidez como las hay muy inteligentes a quienes no les
entra. Son facilidades innatas; hace muchísimos años conocimos
en Nueva York a una linda señora que con veinte años de
vivir allá hablaba cero inglés, pero que había enseñado
español al farmacéutico, al carnicero, al panadero, al policía
y al resto de comerciantes del barrio.

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