Carlos
Balaguer
El Diario de Hoy
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Ya salió la luna
de los bardos y juglares, de los lirios nocturnos y de los gatos del tejado,
maullar poemas vagabundos. Es la luna de octubre que alumbra los balcones
de la noche, cuando los bohemios y amantes se esconden en la oscuridad
del satélite, mientras los perros ladran a su luz argentina y lejana...
Es la luna que alumbra la barriada, enamorada, celeste y desvelada. Diana
que ilumina como ayer con su carita de mujer los caminos del
trovador y los senderos de un querer. Que torna de radiante plata los
suburbios, las torres y los duendes de la sombra. Los trasnochadores mariachis
y cantores luneros elevan sus canciones en algún lugar; allá
en la tiniebla de algún rincón...
Ya nació la luna de los dueños de la noche. Reluciente y
soñadora, avivando con su luz la ciudad nocturna de presagios...
Luna que alumbras mi pena que verso a verso se me va... Mi compañera
de algún bar en mis noches de soledad. Cuando versamos por llorar
o que lloramos por versar, los selenitas poetas del último romance.
Ya se fue la luna de los trovadores que buscando
sus sueños se van a dormir en la oscuridad de algún
corazón. Luna que alumbras la barriada, enamorada, radiante y desvelada.
Tú que acostumbras madrugar, luna viajera y sin lugar, diana celeste
y sin país. Que mueres cuando llega el alba y calla la nostalgia
de tus cantores fugaces.
DÍA A DÍA
Gastos sin control
En las alcaldías dirigidas por los comunistas nadie
verifica y el dinero se gasta sin rendir cuentas. Véase la forma
en que las alcaldías manosean los millones de dólares que
sacan a los vecinos del Gran San Salvador en concepto de saneamiento y
recolección de basura.
Se dan el lujo de pagar a los mafiosos veinte millones de dólares
como honorarios. Y así con lo que ingresa por tasas,
así harán con los fondos que el gobierno les entregue, ahora
incrementados como parte del chantaje para la aprobación del presupuesto
de 2004.
En un país de muy limitados recursos, devastado por la guerra,
la demencia política y catástrofes naturales, es un imperativo
moral cuidar y fiscalizar el gasto público, reducir el desperdicio
y perseguir la malversación.

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