
Marcela
Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
WASHINGTON. En caso de
que lo haya olvidado, Uruguay también tuvo elecciones presidenciales
esta semana. Pero allá, al fondo del Cono Sur, la elección
fue significativamente diferente en por lo menos un aspecto particular
a la elección estadounidense. Si usted le hubiera preguntado a
cualquier uruguayo acerca de la religión o las creencias espirituales
de su Presidente electo, seguramente no habría podido responderle.
Claro que Uruguay es probablemente el país más laico en
el subcontinente más católico del mundo. Pero en la mayor
parte de América Latina la religión continúa siendo
un asunto muy íntimo. Con unas cuantas excepciones, la mayoría
de latinoamericanos no sabe y realmente no les importa la
inclinación espiritual de sus líderes.
Aquí la cosa es ciertamente distinta. En esta temporada electoral
los candidatos parecieron más ansiosos que nunca de llevar a flor
de piel su religión. El Presidente Bush, quien ha identificado
a Jesús como su filósofo político favorito, habló
a lo largo de la campaña acerca de permitir que la fe presida las
decisiones de política pública. El senador John Kerry, tal
vez forzado más por las circunstancias a superar cierta reticencia
a dichos temas, terminó diciendo que creo que todo lo que
uno hace en la vida pública tiene que ser guiado por su fe.
La discusión y el despliegue públicos de la fe de los candidatos
marcan la diferencia superficial entre Estados Unidos y Latinoamérica
sobre el papel de los valores morales y religiosos en la política.
Más profundamente, un cierto punto de vista religioso ha capturado
las pasiones del electorado estadounidense en una forma que es inimaginable
en América Latina.
Aquí la políticamente influyente derecha cristiana está
dedicada a lo que describe como una guerra cultural para proteger sus
valores de amenazas como el aborto, los matrimonios del mismo sexo e investigaciones
con células madre, entre otros. En las elecciones del martes, los
votantes en todos los 11 estados que incluyeron iniciativas para prohibir
los matrimonios gay las apoyaron contundentemente.
Como lo describió Brian H. Smith, profesor de religión en
Ripon College, en Wisconsin, los Estados Unidos quiere que cada
vez más la moralidad y la religión justifiquen sus políticas.
Smith, un sacerdote jesuita que sirvió en América Latina,
cree que hoy el papel de la religión en la política es objeto
de un mejor trato en el resto de las Américas, donde predomina
el deseo de debatir políticas motivados por la razón
y no por la religión.
Eso no quiere decir que las fuerzas religiosas no sean políticamente
activas en América Latina. De hecho, el creciente movimiento evangelista
en países tan diversos como Brasil, Guatemala y Perú han
formado sus propios partidos políticos y presentado candidatos
que impulsan sus prioridades.
Pero las prioridades de estos cristianos del sur difieren radicalmente
de las de sus contrapartes del Norte. Considere usted los propósitos
de la propia Iglesia Católica en las dos regiones. Edward Cleary,
director de estudios latinoamericanos en la universidad Providence College,
en Rhode Island, dijo que los temas calientes para los obispos
católicos estadounidenses son hoy asuntos a la vez morales y culturales,
como por ejemplo el aborto o la investigación con células
madre. Para los obispos en América Latina, las principales prioridades
son la justicia social, la lucha contra la corrupción y el asegurar
que el libre comercio no deje a los pobres más atrás.
Mientras Kerry, un católico, parecería haber estado más
alineado con estas preocupaciones católicas tradicionales, sus
políticas a favor de la opción de la mujer de abortar le
pusieron en oposición a los obispos más conservadores de
este país. En un memo reimpreso en inglés y español
en los boletines que recibieron los feligreses en Arlington, Virginia,
el domingo, el obispo Paul Loverde les recordó a los votantes católicos
que los principios centrales de su religión, tales como la búsqueda
de la justicia social y la práctica de una solidaridad global,
resultan insignificantes sin la protección a la vida humana.
Para ser más exacto, enfatizó Loverde, votar por un candidato
pro-aborto, independientemente de sus otros valores, es lo mismo que cooperar
materialmente con el mal.
Ante las últimas elecciones a lo largo del hemisferio, algunos
analistas hablan ya de una creciente división ideológica
entre el Norte y el Sur, con Estados Unidos oscilando hacia la derecha
y Latinoamérica, hacia la izquierda. Esto es verdad hasta cierto
punto, pero los conceptos de izquierda y derecha son inadecuados y anticuados
para describir las diferencias.
En Uruguay, el Presidente electo Tabaré Vázquez es el candidato
de la izquierda, de hecho, será el primer político de izquierda
en liderar esa nación. Curiosamente, este izquierdista
se ha comprometido a mantener las reformas de mercado, la disciplina fiscal
y la estabilidad macroeconómica. Su deseo de trabajar sobre temas
tradicionalmente favorecidos por conservadores es suavizado por sus valores
no sus creencias con respecto al aborto o a los matrimonios gay,
sino por su preocupación de que los pobres salgan adelante en una
economía de mercado.
Uno podría preguntarse: ¿Cuáles son las prioridades
morales de una nación en una época como la nuestra? La respuesta
tal vez ayude a explicar mejor las distinciones entre el Norte y el Sur,
teniendo en cuenta los resultados electorales de esta semana.
*Columnista del Washington Post.

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