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Víctima. La señora perdió la mayor parte del
movimiento de sus miembros, por la s heridas sufridas hace tiempo.
Foto EDH /Arturo Silva
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Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Si María Anulma Pérez hubiera
podido hablar, el pasado 1 de septiembre habría dicho al juez que
perdonaba a su marido, José Hernán Vásquez, por las
decenas de machetazos que le dio y que le han condenado a vivir con continuas
convulsiones, muda y en una silla de ruedas. Y al hombre, a vivir 25 años
tras los muros de una prisión.
El hecho ocurrió el 13 de noviembre de 2003 en el caserío
Guaycumen, de Tonacatepeque.
Las manos de Anulma tampoco le sirven por
las múltiples lesiones; en consecuencia, no puede escribir lo que
piensa. Sólo balbucea incomprensibles sonidos continuos de letras
m.
No obstante, la mujer comunicó lo que sentía. ¿Cómo?
Con la expresión de sus ojos, muecas en el rostro y moviendo la
cabeza afirmativa o negativamente cuando escuchaba las preguntas o los
comentarios de sus parientes.
Lo primero que le preguntaron es si estaba satisfecha con la condena para
quien le había dejado comiendo (literalmente) con ayuda de manos
ajenas.
Para sorpresa, la mujer dijo que no, que no le consideraba culpable. Cuando
los padres de ella le contradijeron diciendo que el condenado le daba
mala vida, la mujer se los reprochó con un gesto adusto de su rostro.
Luego hizo saber que quería irse a vivir con sus seis hijos, unidos,
pues por ahora a cuatro sólo los ve ocasionalmente.
Ellos viven en una comunidad de San Bartolo, Ilopango, al amparo de la
familia del convicto.
Estaría mejor
La mujer de 36 años, 17 de los cuales vivió con Hernán,
asintió que se quería ir a vivir con la familia de su ex
marido, porque cree que con ellos se sentiría mejor.
Está segura de que ellos le quieren. Lo dijo llevando el brazo
izquierdo, el único que puede mover un poco, hacia su pecho.
¿Usted cree que ellos la quieren, que la aceptarían?
No habíamos acabado la pregunta cuando la mujer asintió
con la cabeza.
Don Francisco Pérez, su padre, la adversa. Sí, tanto
te quería el hombre que mirá como te ha dejado. Ella
hace una mueca de disgusto y hay un conato de lágrimas. Anulma
agacha la cabeza.
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Miembro. La mujer ha perdido parte del movimiento.
Foto EDH /Arturo Silva
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¿Usted todavía quiere
a don Hernán?, le preguntamos.
La mujer movió rápida y afirmativamente la cabeza, y remató
su respuesta con un Ajá.
Quizá fue la única palabra entendible que logró gesticular.
Es por ese afán que quizá la mujer desearía que el
hombre saliera de la cárcel. Según Anulma, Hernán
está resentido con ella, pero no la familia de él.
¿Loca?
El perdón y los deseos de que la mujer minusválida tiene
de marcharse a Ilopango es lo que don Francisco y otros parientes se lo
toman como falta de juicio.
Para ellos, que Hernán le haya dejado con los sesos de fuera no
es muestra de cariño. Cuentan que meses antes de que ocurriera
la desgracia, la mujer había abandonado al marido porque los celos
de aquél siempre derivaban en golpes.
La mujer, al oír esto no hace ningún movimiento de cabeza.
Parece meditabunda y otra vez Anulma intenta retener sus lágrimas.
Baja la mirada.
Mal genio
En la casa lidian a diario con el mal genio de Anulma. Dicen que vive
siempre con el entrecejo fruncido. A sus 36 años, la mujer aparenta
muchos más.
Anulma y sus dos hijos dependen totalmente de sus parientes. La invalidez
de sus brazos hace que aún para el más mínimo desplazamiento
de la silla de ruedas, deba depender de otros.
Sus dos hijos, adolescentes ya, saben de ese mal genio y prefieren no
contrariarle los pensamientos de abandonar el caserío Guaycumen,
jurisdicción de Tonacatepeque, para irse a vivir a San Bartolo,
Ilopango.
Ambos estudian en una escuela pública, y aunque dicen estar apesadumbrados
por la separación de sus hermanos, ellos prefieren seguir en casa
de su abuelo.
Mientras, don Francisco se queja: Sólo enojada pasa, por
más que le contemplamos. Sufre ella y sufre uno, dice su
padre, un hombre de pelo entrecano quien asegura que la necesidad de ver
sana a su hija le hizo vender un terreno, la cosecha de granos básicos
y endeudarse hasta la coronilla.
Además del eterno enojo de su hija, el hombre tiene que ver de
qué manera salda las jaranas contraídas.
No hay esperanza de que vuelva
a hablar. Un filazo le afectó las cuerdas bucales. Dicen que tampoco
va a caminar. Por más que uno le cuide, siempre pasa de mal genio
Francisco Pérez
Padre de Anulma Pérez

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