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Los cinco pecados de la derecha
Sobreestimar lo pragmático y adorar la globalización

El uso del pragmatismo, no como un recurso eventual de astucia, controlado y subordinado a otros fines, sino como un fin en sí mismo, lleva a grandes errores en la táctica y la estrategia política.

Publicada 16 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Como se verá, ambas necedades están relacionadas y “pragmáticamente globalizadas”. Todo se va engarzando y participa del pecado original o error madre de despreciar la discusión, la construcción, el estudio y la creación ideológicas. Lo demás es consecuencia lógica.

Si los valores, cualesquiera que fueren, son seguidos con fidelidad y tesón, creyendo en que aportan senderos positivos a la actividad humana, por amplio relajado y comprensivo que se quiera ser, habrá un momento en que la elasticidad se rompa, en que no se pueda seguir adelante o tolerar determinadas conductas sin quedar fuera de aquellos valores, o incluso opuesto a ellos. Ya entonces, con la brújula desarmada, prisionero del exceso de opción y sin rumbo cierto, será fácil convencerse de optar por cualquier derrotero que me convenga o del que me convenzan y, para ello, ¿qué mejor que las metas utilitarias, pragmáticas e inmediatas que me lleven a lo que sea que me dé la gana? Esto es superficial y sofístico, claro.

Porque el pragmatismo puro tiene dos grandes defectos: en primer lugar no te lleva, sino al lugar que tú has elegido previamente, lo que no dice nada del método, camino o instrumento que hayas escogido para ello; esto es, volvemos al comienzo, si alguien no sabe lo que es bueno para sí, para su familia o para su nación, cualquier acción que tome para ir a cualquier lado será totalmente ciega, una lotería, una acción diletante, o una irresponsabilidad... a no ser que esconda el obedecer a una resuelta voluntad que quiera enmascararse en la vida pragmática. El otro problema es que deja por fuera a la ética, ya que si se toma como derrotero total el de lograr su cometido dejará por fuera toda restricción, lo que indicaría dar un espaldarazo al viejo adagio maquiavélico de que “el fin justifica los medios”, fuente de muchas desgracias históricas. Esta vía pragmática es como los anteojos de sol tan oscuros que aumentan la ceguera... pero que también la esconden.

Después de esta visión antropológica tan light, se está ya listo para “enrumbarse” (como les gusta decir ahora) hacia la ancha autopista de la globalización. Definamos nosotros, en un sentido amplio, como la nueva estructura económica mundial, que prescribe un intercambio comercial irrestricto, interdependiente y completo, en la comercialización de bienes y servicios para un mercado sin más límites que el entero planeta. Esto en sí no sólo no es negativo, sino que es racionalmente deseable, dentro de un contexto de respeto cultural, equidad económica y bajo la coordinación de los estados; vuélvase grave si estos van a ser desplazados por la globalización.

Es, sin más, la destrucción del Estado (o su minimización), cual lo quería el socialismo de izquierdas, sólo que por otro rumbo, aparentemente opuesto y con otros objetivos. Siendo esto así, se comienza a entender que algunas teorías conspirativas no son tan paranoicas como se dice. La ingeniería social, sin más Dios que el poder, lanzando su planteamiento mundialista. ¿Es que se puede resistir a esta ola poderosísima, revestida de movimiento social ineluctable?

Resistirse internamente es un deber ético y hasta eventualmente religioso, pero enfrentarse al tsunami con un apretar de dientes no sólo es inútil, sino idiota. La inteligencia exige algo más fino que el enterrar la cabeza en la arena. Sur- fear la oleada, “jugársela” —como decimos—. Eso pasa por conocer la situación desde varias opiniones (y no sólo desde uno o dos, por muy amiguitos que estos sean), realizar verdaderas negociaciones, buscando aliados objetivos (lo que implica no entregar el futuro por unas fanfarrias y unos honores baratos) y plantear la jugada a nivel nacional, buscando que los resultados finalicen en una política de Estado.

Miopía, cobardía o compromiso... no deben ser nunca etiquetas fáciles de imputar a una derecha sana y que busca lo mejor para su pueblo. El uso del pragmatismo, no como un recurso eventual de astucia, controlado y subordinado a otros fines, sino como un fin en sí mismo, lleva a grandes errores en la táctica y la estrategia política, y en lo histórico conduce a una sumisión irreflexiva e irresponsable a la manada que conducen a la inmolación ciertos nefastos “pastores”. El principio es que la economía y finanzas deben estar al servicio del hombre y no lo contrario. Una nación que se moviere bajo los dictados “científico y fríos” de una teoría económica cualquiera, sufrirá una revolución tan grande y dolorosa como nunca ha existido... quizás eso se busque.

* Lic. en Ciencias Políticas.



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