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| Año inolvidable. Con Serena Williams,
tras derrotarla ayer en el Masters. Y el saludo de su padre, Yuri.
Foto EDH |
DPA
El Diario de Hoy
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De tanto en tanto, el tenis sacude con historias como las de María
Sharapova, la jugadora que, huyendo de los peligros de Chernobyl, saltó
hace una década a Florida para iniciar a los siete años
el sueño que concretó con el título de Wimbledon
y ayer lo coronó con el Masters, donde venció en la final
a Serena Williams.
Es increíble, realmente. Nunca, nunca en mi vida esperé
que esto sucediera tan rápido. Fue siempre mi sueño venir
acá y ganar. Cuando miraba el trofeo hoy decía, está
en mis manos, no puedo creerlo pero está en mis manos,
confesó la rubia, delgada y espigada rusa tras uno de los éxitos
más fulminantes en la historia del tenis.
Hasta enero del año pasado Sharapova no sabía lo que era
jugar un torneo de Grand Slam. Aunque todo fuera muy veloz en los últimos
tiempos.
Galina, abuela de Sharapova, estaba preocupada en 1987. Sólo había
pasado un año desde el accidente nuclear de Chernobyl, y María
estaba a punto de llegar al mundo. Yuri y Yelena Sharapova vivían
en Gomel, Bielorrusia, a escasos 300 kilómetros de la malograda
central nuclear.
Estábamos tan preocupados por la niña que nacería,
que antes de que lo hiciera decidimos mudarnos, dijo Galina al Daily
Mail. Fue así que Sharapova nació en Nyagan, una ciudad
siberiana en la que las temperaturas pueden caer en invierno a los 40
grados bajo cero. Bajo las leyes de la entonces Unión Soviética,
era el único lugar al que podían mudarse, ya que allí
había nacido Yelena, la madre de María.
A los tres años María volvió a mudarse, esta vez
a Sochi, sobre el Mar Negro, una zona de clima mucho más benigno,
y hogar de Yevgueni Kafelnikov, que llegaría a ser número
uno del mundo en tenis. Con cuatro años llegó el primer
contacto con la raqueta, impulsado por el entrenador Yuri Yatkin.
Ya a sus seis años pude ver el talento y determinación
que había en María, recuerda hoy Yatkin. Fue en 1992
que Martina Navratilova, visitando Moscú para jugar una exhibición,
vio por primera vez a Sharapova. Quedó impresionada, y ahora, tras
el éxito, fue clara: Sharapova es lo mejor que podía
pasarle al tenis femenino.
Yuri Sharapov, ingeniero en los pozos petrolíferos del Mar Negro,
estaba obsesionado con hacer de su hija una campeona, y en 1994, siguiendo
el consejo de Navratilova, reunió todos sus ahorros y compró
dos pasajes de avión a Miami. La meta, la academia de Nick Bolletieri,
conocida mundialmente por producir campeones precoces.
Una apuesta riesgosa
Aquella noche que Yuri llegó con María, de siete años,
a Miami, llevaba dos maletas y 700 dólares. Eso era todo. Nadie
los esperaba en el aeropuerto, y pasaron la noche en un motel barato.
Al día siguiente, sin saber una palabra de inglés, tomaron
un autobus y un tren a Bradenton. Al llegar a la academia, el padre de
otra alumna intentó disuadirlo: Usted sueña, ella
es demasiado joven.
Yuri tenía a una rusa que trabajaba allí como traductora,
y no dejó de insistir hasta que María fue aceptada. Alquiló
por cien dólares al mes un departamento de un ambiente en las cercanías
y trabajó en la construcción. Comenzaba el sueño
de María, que estaría dos años sin ver a su madre.
Fueron muchos sacrificios... Irme a los EEUU a los siete años,
no poder ver a mi madre por dos años..., recordaba la nueva
figura del tenis. No puedo esperar a ver a mi madre, eso es lo primero
ahora, agregó tras ganar Wimbledon.
Aquel paso por lo de Bolletieri -descubridor de Andre Agassi o Monica
Seles- no fue sencillo: Yo era muy joven, diez años, y estaba
con chicas más grandes, de 16 ó 17. Algunas, lo admite,
se burlaban de la pequeña María, que sólo quería
jugar al tenis.
La pequeña María es hoy toda una mujer, que ya tiene firmado
un contrato con la división de modelos de la agencia IMG porque
no quiere estar sin hacer nada una vez que deje el tenis.
Es dura, asombrosamente dura para su edad, cuando se le pregunta por asuntos
ajenos al tenis: No voy a hablar de mi vida personal, ni decir si
tengo un novio o no.
¡Tan diferente a Anna Kournikova, con la que intentó comparársela
desde que surgió! Hace poco Sharapova volvió a dejar claro
cuánto le molesta esa comparación: No soy la nueva
nada, y sin dudas no la nueva Kournikova.La gente parece olvidar que Anna
ya no está en la foto. Es el tiempo de María ahora. No se
nos puede comparar. Al fin y al cabo, ella nunca ganó un torneo
individual. Yo espero, además, tener una carrera más larga
que la de ella.
Kournikova respondió dieciendo que la copia nunca es tan
buena como el original, pero Kournikova se equivocaba por partida
doble: no es una copia, y es mejor.

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