Marvin
Galeas *
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
(Primera
parte)
Tenía un padrastro alcohólico y un hermano problemático.
Le volvían loco las hamburguesas y las mujeres rellenitas. En vez
de piano, como le corresponde a un niño educado en Yale y Oxford,
donde estudió becado, prefería tocar el saxofón.
Anduvo con el cabello largo y fumó marihuana, aunque no aspiró
el humo (eso dice). Le pillaron con las manos en la masa del adulterio
y dijo mentiras al respecto. Devoraba las novelas de William Faulkner,
James Joyce y Gabriel García Márquez y le encantaban las
tertulias con intelectuales.
Su esposa no era precisamente el prototipo estadounidense al estilo de
Samantha, la linda brujita de Hechizada; Vilma Picapiedra
o Kate, la de Alf. Todo lo contrario. Hillary Rodham era la profesional
libre, que planifica la familia, inteligente, persuasiva, dura y liberal.
Los conservadores le querían tanto como a un tropezón en
ayunas.
Clinton derrotó, por amplio margen, primero, a George Bush padre,
y luego, a Bob Dole. Más asombroso aún, durante los días
cuando le humillaron obligándole a contar detalles de su affair
con Mónica Lewinsky, su popularidad, en vez de decrecer, como querían
sus más recalcitrantes adversarios políticos, aumentó
considerablemente. Y, sin embargo, los de Clinton fueron tiempos de gran
prosperidad económica y, aparte de la sangrienta guerra en Europa
Central y las terribles guerras tribales en algunas regiones de África,
el mundo respiró una relativa paz. Con todo y todo, el rubicundo
y sonriente muchacho que llegó de Arkansas encabezó una
gran presidencia.
Tanto así que, si no fuera por lo complicado del sistema electoral
estadounidense, Al Gore, hubiese sido su sucesor. Yo recuerdo haber leído
varios ar- tículos de intelectuales y columnistas latinoamericanos
y europeos en los cuales hablaban de Bill Clinton con abierta simpatía.
Destacaban su encanto personal, su cultura y, en el caso de Carlos Fuentes,
hasta su sonrisa y su estatura. Con el actual Presidente George W. Bush
ocurre todo lo contrario. El desprecio de los intelectuales y de una gran
cantidad de columnistas, no precisamente de izquierda, hacia él
es casi visceral.
Torpe, estúpido, fascista, fundamentalista y hasta criminal son
sólo algunos de los calificativos que le endilgan. A raíz
de su aplastante victoria electoral sobre el desangelado John Kerry, he
leído numerosos análisis de respetables plumas, en las que
no se oculta la frustración por la victoria republicana, a la vez
que se hacen apocalípticas profecías sobre las calamidades
que le esperan al mundo con la contundente victoria de Bush, cuyo estilo
de gobernar y hablar recuerda al sheriff Cuatro Plumas, el legendario
Tex Tucker.
Y es que esta vez, contrario a lo ocurrido hace cuatro años, Bush
lo ganó todo: voto popular, voto electoral, senado y cámara
de representantes. Estando tan mal la economía, con una guerra
que ha cobrado la vida a más de un millar de soldados norteamericanos,
esfumadas las razones que llevaron a la guerra de Iraq y habiendo perdido
los tres debates presidenciales ¿por qué ganó Bush?
Una sola de esas razones, el estado de la economía, le costó
la presidencia a su padre.
En los ataques a Bush, en sus críticas a su manera de conducir
la nación más poderosa del planeta, que ha provocado ciertamente
un distanciamiento de Estados Unidos con importantes gobiernos de América
Latina y Europa, a muchos analistas se les olvida mencionar un gran detalle:
Estados Unidos fue atacado de una manera brutal y sangrienta la mañana
del 11 de septiembre de 2001. Ese hecho cambió el curso de la historia.
Antes de eso, no había tropas estadounidenses ni en Afganistán,
ni en Iraq, ni en ninguna otra parte del mundo, en misiones de guerra.
Lo que ocurrió el 11S sacudió las fibras más profundas
de Estados Unidos como nación. Los terroristas no atacaron las
Torres Gemelas porque no les gustaban. El ataque no fue contra el Pentágono,
ni siquiera contra el Presidente Bush. Fue contra un modo de vida, un
sistema de valores y una concepción de mundo forjada en la civilización
occidental y enriquecida por los padres fundadores de esa
nación que se llama Estados Unidos de América. El derrumbe
de la torres fue un hecho simbólico que hizo que los estadounidenses
se refugiaran en sus más profundas tradiciones, los más
arraigados principios y la fe en Dios.
Era Bush y no Kerry quien representaba esa vuelta a las raíces
(back hot basic), luego de tan brutal ataque. Sabiendo que Bin Laden está
vivo y que un ataque terrorista como los del 11S puede ocurrir en el metro
de Nueva York o en los parques de Orlando, no son tiempos de retórica
y vacilaciones y menos de saxofón en la Casa Blanca.
Así lo percibió la mayoría de los estadounidenses
y eso es lo que se reflejó en las pasadas elecciones.
Pero con Bush en la Casa Blanca ¿va el mundo hacia un holocausto
mundial? ¿Se acabará en Estados Unidos el sistema de libertades?
¿Cómo nos afecta a los latinoamericanos la reciente victoria
republicana? Mi modesto punto de vista sobre estos temas el próximo
jueves.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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