Carlos
Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La palabra agonía
tiene muy mala prensa, más aún, se le tiene pánico.
Cuando se dice de alguien que entró en agonía, ya se sabe
que se está hablando del momento de su muerte. Se habla también
de la agonía de la derrota, y de esfuerzos agónicos cuando
un equipo de fútbol, por ejemplo, va perdiendo y tiene que hacer
hasta lo imposible por empatar el partido y salvar la categoría.
De hecho, el diccionario la define como angustia y congoja del moribundo,
estado que precede a la muerte; en ese sentido se utiliza comúnmente.
Sin embargo, también el diccionario dice que procede de la palabra
griega agonía, que en su significado original se traduce
por lucha, combate.
Por eso, si tomamos su sentido etimológico primigenio, realizamos
que sin ella, sin lucha, sencillamente, no hay vida. Cualquiera de nosotros
que se abandone, que intente vivir sin esfuerzo (sin lucha, sin combate)
se irá quedando poco a poco sin vida, literalmente. Quizá
por eso, en una cultura como la nuestra, en la que la ley del mínimo
esfuerzo tiende a imponerse cada vez más, no es extraño
que se vea con ojos de extrañeza a los que tienen a gala el esfuerzo,
el exigirse a sí mismos.
Hoy día están en alza los conceptos de placer, alegría,
éxito. Mientras que los de esfuerzo, lucha, trabajo duro, negación,
parecen tender a la baja. Quizá por eso se encuentran cada vez
con más frecuencia padres de familia que con el afán de
evitar a sus hijos las dificultades, con el deseo de que no afronten el
dolor innecesariamente, terminan incapacitándoles para
padecer y de forma paradójica aumentado en ellos las
oportunidades de sufrir. El remedio, entonces, resulta peor que la enfermedad.
Lo normal en la vida es trabajar duro, ganarse con esfuerzo el propio
sustento. En estos días en que se cerró el Bulevar del Ejército,
por ejemplo, era muy llamativo ver los ríos de gente caminando
desde las primeras horas de la mañana para llegar a sus lugares
de trabajo.
Con ojos de cinismo se podría aducir que no les quedaba otro remedio
si querían conservar sus empleos; pero yo prefiero ver esa escena
con ojos de admiración.
La excusa para llegar tarde estaba servida: no había buses, los
microbuses estaban cobrando doble pasaje, la culpa de todo la tiene el
gobierno por no evitar que el puente colapsara
etc. Pero no. La
gente no se quedó sólo en la consideración de que
las cosas cuestan, hizo lo que tenía que hacer, sin victimismos
ni mentalidad de estar haciendo algo heroico o extraordinario, y la vida
siguió su curso.
Como la abuela que se levanta de madrugada a lavar ropa ajena para sacar
adelante los nietos porque la hija está trabajando en el
Norte y se los ha dejado. Como el empresario que hace malabarismos,
a fin de mes para lograr pagar la planilla de sus empleados. Como la trabajadora
que, a pesar de irse de su casa todos los días con el corazón
en la garganta, pensando en los peligros que corren sus hijos adolescentes
por la influencia de las pandillas, se presenta cumplidamente a su puesto
en la maquila.
Todos ellos viven en agonía, pero en una agonía muy distinta
de esa de tintes trágicos a que nos tiene acostumbrados la palabra:
es una agonía gustosa (como la define un amigo mío de quien
he tomado ideas para escribir esta nota); porque no se esfuerzan porque
sí, porque no van por el mundo pensando que alguien
les tendría que solucionar sus problemas, porque trabajan y en
el trabajo encuentran el sentido de su vida. Luchan y combaten día
a día por el amor de sus hijos, de sus nietos.
Se desviven por ellos, y en ese desvivirse encuentran un motivo más
que satisfactorio para seguir adelante.
Los vivos, los que van por el mundo intentando escurrir el
hombro y lograr dinero y placer sin esforzarse, terminan normalmente mal.
Los listillos que saben conseguir engañar a los demás y
alcanzar jugosos puestos de trabajo no duran mucho.
Podrán pasarlo bien un tiempo, pero a la vuelta de pocos años
no podrán evitar que las dificultades más comunes de la
vida, que la vida misma, se les vuelva insoportable.
Entonces, la lucha, el dolor y el esfuerzo se les harán presentes
en unas condiciones todavía más arduas, pues por su actitud
cómoda y desinteresada, les tocará sufrir cuando menos preparados
estén para ello.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.

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