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| Dolor. Karla consuela a su madre, Marina Barahona,
al recordar la muerte de su hijo.. Foto EDH |
Margarita
Sánchez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
La familia Barahona Martir jamás pensó que en el día
de los difuntos se uniría otro pariente a la lista de tumbas a
enflorar. El menor de la casa, el bebé, como cariñosamente
le llamaba su madre, Marina, fue asesinado el pasado viernes.
Cesar Javier Barahona, de 16 años, cayó a pocas cuadras
del Centro Escolar Doroteo Vasconcelos, en Ayutuxtepeque, donde estudiaba
en el turno de la noche. En el suceso también resultó lesionada,
en el brazo izquierdo, la joven que lo acompañaba María
Guadalupe Vides, de 20, quien era su compañera en la escuela.
Hasta el momento se desconocen los motivos por los que lo mataron. Las
investigaciones de la Policía Nacional Civil no han proporcionado
mayores datos sobre el crimen.
Los profesores del centro escolar lo recuerdan como un muchacho responsable.
Siempre asistía a sus clases. Era muy tranquilo y sobre todo
aplicado, expresó su maestra Cristina Rodríguez.
La docente habla del esfuerzo que César realizaba todos los días:
el chico trabajaba con su padre por la mañana y asistía
a su escuela por la noche. Al regreso de clase tenía que caminar
un largo tramo. Desde donde lo dejaba el autobús en la Colonia
Santísima Trinidad y atravesaba por una vereda hasta el lugar donde
siempre lo esperaba su madre, al otro lado del estrecho camino.
Hoy, esos recuerdos son más dolorosos para la progenitora, quien
no acaba de comprender porqué tuvo que morir de esa forma.
Entiendo que los hijos son prestados..., pero que me lo arrancarán
de esa forma..., explicó la madre.
César era un muchacho muy dedicado a su familia y a sus estudios.
Como todo buen católico asistía a misa los domingos y participaba
en eventos religiosos como las pastorelas.
Cuando no se dedicaba a su trabajo ni a la escuela, su pasión más
inmediata era el fútbol. Junto a su cama estaban pegadas las fotografías
de las figuras del deporte que más admiraba. El póster de
Ronaldiño, jugador del Barcelona, lo dice todo.
A la par de ellas figuraba la imagen de la virgen María, a quien
se encomendaba todas las noches.
El corazón de Marina le trató de avisar el pasado viernes
de que algo malo iba a pasar. Me sentí mal y salí
temprano del trabajo, indicó. Cuando estaba por llegar a
la casa se encontró con César, quien tampoco había
ido a trabajar, y quien se encaminaba hacia la escuela.
Nunca pensé que sería la última vez que vería
a mi hijo, expresó entre sollozos la indignada madre.
Tan repentino ocurrió todo que la familia no tuvo tiempo de mandar
hacer una lápida. En el lugar donde descansa su hijo le colocaron
una cruz de madera, la cual será sustituida el domingo por una
de cemento.
En el cementerio del Cantón Los Llanitos, su cuerpo descansa cerca
de la Cruz del Perdón en una tumba llena de flores, que fueron
depositadas por todos sus amigos.
Hoy es César el que espera a su madre del otro lado del camino.

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