Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Después
de la elección presidencial de 2000, los votantes cubano-americanos
se jactaban, con buena razón, de haber puesto al Presidente George
Bush en la Casa Blanca. Bush ganó la Florida y, por ende, la presidencia,
en gran medida, gracias a que Bush barrió con el 82 por ciento
del voto cubano.
Bush demostró su gratitud rápidamente. A los tres meses
de asumir su cargo, nominó a Otto Reich, un cubano-americano y
prominente figura anticastrista, como secretario asistente de Estado para
el Hemisferio Occidental. Reich nunca fue confirmado, pero Bush siguió
nombrando a otros funcionarios del mismo perfil en cargos a lo largo de
la administración. La creencia popular aquí y en América
Latina fue que la política estadounidense hacia la región
tomaría un definitivo tono anticastrista.
Después del 11 de septiembre, funcionarios de Bush como John R.
Bolton, subsecretario de Estado para Control de Armas y Seguridad Internacional,
empezaron a señalar a Castro como una amenaza terrorista inminente.
Aunque la idea no caló, sí creó la ilusión
de que la administración Bush iba a hacer algo drástico
contra Castro.
A medida que se acercó la elección de 2004, Bush subió
el tono de su retórica contra Castro nuevamente y formó
una comisión presidencial presidida por el secretario de Estado,
Colin L. Powell, que produjo un informe de 500 páginas con recomendaciones
para acelerar la transición hacia una Cuba libre.
La subida de tono pareció surtir efecto: Bush ganó en la
Florida de nuevo este año. Pero si se miran los resultados más
de cerca, estos muestran que algunos votantes cubano-americanos, la base
latina más fiel de los republicanos, no votaron por Bush.
En distritos electorales con más de un 75 por ciento de hispanos
el voto cubano hacia los demócratas aumentó entre
un 3 y un 5 por ciento, según Darío Moreno, un experto
de política cubano-americana de Florida International University.
En el condado de Miami-Dade, donde un 75 por ciento del voto hispano es
cubano-americano, el departamento electoral asegura que Bush perdió
10 puntos porcentuales comparado con 2000.
La evidencia anecdótica demuestra lo que estos números parecen
insinuar: la actual política de Estados Unidos hacia Cuba está
perdiendo de vista a un creciente segmento de los cubano-americanos. Para
algunos, la política está simplemente estancada; para otros,
está yendo en contra de sus intereses y los de sus familiares en
la isla.
Después de que la comisión presidencial terminó su
trabajo, la administración Bush implementó dos de sus más
duras recomendaciones: restricciones más fuertes a los viajes y
mayores límites a las remesas y paquetes enviados a la isla. Para
muchos cubanos del exilio, estas sanciones parecieron inhumanas. El año
pasado unos 125,000 viajaron a Cuba a visitar familiares y más
de 31,000 viajaron más de una vez. También miles de cubanos
enviaron un promedio de 50,650 paquetes al mes, incluidos ropa e implementos
de higiene personal. Ahora los viajes se limitaron a uno cada tres años,
y los paquetes, a medicinas y alimentos.
Un prominente activista decidió ponerse totalmente en contra de
los republicanos cuando la política hacia Cuba de la administración
Bush no evolucionó más allá de la retórica
anticastrista. Joe García, ex director ejecutivo de la Fundación
Nacional Cubano Americana (FNCA), y un fuerte crítico de la administración
Clinton en el caso de Elián González, ahora se ha convertido
en la voz del esfuerzo demócrata del New Democrat Network, para
cortejar el voto cubano en la Florida. García denunció lo
que llamó la demagogia de la política republicana, y llamó
a que los votantes actuaran con responsabilidad.
Pero no es necesario ser demócrata para empezar a reevaluar la
estrategia hacia Cuba. Líderes cubanos están ansiosos por
destacar que Mel Martínez, quien se convertirá en el primer
senador cubano-americano en la historia, expresa en privado su desacuerdo
con algunas de las restricciones.
Martínez obtuvo un escaño para los republicanos al derrotar
a la demócrata Betty Castor. Pero tal vez más significativamente,
durante las primarias, Martínez derrotó de forma rotunda
a un candidato republicano de línea más dura en el tema
cubano. Jorge Mas Santos, el actual presidente de la FNCA, pareció
complacido con la llegada de una voz cubana más moderada al Congreso
estadounidense. Martínez está de acuerdo en ayudar
a los cubanos a mantener la unión familiar y, al mismo tiempo,
aislar a Castro, dijo, indicando que Martínez ayudaría
a modificar las restricciones que están afectando adversamente
esos lazos familiares.
En ninguna medida el exilio cubano está unido en contra de las
recientes restricciones de Bush. De hecho, Bush escuchaba a los cubanos
de línea dura cuando aprobó esas medidas. Lo que es claro
es que los desacuerdos internos en el exilio cubano están destinados
a seguir creciendo en la medida en que ocurre un relevo generacional.
Y la pérdida de terreno de Bush entre los cubano-americanos debería
ser una advertencia acerca de los riesgos de ignorar las preocupaciones
de los más moderados.
*Columnista del Washington Post.

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