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K. Guzmán/A. Montalvo /M. Azucena
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Alicia se quedó en su viejo país de las maravillas porque
ahora la magia de Harry Potter es mucho más popular.
La Bella Durmiente seguirá esperando a su príncipe azul
mientras las gemelas Olsen andan día y noche de shopping. Shrek
tenía razón: los héroes de los cuentos infantiles
ya no volverán a ser los mismos.
Esto es lo que Vida descubrió al visitar las librerías más
conocidas de San Salvador: La Casita, La Ceiba, Pro Libros y Bookmarks.
El denominador común entre todas es que la literatura infantil
es de los géneros más comercializados, pero los que vienen
del extranjero.
Sandra de López, de La Casita, reveló que lo más
despachado en el negocio son las aventuras de Lizzy Maguire, las de Mary
Kate y Ashley Olsen y las sagas del mago juvenil Harry Potter.
¿Y cuántos títulos salvadoreños registra en
ventas? Seis, en lo que va del año, y no de diferentes autores,
sino de uno solo: Claudia Lars, con el libro Escuela de Pájaros.
La cantidad es insignificante al compararla con las 133 ediciones de las
polémicas Olsen que, en ese mismo período, han sido compradas.
La conclusión es sencilla: la literatura infantil extranjera es
mucho más apetecible que la nacional. Lo anterior aplica a las
demás librerías consultadas.
Los libros (los extranjeros) están de moda, refuerza
De López.
Marketing
Un punto a favor para lo que viene de fuera es la publicidad, la cual
es mucho más agresiva y constante que la que se hace de las producciones
locales.
Y es que en El Salvador hay literatos de cuentos y poesía para
infantes, pero éstos publican poco.
La Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) no tiene una colección
definida para niños, aunque ha editado al menos cuatro títulos
para infantes, en los últimos diez años.
El coordinador editorial de la entidad, Carlos Clará, explicó
que para el 2005 se planea consolidar la línea literaria para pequeños.
Ana Dolores de Fauvet, presidenta de la Cámara del Libro, está
convencida de que esos ejemplares sí tienen gran demanda
en el país, pero que es difícil producirlos.
Lo anterior apunta se debe a que las editoriales salvadoreñas
no tienen suficiente respaldo económico.
El representante
de la DPI lo corrobora. Producir un libro infantil es caro,
debido a que necesitan ilustraciones de una alta calidad.
Es así que a través de los certámenes se ha tratado
de incentivar que más personas dediquen su talento a los pequeños.
Así, la Alianza Francesa acreditada en el país organizó
El primer premio de cuento infantil Charles Perrault. La ganadora fue
una estudiante de diseño gráfico, Brenda Emily Figueroa.
Otra alternativa es la de Radio UPA, que graba cuentos salvadoreños,
como por ejemplo de los autores Ricardo Lindo y Maura Echeverría.
De esta manera, estos cuentos llegan a los pequeños que escuchan
la emisora, y a la larga se convertirán en parte del universo de
literatura infantil local.
Literatura que espera algún día ser adquiridad de manera
masiva por los salvadoreños.
Sólo a los niños
Claribel Alegría, Sara Palma de Jule, Maura Echeverría,
Corina Bruni, Carlos Pohl, Alice Lardé de Venturino, Francisco
Espinosa, Teresa Restrepo y muchos más salvadoreños, han
asumido el reto de escribir cuentos y poesías que gusten a los
infantes nacionales.
De acuerdo con lo expuesto en la tesis El cuento infantil salvadoreño,
de Rubén Merino, este género literario es reciente: nació
en el país a mediados del siglo XX.
Un antecedente de lo anterior es El educador nacional, que salió
al mercado en 1929, de Juan Antonio Cañas; Cuscatlán (1959),
de Francisco Espinosa; y El lector cuscatleco (1946), de José Luis
López.
La literatura oral o la mitología nacional (como las leyendas de
El Cipitío y la Carreta chillona) ha sido y sigue siendo fuente
de imaginación y entretenimiento entre los infantes.
Sin embargo, en opinión de Merino, la literatura local tiene metas
por cumplir, como salir a la luz pública, editarse, ser defendida
como género literario de valor, ponerse a la altura con la calidad
de la extranjera y no olvidar el entorno social, familiar y educativo
salvadoreño.
Como alternativa, las autorías de Ricardo Lindo y Maura Echeverría
han grabado sus cuentos para radio.
Ilustrar es toda una fantasía
Para que un libro infantil enamore a un niño debe cumplir un
requisito básico: tener ilustraciones.
Brenda Emily Figueroa, ganadora del Premio de Cuento Infantil Charles
Perrault, considera que ilustrar un cuento es pintarlo lo más
mágico posible, para que el niño se interese en seguir leyendo.
Las imágenes aclara no deben representar con exactitud
lo que el texto dicta, sino un complemento para que los lectores sueñen
más. Esto implica usar sicología de colores y trazos llamativos
y claros.
La joven sueña con ilustrar sus Cuentos de Atardecer Azul, con
los que ganó el certamen de la Alianza Francesa.
La primera mención del mismo, por cierto, se la llevó Ricardo
Castellón, un diseñador gráfico, quien considera
que al incorporar figuras y personajes a los cuentos y poesías
infantiles es apostarle a la fantasía.
En su caso ha tenido la oportunidad de ilustrar obras para pequeños,
como Escuela de Pájaros, de Claudia Lars (publicado por la DPI),
y otros textos educativos.
Esta experiencia, dice: me dejó con la inquietud de hacer
algo más. Y el resultado fue su libro 40 cándidos
cuentos, que junto con los relatos escritos por Brenda serán publicados
por Alianza Francesa en castellano y francés en los meses próximos.

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