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Marido le macheteó y quedó parapléjica

Oportunidad. Anulma Pérez dice que ha perdonado a su pareja. Sus parientes piensan que no está cuerda

Publicada 15 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Víctima. La señora perdió la mayor parte del movimiento de sus miembros, por la s heridas sufridas hace tiempo.
Foto EDH /Arturo Silva

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Si María Anulma Pérez hubiera podido hablar, el pasado 1 de septiembre habría dicho al juez que perdonaba a su marido, José Hernán Vásquez, por las decenas de machetazos que le dio y que le han condenado a vivir con continuas convulsiones, muda y en una silla de ruedas. Y al hombre, a vivir 25 años tras los muros de una prisión.

El hecho ocurrió el 13 de noviembre de 2003 en el caserío Guaycumen, de Tonacatepeque.

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Las manos de Anulma tampoco le sirven por las múltiples lesiones; en consecuencia, no puede escribir lo que piensa. Sólo balbucea incomprensibles sonidos continuos de letras “m”.

No obstante, la mujer comunicó lo que sentía. ¿Cómo? Con la expresión de sus ojos, muecas en el rostro y moviendo la cabeza afirmativa o negativamente cuando escuchaba las preguntas o los comentarios de sus parientes.

Lo primero que le preguntaron es si estaba satisfecha con la condena para quien le había dejado comiendo (literalmente) con ayuda de manos ajenas.

Para sorpresa, la mujer dijo que no, que no le consideraba culpable. Cuando los padres de ella le contradijeron diciendo que el condenado le daba mala vida, la mujer se los reprochó con un gesto adusto de su rostro.

Luego hizo saber que quería irse a vivir con sus seis hijos, unidos, pues por ahora a cuatro sólo los ve ocasionalmente.

Ellos viven en una comunidad de San Bartolo, Ilopango, al amparo de la familia del convicto.

Estaría mejor

La mujer de 36 años, 17 de los cuales vivió con Hernán, asintió que se quería ir a vivir con la familia de su ex marido, porque cree que con ellos se sentiría mejor.

Está segura de que ellos le quieren. Lo dijo llevando el brazo izquierdo, el único que puede mover un poco, hacia su pecho.

¿Usted cree que ellos la quieren, que la aceptarían? No habíamos acabado la pregunta cuando la mujer asintió con la cabeza.
Don Francisco Pérez, su padre, la adversa. “Sí, tanto te quería el hombre que mirá como te ha dejado”. Ella hace una mueca de disgusto y hay un conato de lágrimas. Anulma agacha la cabeza.

Miembro. La mujer ha perdido parte del movimiento.
Foto EDH /Arturo Silva

¿Usted todavía quiere a don Hernán?, le preguntamos.
La mujer movió rápida y afirmativamente la cabeza, y remató su respuesta con un “Ajá”.

Quizá fue la única palabra entendible que logró gesticular.
Es por ese afán que quizá la mujer desearía que el hombre saliera de la cárcel. Según Anulma, Hernán está resentido con ella, pero no la familia de él.

¿Loca?

El perdón y los deseos de que la mujer minusválida tiene de marcharse a Ilopango es lo que don Francisco y otros parientes se lo toman como falta de juicio.

Para ellos, que Hernán le haya dejado con los sesos de fuera no es muestra de cariño. Cuentan que meses antes de que ocurriera la desgracia, la mujer había abandonado al marido porque los celos de aquél siempre derivaban en golpes.

La mujer, al oír esto no hace ningún movimiento de cabeza. Parece meditabunda y otra vez Anulma intenta retener sus lágrimas. Baja la mirada.

Mal genio

En la casa lidian a diario con el mal genio de Anulma. Dicen que vive siempre con el entrecejo fruncido. A sus 36 años, la mujer aparenta muchos más.

Anulma y sus dos hijos dependen totalmente de sus parientes. La invalidez de sus brazos hace que aún para el más mínimo desplazamiento de la silla de ruedas, deba depender de otros.

Sus dos hijos, adolescentes ya, saben de ese mal genio y prefieren no contrariarle los pensamientos de abandonar el caserío Guaycumen, jurisdicción de Tonacatepeque, para irse a vivir a San Bartolo, Ilopango.

Ambos estudian en una escuela pública, y aunque dicen estar apesadumbrados por la separación de sus hermanos, ellos prefieren seguir en casa de su abuelo.

Mientras, don Francisco se queja: “Sólo enojada pasa, por más que le contemplamos. Sufre ella y sufre uno”, dice su padre, un hombre de pelo entrecano quien asegura que la necesidad de ver sana a su hija le hizo vender un terreno, la cosecha de granos básicos y endeudarse hasta la coronilla.

Además del eterno enojo de su hija, el hombre tiene que ver de qué manera salda las jaranas contraídas.

“No hay esperanza de que vuelva a hablar. Un filazo le afectó las cuerdas bucales. Dicen que tampoco va a caminar. Por más que uno le cuide, siempre pasa de mal genio”
Francisco Pérez
Padre de Anulma Pérez


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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