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Tema para meditar
Cuatro Plumas cabalga de nuevo

El derrumbe de las torres fue un hecho simbólico que hizo que los estadounidenses se refugiaran en sus más profundas tradiciones, los más arraigados principios y la fe en Dios.

Publicada 11 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


Marvin Galeas *
El Diario de Hoy

marvingaleas@ yahoo.com.mx

(Primera parte)

Tenía un padrastro alcohólico y un hermano problemático. Le volvían loco las hamburguesas y las mujeres rellenitas. En vez de piano, como le corresponde a un niño educado en Yale y Oxford, donde estudió becado, prefería tocar el saxofón. Anduvo con el cabello largo y fumó marihuana, aunque no aspiró el humo (eso dice). Le pillaron con las manos en la masa del adulterio y dijo mentiras al respecto. Devoraba las novelas de William Faulkner, James Joyce y Gabriel García Márquez y le encantaban las tertulias con intelectuales.

Su esposa no era precisamente el prototipo estadounidense al estilo de Samantha, la linda brujita de “Hechizada”; Vilma Picapiedra o Kate, la de Alf. Todo lo contrario. Hillary Rodham era la profesional libre, que planifica la familia, inteligente, persuasiva, dura y liberal. Los conservadores le querían tanto como a un tropezón en ayunas.

Clinton derrotó, por amplio margen, primero, a George Bush padre, y luego, a Bob Dole. Más asombroso aún, durante los días cuando le humillaron obligándole a contar detalles de su affair con Mónica Lewinsky, su popularidad, en vez de decrecer, como querían sus más recalcitrantes adversarios políticos, aumentó considerablemente. Y, sin embargo, los de Clinton fueron tiempos de gran prosperidad económica y, aparte de la sangrienta guerra en Europa Central y las terribles guerras tribales en algunas regiones de África, el mundo respiró una relativa paz. Con todo y todo, el rubicundo y sonriente muchacho que llegó de Arkansas encabezó una gran presidencia.

Tanto así que, si no fuera por lo complicado del sistema electoral estadounidense, Al Gore, hubiese sido su sucesor. Yo recuerdo haber leído varios ar- tículos de intelectuales y columnistas latinoamericanos y europeos en los cuales hablaban de Bill Clinton con abierta simpatía. Destacaban su encanto personal, su cultura y, en el caso de Carlos Fuentes, hasta su sonrisa y su estatura. Con el actual Presidente George W. Bush ocurre todo lo contrario. El desprecio de los intelectuales y de una gran cantidad de columnistas, no precisamente de izquierda, hacia él es casi visceral.

Torpe, estúpido, fascista, fundamentalista y hasta criminal son sólo algunos de los calificativos que le endilgan. A raíz de su aplastante victoria electoral sobre el desangelado John Kerry, he leído numerosos análisis de respetables plumas, en las que no se oculta la frustración por la victoria republicana, a la vez que se hacen apocalípticas profecías sobre las calamidades que le esperan al mundo con la contundente victoria de Bush, cuyo estilo de gobernar y hablar recuerda al sheriff Cuatro Plumas, el legendario Tex Tucker.

Y es que esta vez, contrario a lo ocurrido hace cuatro años, Bush lo ganó todo: voto popular, voto electoral, senado y cámara de representantes. Estando tan mal la economía, con una guerra que ha cobrado la vida a más de un millar de soldados norteamericanos, esfumadas las razones que llevaron a la guerra de Iraq y habiendo perdido los tres debates presidenciales ¿por qué ganó Bush? Una sola de esas razones, el estado de la economía, le costó la presidencia a su padre.

En los ataques a Bush, en sus críticas a su manera de conducir la nación más poderosa del planeta, que ha provocado ciertamente un distanciamiento de Estados Unidos con importantes gobiernos de América Latina y Europa, a muchos analistas se les olvida mencionar un gran detalle: Estados Unidos fue atacado de una manera brutal y sangrienta la mañana del 11 de septiembre de 2001. Ese hecho cambió el curso de la historia. Antes de eso, no había tropas estadounidenses ni en Afganistán, ni en Iraq, ni en ninguna otra parte del mundo, en misiones de guerra.

Lo que ocurrió el 11S sacudió las fibras más profundas de Estados Unidos como nación. Los terroristas no atacaron las Torres Gemelas porque no les gustaban. El ataque no fue contra el Pentágono, ni siquiera contra el Presidente Bush. Fue contra un modo de vida, un sistema de valores y una concepción de mundo forjada en la civilización occidental y enriquecida por los “padres fundadores” de esa nación que se llama Estados Unidos de América. El derrumbe de la torres fue un hecho simbólico que hizo que los estadounidenses se refugiaran en sus más profundas tradiciones, los más arraigados principios y la fe en Dios.

Era Bush y no Kerry quien representaba esa vuelta a las raíces (back hot basic), luego de tan brutal ataque. Sabiendo que Bin Laden está vivo y que un ataque terrorista como los del 11S puede ocurrir en el metro de Nueva York o en los parques de Orlando, no son tiempos de retórica y vacilaciones y menos de saxofón en la Casa Blanca.

Así lo percibió la mayoría de los estadounidenses y eso es lo que se reflejó en las pasadas elecciones.

Pero con Bush en la Casa Blanca ¿va el mundo hacia un holocausto mundial? ¿Se acabará en Estados Unidos el sistema de libertades? ¿Cómo nos afecta a los latinoamericanos la reciente victoria republicana? Mi modesto punto de vista sobre estos temas el próximo jueves.
*Columnista de El Diario de Hoy.



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