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| Revisión. Debe asegurarse de que las correas
están bien ajustadas.Foto EDH |
Leyre Ventas
El Diario de Hoy
lventas@elsalvador.com
El lago parece el cráter de un gigantesco volcán relleno
de agua. Se siente frío aquí arriba. ¿Cuántos
metros serán cuatro mil pies? No sé qué comprarle
a Laura. ¿Qué se regala a un recién licenciado? Nuestro
salón es pequeño para 30 personas, pero quizá con
las bebidas en la cochera la gente se reparta. Ha de ser incómodo
dormir en la hamaca, y menos mal que no llovió.
¡Listo!. Parece que la ciudad no tuviera límites.
¿Cuál de esas casitas repartidas en el paisaje será
la última de San Salvador? ¡Salte!. El grito
penetra en mis divagaciones.
¿Qué salte ya, ahorita, en este preciso instante? En las
clases de paracaidismo me daban más chance, o así lo recuerdo.
¡Salte!, se reitera. Acostumbrado a la disciplina militar,
me ordena como en el cuartel. Se nota que Mario Terezón no es un
mero instructor de civiles, que también adiestra reclutas.
¡Salte!, una vez más. ¡No puedo!, y le
correspondo en el volumen de voz. Tengo el pie colocado en el peldaño
y medio cuerpo fuera de la avioneta.
¡Usted puede!. La garganta de Terezón casi estalla.
Se niega a que el motor del Skyhawk II, aparato cedido por Panal Escuela
de Aviación, acapare toda la atención auditiva.
¿Qué es arriba, dónde está abajo? Tengo que
adoptar la postura de rana. Voy de nalgas. ¿En qué momento
se abrió el paracaídas? La altura sólo sabe de leyes
gravitatorias.
La seda azul se confunde con el cielo, y yo no puedo andar más
desorientada. Espalda arqueada, brazos en cruz, rodillas dobladas. Ya
me estabilicé, pero ¿dónde estará la torre
de control de Ilopango?
Dominar
el vuelo
Los mandos rojos están donde deberían: pegados a los elevadores,
correas que amarran a la víctima a la bóveda de tela que
le salvará. Una vez asidos los controles, queda lo más agradable:
olvidarse del intento de suicidio y no permitir que sea el paracaídas
el que mande.
Nada se siente más seguro que flotar a tres mil pies quién
sabe a cuántos metros. El nylon ciñe las ingles, y
provoca sentarse en el aire.
¡Qué feo ha sido aventarse! Pero no hubo barrena ni procedimiento
de emergencia. Los pensamientos rompen el silencio absoluto de los cielos.
Nada sigue oyéndose cuando el altímetro marca mil pies,
y lo situado inmediatamente bajo los míos es la torre de control.
La pista de aterrizaje no debe estar lejos.
Los que saben caen como dardos en la enorme diana de lona colocada en
un predio de la Fuerza Aérea. Los principiantes hacen lo que pueden
por acercarse al área.
Luis Aguilar, jefe administrativo, dirige el trayecto agitando banderas.
Un giro a la derecha, medio a la izquierda, dejo avanzar el paracaídas.
Si no fuera por la miopía, distinguiría en el movimiento
de los labios las palabras que no alcanzo a oír.
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¡Salte!, otra vez la misma palabra, el mismo tono,
distinta voz, y menor altura. Fusionados los tobillos y las rodillas flexionadas,
contrarrestan el impacto contra la tierra.
Ahora sí: brindemos por el instante en el que siento el vacío,
casi miedo. Por el cuerpo pendido de la seda, por el salto, por la apertura,
por el aterrizaje exitoso de mi vida. Fue el bautizo de la paracaidista.
Siéntalo en su piel
Puede experimentar el vértigo por usted mismo, pero no sin haber
finalizado antes un curso.
Lo puede solicitar en la Federación Salvadoreña de Paracaidismo
y Aerodeportes (Fespad).
Escoja entre el intensivo (a diario durante una semana) o el partido los
sábados (cinco fines de semana). Deberá cumplir las cuatro
horas de lección por jornada para evitar riesgos innecesarios.
Las clases cuestan 400 dólares. En éstas se aprende a compensar
el peso del cuerpo en cada movimiento y las posturas que permiten controlar
la situación.
La inscripción en la Federación es de $3 y la cuota mensual
de $2. Ser federado le da derecho a un carné que así lo
indica, y una bitácora que le permita saltar en paracaídas
en el país que escoja.
Además, podrá practicar los saltos siempre que quiera y
en compañía del resto de inscritos.
La federación proporcionará el equipo (paracaídas,
traje, casco, lentes, altímetro).
Si está interesado, comuníquese al teléfono 295-6540.
Pregunte por Eduardo Ramírez.
La avioneta ocupada para los saltos pertenece a Panal Escuela de Aviación.
Tel: 295-0283 y 295-1216.

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