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Punto de vista
Vivir en agonía

Los “vivos”, los que van por el mundo intentando escurrir el hombro y lograr dinero y placer sin esforzarse, terminan normalmente mal. Los listillos que saben conseguir engañar a los demás no duran mucho.

Publicada 13 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La palabra agonía tiene muy mala prensa, más aún, se le tiene pánico. Cuando se dice de alguien que entró en agonía, ya se sabe que se está hablando del momento de su muerte. Se habla también de la agonía de la derrota, y de esfuerzos agónicos cuando un equipo de fútbol, por ejemplo, va perdiendo y tiene que hacer hasta lo imposible por empatar el partido y salvar la categoría.

De hecho, el diccionario la define como “angustia y congoja del moribundo, estado que precede a la muerte”; en ese sentido se utiliza comúnmente. Sin embargo, también el diccionario dice que procede de la palabra griega “agonía”, que en su significado original se traduce por “lucha, combate”.

Por eso, si tomamos su sentido etimológico primigenio, realizamos que sin ella, sin lucha, sencillamente, no hay vida. Cualquiera de nosotros que se abandone, que intente vivir sin esfuerzo (sin lucha, sin combate) se irá quedando poco a poco sin vida, literalmente. Quizá por eso, en una cultura como la nuestra, en la que la ley del mínimo esfuerzo tiende a imponerse cada vez más, no es extraño que se vea con ojos de extrañeza a los que tienen a gala el esfuerzo, el exigirse a sí mismos.

Hoy día están en alza los conceptos de placer, alegría, éxito. Mientras que los de esfuerzo, lucha, trabajo duro, negación, parecen tender a la baja. Quizá por eso se encuentran cada vez con más frecuencia padres de familia que con el afán de evitar a sus hijos las dificultades, con el deseo de que no afronten el dolor “innecesariamente”, terminan incapacitándoles para padecer y —de forma paradójica— aumentado en ellos las oportunidades de sufrir. El remedio, entonces, resulta peor que la enfermedad.

Lo normal en la vida es trabajar duro, ganarse con esfuerzo el propio sustento. En estos días en que se cerró el Bulevar del Ejército, por ejemplo, era muy llamativo ver los ríos de gente caminando desde las primeras horas de la mañana para llegar a sus lugares de trabajo.
Con ojos de cinismo se podría aducir que no les quedaba otro remedio si querían conservar sus empleos; pero yo prefiero ver esa escena con ojos de admiración.

La excusa para llegar tarde estaba servida: no había buses, los microbuses estaban cobrando doble pasaje, la culpa de todo la tiene el gobierno por no evitar que el puente colapsara… etc. Pero no. La gente no se quedó sólo en la consideración de que las cosas cuestan, hizo lo que tenía que hacer, sin victimismos ni mentalidad de estar haciendo algo heroico o extraordinario, y la vida siguió su curso.

Como la abuela que se levanta de madrugada a lavar ropa ajena para sacar adelante los nietos porque la hija está trabajando “en el Norte” y se los ha dejado. Como el empresario que hace malabarismos, a fin de mes para lograr pagar la planilla de sus empleados. Como la trabajadora que, a pesar de irse de su casa todos los días con el corazón en la garganta, pensando en los peligros que corren sus hijos adolescentes por la influencia de las pandillas, se presenta cumplidamente a su puesto en la maquila.

Todos ellos viven en agonía, pero en una agonía muy distinta de esa de tintes trágicos a que nos tiene acostumbrados la palabra: es una agonía gustosa (como la define un amigo mío de quien he tomado ideas para escribir esta nota); porque no se esfuerzan porque sí, porque no van por el mundo pensando que “alguien” les tendría que solucionar sus problemas, porque trabajan y en el trabajo encuentran el sentido de su vida. Luchan y combaten día a día por el amor de sus hijos, de sus nietos.

Se desviven por ellos, y en ese desvivirse encuentran un motivo más que satisfactorio para seguir adelante.

Los “vivos”, los que van por el mundo intentando escurrir el hombro y lograr dinero y placer sin esforzarse, terminan normalmente mal. Los listillos que saben conseguir engañar a los demás y alcanzar jugosos puestos de trabajo no duran mucho.

Podrán pasarlo bien un tiempo, pero a la vuelta de pocos años no podrán evitar que las dificultades más comunes de la vida, que la vida misma, se les vuelva insoportable.
Entonces, la lucha, el dolor y el esfuerzo se les harán presentes en unas condiciones todavía más arduas, pues por su actitud cómoda y desinteresada, les tocará sufrir cuando menos preparados estén para ello.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.



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