Carlos
Ball*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Miami. (AIPE).- El terrorismo
judicial no es nada nuevo en Venezuela. Conjuntamente con su afán
por controlar y regular la economía, los líderes políticos
venezolanos de los últimos 30 años se esforzaron por establecer
un férreo control político sobre el Poder Judicial. Esa
politización de la justicia engendró un aparato judicial
corrupto hasta la médula, donde todas las sentencias tenían
precio.
La ausencia del concepto de libertad bajo fianza convirtió a los
tribunales penales en grandes negocios. Bastaba con acusar a alguien de
fraude para que inmediatamente se produjera un pago jugoso, tanto al juez
como a los abogados de la fiscalía.
La alternativa era la cárcel por muchos meses, mientras se dilucidaba
el juicio. Al final, poco importaba un veredicto de inocencia, ya que
el acusado había pagado meses o años de cárcel en
condiciones infrahumanas.
A mediados de los años 90, dentro de un proceso de renovación
impulsado por abogados honestos, con el firme respaldo de la comunidad
empresarial, organizaciones de la sociedad civil y de los derechos humanos,
Venezuela reformó su Código Penal para eliminar en lo posible
tales vicios. Entre otras reformas, se instituyó la figura de la
libertad condicional para casi todos los delitos, salvo los más
violentos. También se creó la figura del jurado y de los
tribunales colegiados.
En aquel momento se pensó que los venezolanos jamás veríamos
de nuevo el triste espectáculo de un compatriota sometido al dilema
de ceder ante el chantaje o resignarse a cumplir meses y hasta años
de cárcel sin haber sido condenado por ningún delito. ¡Qué
equivocados estábamos!
Hugo Chávez, quizás tomando lecciones del legendario Beria,
jefe de la NKVD, la temida policía política soviética
antecesora de la KGB, ha ideado la forma de utilizar los sucesos que llevaron
a su breve remoción de la presidencia, en abril de 2002, para acabar
con la oposición en Venezuela.
Chávez y sus acólitos en la Fiscalía General de la
República se han percatado de que el delito de rebelión
civil no tiene libertad condicional en el Código Penal venezolano
y por, lo tanto, se convierte en un arma útil para el chantaje.
Así, utilizando los servicios de la fiscalía, el régimen
venezolano ha emitido citaciones para imputar como coautores y cómplices
de una supuesta rebelión civil a centenares de venezolanos,
entre ellos líderes empresariales, gobernadores de estados, líderes
políticos y comunitarios, periodistas y hasta sacerdotes.
La estrategia es muy sencilla: se acusa de rebelión a todos aquellos
que fueron invitados por el triste y torpe gobierno provisional de Pedro
Carmona a presenciar su toma de posesión y refrendar con su firma
su asistencia ese día. Como todo político que asume un nuevo
cargo, Carmona se aseguró de invitar al acto no sólo al
grupo que le apoyaba, sino a todas aquellas personas que ejercían
cargos de liderazgo en el país, con la sola excepción de
los chavistas depuestos.
Chávez, al acusar ahora a todas esas personas de rebelión,
intenta sacarles permanentemente del juego político. El sabe que,
al no existir la libertad condicional para ese delito, afrontar un juicio
y probar su inocencia significa que sufrirían de prisión
por tiempo indefinido. Eso es aceptar prácticamente una pena de
muerte, ya que las condiciones de las cárceles venezolanas sólo
pueden ser descritas como infrahumanas.
Así, Chávez logrará el auto-exilio de empresarios
que podrían financiar a la oposición, descabeza a las organizaciones
empresariales y a varias no gubernamentales, ahuyenta a políticos
de intachable trayectoria, a líderes comunitarios de gran arrastre,
a periodistas agudos en sus críticas al gobierno e incluso a sacerdotes
con opiniones incómodas para el régimen.
Mientras voceros del Departamento de Estado vienen pregonando su deseo
de restablecer buenas relaciones con el gobierno de Chávez, a centenares
de venezolanos honestos y dispuestos a luchar por su país se les
están violando los derechos más fundamentales, sometiéndoles
a un terrible dilema: cárcel o exilio.
*Director de la agencia AIPE y académico
asociado del Cato Institute. © www.aipenet.com

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