Eduardo
Vázquez Bécker
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Confundido, con señales
de desvelo y evidente asombrado por un triunfo que no esperaba, Medardo
González apareció en una entrevista televisada, para declararse
ganador del ansiado cargo de coordinador general del FMLN. Triunfo que
no esperaba, porque, dialécticamente hablando, González
es una buena gente capaz de cualquier cosa, pero no de urdir un plan tan
refinado de fraude como el que vimos durante las elecciones del 7 de noviembre
pasado, donde sólo faltaron las ollas y los tamales de ingrata
recordación.
La estrategia está más clara que el agua: Medardo a la coordinación
y Schafik al control. No podía ser de otra forma, era la única
para retrasar un poco más la caída definitiva del tovarich.
Preocupa el nivel de inteligencia que le atribuyen al pueblo salvadoreño
y en especial a sus ex compañeros, al pensar que éstos,
en aras de una unidad que no existe, aceptarían borreguilmente
la ofensa electoral y el fraude. Preocupa que el FMLN piense que el pueblo
se ha tragado el anzuelo de la democracia activa y participativa como
llaman ahora a los viejos patrones del marxismo leninismo. Preocupa que
el discurso se manifieste como si fueran triunfadores de algo.
Los reformadores, según Medardo, son continuadores del proyecto
de Joaquín Villalobos y, con ello, merecedores de todos los epítetos
con que han etiquetado al ex jefe militar del ERP, ahora flamante consultor
de política internacional.
Lo que viene está a la vista: a los cuadros que se mostraron y
que votaron reformistas, les espera más temprano que tarde, pasar
a engrosar las filas de los expulsados, quizás con excepción
de Rivas Zamora, Ortiz, Ileana Rogel, Julio Hernández y otros,
porque una medida de tal naturaleza rompería definitivamente la
correlación de fuerzas al interior de la Asamblea Legislativa y
los desprestigiaría internacionalmente. Además ya no se
podría ocultar el quebranto político del FMLN. Está
a la vista la oportunidad de los reformistas para limpiar el partido de
tanta perversidad comunista o sentarse a esperar la histórica patada
en el trasero.
Pero el colmo no es sólo esto. A las preguntas inquisidoras de
sus propios ex compañeros, Medardo, o comandante Milton, como a
él le gusta que le llamen, no tuvo respuestas coherentes, se limitó
a repetir la agenda de Schafik, condenó el sesgue al centro de
los reformistas, insistió en que no regresará a la mesa
de gobernabilidad, que no serán tonto útiles de nadie (del
Presidente Saca), e insistió en que las elecciones fueron transparentes
como ninguna.
El extremo del sarcasmo llegó cuando Medardo, haciendo uso del
chantaje tradicional, sugirió la conveniencia de aceptar el resultado
de las elecciones so pretexto de que el pueblo necesita del partido. Vaya
humildad, vaya ingenuidad. ¿Quién le dijo a Medardo semejante
tontería? Ellos son los que necesitan del pueblo.
Mao, al reconocer el valor del pueblo, dijo que este era para la revolución
lo que el agua para el pez, reconociendo con ello que era el partido el
que necesitaba del pueblo y no lo contrario, como dice Medardo. El nuevo
coordinador del FMLN debe recordar que su partido no ha ganado ninguna
revolución, que el conflicto en El Salvador terminó por
la mediación internacional y que gracias a ésta es que aún
pueden hablar fuerte, pero no se llamen al engaño.
El desenlace de esta trifulca está por verse. Está claro
que el partido comunista sigue manteniendo secuestrado al FMLN. El secretario
del Comité Central, o sea Elmer Gruñón, está
jugando bien. Sabe que su fuerza depende de cuán rápido
pueda sacar a los reformistas o a quien trate de pensar con asomo democrático.
El partido comunista nunca ha sido una organización de masas, pero
siempre se ha caracterizado por aprovecharse de éstas para realizar
sus tareas de agitación social.
Los reformistas, por su parte, pueden ser una opción de masas que
los acerque al poder. Todo está en que no pierdan de vista que
los comunistas siempre consideraron a los reformistas o socialistas como
el sarampión o la enfermedad infantil del comunismo. Ahora son
considerados como el Sida, el Parkinson o el Alzhaimer del comunismo.
Eso no hay que perderlo de vista. Estamos frente a una segunda versión
del Paraíso Perdido, de Milton.

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