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| Excelente. El rumano Gafton Laurentiu impresionó.
Foto EDH |
Rosemarié Mixco
rmixco@elsalvador.com
El Diario de Hoy
El peruano Armando Sánchez Málaga levantó la batuta,
dirigió una mirada estratégica a la Orquesta y con elegancia
inició el decimotercer concierto de la temporada 2004 de la Sinfónica
Nacional. Eran las 7:30 de la noche, del día cuatro del undécimo
mes.
El repertorio, dedicado al centenario del Colegio de Químicos y
Farmacéuticos de El Salvador, se inició con la Sinfonía
No. 3 del clásico alemán Ludwing Van Beethoven, melodía
que mantuvo en expectativa al público asistente, hasta que ciertos
cuchicheos irrumpieron en la concentración de la gente.
Mientras los músicos y el director invitado deleitaban con su talento,
un grupo de adolescentes hacía gala de sus malacrianzas desde el
último bloque de butacas del ala izquierda del Teatro Presidente.
Además de los comentarios entre ellos, se escuchaban risas, alguno
que otro gesto para hacerse notar y el infaltable sonido onomatopéyico:
shhhh...
Al finalizar la primera intervención, los muchachos chiflaron con
cierta timidez y aplaudieron con fuerza. Uno de ellos lo hizo desde su
butaca con los pies arriba del asiento de enfrente.
El adiós
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| Más apoyo. Al concierto asistió
poco público. Foto EDH |
Fue notorio que los menores llegaron al concierto en busca de datos para
algún test o tarea, ya que concluida la meta, la mayoría
abandonó el recinto.
Algunos asistentes mostraron su incomodidad ante las malas costumbres
de los estudiantes y no dejaron de alegrarse tras la partida de éstos.
Al menos, la segunda parte del concierto la disfrutaron con tranquilidad.
La Sinfónica continuó con el Concierto para chelo y orquesta,
del compositor checo Antón DVorak. El solo estuvo a cargo
del rumano Gafton Laurentiu Stroie, que conquistó al público.
El repertorio de lo que podría ser el penúltimo concierto
de la temporada finalizó con la obra Dos estampas, del peruano
Armando Guevara Ochoa.

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