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Unos comicios o el arte del chanchullo

La estrategia está más clara que el agua: Medardo a la coordinación y Schafik al control. No podía ser de otra forma, era la única para retrasar un poco más la caída definitiva del “tovarich”

Publicada 15 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Eduardo Vázquez Bécker
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Confundido, con señales de desvelo y evidente asombrado por un triunfo que no esperaba, Medardo González apareció en una entrevista televisada, para declararse ganador del ansiado cargo de coordinador general del FMLN. Triunfo que no esperaba, porque, dialécticamente hablando, González es una buena gente capaz de cualquier cosa, pero no de urdir un plan tan refinado de fraude como el que vimos durante las elecciones del 7 de noviembre pasado, donde sólo faltaron las ollas y los tamales de ingrata recordación.

La estrategia está más clara que el agua: Medardo a la coordinación y Schafik al control. No podía ser de otra forma, era la única para retrasar un poco más la caída definitiva del “tovarich”.

Preocupa el nivel de inteligencia que le atribuyen al pueblo salvadoreño y en especial a sus ex compañeros, al pensar que éstos, en aras de una unidad que no existe, aceptarían borreguilmente la ofensa electoral y el fraude. Preocupa que el FMLN piense que el pueblo se ha tragado el anzuelo de la democracia activa y participativa como llaman ahora a los viejos patrones del marxismo leninismo. Preocupa que el discurso se manifieste como si fueran triunfadores de algo.

Los reformadores, según Medardo, son continuadores del proyecto de Joaquín Villalobos y, con ello, merecedores de todos los epítetos con que han etiquetado al ex jefe militar del ERP, ahora flamante consultor de política internacional.

Lo que viene está a la vista: a los cuadros que se mostraron y que votaron reformistas, les espera más temprano que tarde, pasar a engrosar las filas de los expulsados, quizás con excepción de Rivas Zamora, Ortiz, Ileana Rogel, Julio Hernández y otros, porque una medida de tal naturaleza rompería definitivamente la correlación de fuerzas al interior de la Asamblea Legislativa y los desprestigiaría internacionalmente. Además ya no se podría ocultar el quebranto político del FMLN. Está a la vista la oportunidad de los reformistas para limpiar el partido de tanta perversidad comunista o sentarse a esperar la histórica patada en el trasero.

Pero el colmo no es sólo esto. A las preguntas inquisidoras de sus propios ex compañeros, Medardo, o comandante Milton, como a él le gusta que le llamen, no tuvo respuestas coherentes, se limitó a repetir la agenda de Schafik, condenó el sesgue al centro de los reformistas, insistió en que no regresará a la mesa de gobernabilidad, que no serán tonto útiles de nadie (del Presidente Saca), e insistió en que las elecciones fueron transparentes como ninguna.

El extremo del sarcasmo llegó cuando Medardo, haciendo uso del chantaje tradicional, sugirió la conveniencia de aceptar el resultado de las elecciones so pretexto de que el pueblo necesita del partido. Vaya humildad, vaya ingenuidad. ¿Quién le dijo a Medardo semejante tontería? Ellos son los que necesitan del pueblo.

Mao, al reconocer el valor del pueblo, dijo que este era para la revolución lo que el agua para el pez, reconociendo con ello que era el partido el que necesitaba del pueblo y no lo contrario, como dice Medardo. El nuevo coordinador del FMLN debe recordar que su partido no ha ganado ninguna revolución, que el conflicto en El Salvador terminó por la mediación internacional y que gracias a ésta es que aún pueden hablar fuerte, pero no se llamen al engaño.

El desenlace de esta trifulca está por verse. Está claro que el partido comunista sigue manteniendo secuestrado al FMLN. El secretario del Comité Central, o sea Elmer Gruñón, está jugando bien. Sabe que su fuerza depende de cuán rápido pueda sacar a los reformistas o a quien trate de pensar con asomo democrático. El partido comunista nunca ha sido una organización de masas, pero siempre se ha caracterizado por aprovecharse de éstas para realizar sus tareas de agitación social.

Los reformistas, por su parte, pueden ser una opción de masas que los acerque al poder. Todo está en que no pierdan de vista que los comunistas siempre consideraron a los reformistas o socialistas como el sarampión o la enfermedad infantil del comunismo. Ahora son considerados como el Sida, el Parkinson o el Alzhaimer del comunismo. Eso no hay que perderlo de vista. Estamos frente a una segunda versión del “Paraíso Perdido”, de Milton.



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