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Un reconocimiento
“Monumento a la Revolución”

El motivo de esta reflexión es hacer conciencia del rescate de nuestra identidad, y un llamado a las personas encargadas de nuestra cultura, para que se promueva el que se conozcan nuestras joyas artísticas.

Publicada 13 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


Blanca Velarde Mazzini
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Es loable mencionar el esfuerzo que un grupo de personas, la empresa privada y el Gobierno han realizado para regalar a nuestra ciudad de San Salvador el precioso museo Marte, lugar para disfrutar de bellas obras de arte de nuestros principales y más reconocidos exponentes, pintores y escultores de todas las épocas, además de las exposiciones itinerantes, un aporte importante a la cultura de nuestro país, que mucha falta nos hacía.

Sin embargo, en varias ocasiones he leído y escuchado que, como punto de referencia para la ubicación de dicho museo se hace alusión a “El Chulón”, nombre dado de esta forma denigrante, chocante y grotesca al bello “Monumento a la Revolución”, el cual se conoce también como “La Teja”.

Desafortunadamente, en nuestra ciudad carecemos de bellos e importantes monumentos, siendo éste que menciono uno de los principales.

Pero, ¿por qué se le llama “El Chulón”?
Porque esto denota nuestra ignorancia e incultura, así como se le nombra también al Monumento de la Constitución, “La Chulona”; pero aquí viene lo más triste del caso y es que un museo de la importancia de Marte, bastión de la cultura y el arte, abone con su referencia de ubicación llamándolo de esta manera.

De acuerdo con el Diccionario Pequeño Larousse, en uno de los significados la palabra monumento es: “Obra digna de pasar a la posteridad”, y en este caso, el “Monumento a la Revolución” merece todo nuestro respeto por la obra de arte que por sí misma es y porque es representativo de nuestra historia, ya que fue hecha conmemorando los eventos de la Revolución de 1948, que dieron origen a la Constitución de 1950.

Un monumento se respeta por eso, por su significado y su mensaje, y por dejar, por su medio, una constancia de un hecho importante de nuestra historia, al tratarlo con menosprecio es restarle importancia a nuestra propia identidad.

El “Monumento a la Revolución” está constituido por dos estructuras, la primera, un mural de piedra cantera simbolizando con el desnudo al hombre sin ataduras, ansioso de libertad, y la segunda, es un grupo escultórico.

Nos enfocaremos, en este escrito, en el mural de mosaico, el cual cabe mencionar también necesita de una limpieza y restauración urgentes, responsabilidad que recae en Concultura, con lo que haría resaltar aún más su belleza.

El “Monumento a la Revolución” es representativo de una época en donde se aprecia la fuerte influencia de los grandes y reconocidos muralistas mexicanos, como lo son Orozco, Rivera y Siqueiros. Esta hermosa obra, en una técnica de magnificencia y para ser vista a grandes distancias, fue hecha en mosaico de piedra natural traída de todo el país, para lograr sus diferentes tonalidades. Dio inicio su construcción el 4 de julio de 1954. El diseño y construcción de “La Teja” es obra de los arquitectos Óscar Reyes y Shulze, quienes resultaron ganadores del concurso convocado en 1953 por el Ministerio de Fomento y Obras Públicas, durante la gestión del Presidente Óscar Osorio (1950-1956).

Otro contrato adicional fue firmado para la realización del mosaico, con Antonio Cevallos Leal, mexicano y quien se encargó de la parte administrativa, y con Violeta Bonilla de Cevallos, salvadoreña, quien se encargó del diseño y ejecución del mosaico en piedra. La firma de ambos está estampada en el mural, bajo la mano derecha.

¿Y quién fue Violeta Bonilla?

Estudió en sus inicios en la Academia del maestro Valero Lecha y, posteriormente, Artes en la Academia de San Carlos, en México, habiendo sido discípula del maestro Diego Rivera, así como una buena amiga personal de todos los reconocidos pintores mexicanos como son Juan O’Gorman, David Alfaro Siqueiros y demás muralistas y grandes pintores de la época. Violeta también se dedicó a la pintura al óleo, siendo su temática principal el retrato. En su vida personal fue una mujer integral que combinó la religión, sus hijos y la pintura, estos tres temas fueron su pasión. Ella murió en nuestro país el 14 de noviembre de 1999.
En una cita biográfica, Violeta Bonilla expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan las otras cuatro naciones centroamericanas”.

Un dato interesante de resaltar es que este monumento fue dinamitado en su parte posterior por considerarlo en su época como amoral y obsceno, por la imagen que representaba.
El Gobierno de El Salvador nunca le dio el reconocimiento merecido a la señora Bonilla, creadora de esta magna obra, habiéndosele entregado sólo, durante la época en que fungió como alcalde el doctor Héctor Silva, una placa alusiva a ésta.

El motivo de esta reflexión es hacer conciencia del rescate de nuestra identidad, y un llamado a las personas encargadas de nuestro acervo cultural, para que se promueva el que se conozcan, aprecien y respeten nuestras pocas joyas artísticas, tanto en el cuidado de las mismas, su mantenimiento y la forma de referirnos a ellas. De otra manera jamás saldremos de nuestro vocabulario chusco, así como de nuestro limitado conocimiento cultural.

*Columnista de El Diario de Hoy.



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