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Una mirada de fe
Divorciados vueltos a casar

No hay duda de que la doctrina católica en este punto es exigente, pero la Iglesia está obligada a dar a sus hijos el pan de la verdad sin componendas pastorales que dejen intranquilidad en las conciencias.

Publicada 07 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Oscar Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En cierta ocasión me encontré con una madre de familia que me dijo: “Padre, mi hijo hará pronto la primera comunión y quiere que yo también comulgue. Yo era casada por la Iglesia pero me divorcié y me volví a casar sólo por lo civil ¿Qué hago? ¿Puedo comulgar por esta vez?”.

Estos casos son frecuentes. Según las estadísticas, cada día aumenta el número de matrimonios que se han casado por lo civil, por la Iglesia o por algún otro culto religioso, se han divorciado y han optado por un nuevo matrimonio.

En el caso de católicos divorciados y vueltos a casar, muchos de ellos desean seguir llevando una vida religiosa integral, pero sufren por la negativa de la Iglesia a admitirles a la comunión eucarística. Algunos no ocultan su amargura y enojo sin entender que la Iglesia no es responsable de esta situación.

No hay duda de que la doctrina católica en este punto es exigente, pero la Iglesia está obligada a dar a sus hijos el pan de la verdad sin componendas pastorales que dejen intranquilidad en las conciencias.

La situación de los divorciados y vueltos a casar es una preocupación que no está ausente del corazón de la Iglesia y de sus pastores. Esta problemática origina muchas tensiones a las que hay que darles un seguimiento espiritual, para que la pareja no se aleje de Dios y de su Iglesia.

Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, da algunas orientaciones específicas para mantenerse fiel a Cristo y a su verdad en estos casos, orientaciones que muestran al mismo tiempo el corazón maternal de la Iglesia al buscar el bien de los fieles.

“En primer lugar hay que reconocer —dice el Papa— que los divorciados y vueltos a casar no están excluidos de la Iglesia, de esto no hay duda, ellos siguen siendo miembros de la Iglesia” (FC:84). Dios no condena a nadie, la Iglesia tampoco lo puede hacer y ninguno de nosotros está autorizado para emitir juicios excluyentes.

Los divorciados y vueltos a casar tienen en la Iglesia unos derechos y unos deberes, y la obligación de nosotros, los pastores, es ayudarles a ubicarse en la comunidad cristina: “Se les invitará a escuchar la palabra de Dios —dice la exhortación apostólica—, a asistir al sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a aportar su contribución a las obras de caridad y a las iniciativas de la comunidad a favor de la justicia, a educar a sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu de la penitencia cumpliendo sus actos para implorar, día tras día, la gracia de Dios”(FC 84).

Qué triste es constatar que existen personas que por ignorancia afirman que ya no tienen ningún derecho a acercarse a las celebraciones litúrgicas y que no tienen nada que esperar de la Iglesia.

Estas personas tienen todo el derecho de beneficiarse de un sano acompañamiento espiritual, e incluso, pueden confesar sus pecados a un sacerdote, no para que le den la absolución sacramental, sino para recibir los consejos oportunos y alimentarse espiritualmente.

El hecho de que la Iglesia, fundada en las Sagradas Escrituras, no admita a las personas divorciadas que se han vuelto a casar, a la comunión eucarística, no es el resultado de un capricho de la Iglesia, pues tanto el matrimonio como la eucaristía participan del misterio de la nueva y eterna alianza que Cristo ha sellado con su muerte y resurrección.

El matrimonio es una manifestación de esta alianza, y la eucaristía, la expresión plena. Acceder a la comunión eucarística sería entrar en contradicción con esta alianza establecida por Cristo.

Existe una posibilidad para que puedan comulgar y es pedirles que “vivan como hermano y hermana”, pero este tipo de abstinencia sexual es difícil de cumplir, de comprender y de admitir. No obstante, sí existen casos en los que las parejas, con tal de dejarse llenar por la gracia de Dios, se someten a este sacrificio. La prudencia del guía espiritual, en diálogo con la pareja, podrá llegar a sugerir una opción.

La Exhortación Familiaris Consortio nos hace comprender que la Iglesia espera la salvación de estas personas, y que debe trabajar por su salvación: “Con una decidida confianza, la Iglesia cree que incluso aquellos que se han alejado del mandamiento del Señor y siguen viviendo en ese estado podrán obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación, si perseveran en la oración, la penitencia y la caridad” (FC.84). Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, esos hijos heridos por la vida, dice el Papa, la madre Iglesia los quiere.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

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