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El sueño se acabó

Panamá le dio el golpe de gracia a la Selecta. Dos goles en los primeros 7 minutos fueron demasiado para un equipo que se defendió para evitar un papelón mayor

Publicada 18 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Superior. El panameño Jaime Medina III evade la marca de Dennis Alas. Atrás observa Marvin Benítez. Foto EDH


Periodista: Mauricio Qüehl
Fotoperiodista: Geovanni Lemus
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Ya está. Se terminó. La ilusión de ir al Mundial de Alemania 2006 se desvaneció en el Rommel Fernández en una de las peores actuaciones de la Selecta en mucho tiempo. Porque se jugó sin alma, sin entrega, sin vergüenza deportiva.

El Salvador, cuya táctica consistía en aprovechar la desesperación y la necesidad de ganar de los locales, tuvo que tirar ese libreto a la basura. A los 2’, en la primera llegada seria de los canaleros, una torpeza de Julio Castro –le cometió una falta innecesaria a José Garcés dentro del área– derivó en un pénal bien sancionado por el árbitro mexicano Benito Archundia. Inapelable, por más que los cuscatlecos se tomaran la cabeza por la indignación.

¿Qué opina sobre el resultado de la selección en la eliminatoria al mundial 2006?

Entonces llegó Roberto Brown para anotar el 1-0. Misael estuvo cerca, rozó la pelota con sus guantes, pero la potencia y la dirección del disparo imposibilitaron que la desviara.

La Selecta seguía sin hacer pie y Misael ya había salvado el segundo tras un remate del mismo Brown. Entonces llegó el 2-0. Iban apenas 7’, cuando Felipe Baloy le ganó al Zarco Rodríguez en un córner y con un golpe certero de cabeza mandó la pelota a la red.

Mareada, sin rumbo, y sólo con la zurda de Pedrozo tratando de hilvanar alguna jugada de peligro, la Selecta deambulaba por el medio de la cancha. El recién nacionalizado fue el más claro con la pelota –hizo 10 pases bien y dos mal–. Una combinación de él, Corrales y Cerritos terminó con un mano a mano del delantero del Alianza que definió de zurda, su pierna menos hábil, de forma suave.

Después, todo fue de Panamá, que armaba juego como quería. La contención no funcionaba y la defensa era un nudo de nervios sin desatar, donde Julio Castro tuvo quizás su peor noche como futbolista. El defensor de San Salvador se dejó ganar la posición de Garcés al 21’, quien conectó de cabeza un certero centro que desde la izquierda envió el habilidoso Roberto Phillips.

A partir de ahí ya no hubo partido. No tenía sentido ni siquiera preguntar por el resultado de Ohio, no hacía falta. Fuere cual fuere, daba lo mismo. Apenas 21 minutos después de comenzar el juego, como si fuera un deja vu del partido contra Jamaica en el Cuscatlán, todo estaba cocinado.

La Selecta se resignó por completo. Esas tres bofetadas en forma de goles no hirieron su amor propio, más bien activaron aún más sus temores. Lejos de atacar en busca del descuento, se refugiaron atrás para evitar un papelón mayor.

Y esa actitud de los jugadores fue refrendada por Armando Contreras Palma con un cambio que lo pinta de cuerpo entero. Sacó a Rudis Corrales, un delantero, y puso a Dennis Alas, un volante de contención. Era claro que ya no buscaba descontar, sino evitar una vergüenza mayor.

Y si bien es cierto que la humillación no llegó a más, no fue precisamente por los cambios que introdujo el entrenador. Los panameños tuvieron dos ocasiones muy claras antes de que finalizara el primer tiempo, pero esta vez fallaron.

Tampoco estuvo muy lúcido Contreras Palma en su segundo cambio. Dejó en los camerinos a Pedrozo, el de mejor rendimiento, para que ingrese Fredy González Víchez.

Pero a esas alturas ya era lo mismo, porque el segundo tiempo no existió. Simplemente ambos equipos dejaron que corrieran los minutos como si se tratara de un pacto de no agresión. El espectáculo en el Rommel Fernández ya no estaba en la verde grama sino en las gradas, donde los panameños no sabían si festejar la goleada o comerse las uñas porque Jamaica estaba a tan sólo un gol de dejarlos afuera.

Y así se fue consumiendo el tiempo. El Salvador hasta parecía conforme con el resultado, porque a veces hasta se defendía con siete hombres, como si tuviera algo que perder. Ya no le quedaba nada. Había perdido el boleto a la siguiente fase. Pero lo más triste es que también perdió la dignidad. Porque cayó sin luchar, sin valentía, sin alma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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