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Cuentos sin cipotes

Los literatos nacionales se ven opacados por las producciones internacionales.

Publicada 04 de noviembre 2004, El Diario de Hoy


K. Guzmán/A. Montalvo /M. Azucena
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Alicia se quedó en su viejo país de las maravillas porque ahora la magia de Harry Potter es mucho más popular.

La Bella Durmiente seguirá esperando a su príncipe azul mientras las gemelas Olsen andan día y noche de shopping. Shrek tenía razón: los héroes de los cuentos infantiles ya no volverán a ser los mismos.

Esto es lo que Vida descubrió al visitar las librerías más conocidas de San Salvador: La Casita, La Ceiba, Pro Libros y Bookmarks.

El denominador común entre todas es que la literatura infantil es de los géneros más comercializados, pero los que vienen del extranjero.

Sandra de López, de La Casita, reveló que lo más despachado en el negocio son las aventuras de Lizzy Maguire, las de Mary Kate y Ashley Olsen y las sagas del mago juvenil Harry Potter.

¿Y cuántos títulos salvadoreños registra en ventas? Seis, en lo que va del año, y no de diferentes autores, sino de uno solo: Claudia Lars, con el libro Escuela de Pájaros.
La cantidad es insignificante al compararla con las 133 ediciones de las polémicas Olsen que, en ese mismo período, han sido compradas.

La conclusión es sencilla: la literatura infantil extranjera es mucho más apetecible que la nacional. Lo anterior aplica a las demás librerías consultadas.

“Los libros (los extranjeros) están de moda”, refuerza De López.

Marketing

Un punto a favor para lo que viene de fuera es la publicidad, la cual es mucho más agresiva y constante que la que se hace de las producciones locales.
Y es que en El Salvador hay literatos de cuentos y poesía para infantes, pero éstos publican poco.

La Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) no tiene una colección definida para niños, aunque ha editado al menos cuatro títulos para infantes, en los últimos diez años.

El coordinador editorial de la entidad, Carlos Clará, explicó que para el 2005 se planea consolidar la línea literaria para pequeños.

Ana Dolores de Fauvet, presidenta de la Cámara del Libro, está convencida de que esos ejemplares “sí tienen gran demanda en el país, pero que es difícil producirlos”.

Lo anterior –apunta– se debe a que las editoriales salvadoreñas no tienen suficiente respaldo económico.

El representante de la DPI lo corrobora. “Producir un libro infantil es caro”, debido a que necesitan ilustraciones de una alta calidad.

Es así que a través de los certámenes se ha tratado de incentivar que más personas dediquen su talento a los pequeños.

Así, la Alianza Francesa acreditada en el país organizó El primer premio de cuento infantil Charles Perrault. La ganadora fue una estudiante de diseño gráfico, Brenda Emily Figueroa.

Otra alternativa es la de Radio UPA, que graba cuentos salvadoreños, como por ejemplo de los autores Ricardo Lindo y Maura Echeverría.

De esta manera, estos cuentos llegan a los pequeños que escuchan la emisora, y a la larga se convertirán en parte del universo de literatura infantil local.
Literatura que espera algún día ser adquiridad de manera masiva por los salvadoreños.


Sólo a los niños

Claribel Alegría, Sara Palma de Jule, Maura Echeverría, Corina Bruni, Carlos Pohl, Alice Lardé de Venturino, Francisco Espinosa, Teresa Restrepo y muchos más salvadoreños, han asumido el reto de escribir cuentos y poesías que gusten a los infantes nacionales.

De acuerdo con lo expuesto en la tesis El cuento infantil salvadoreño, de Rubén Merino, este género literario es reciente: nació en el país a mediados del siglo XX.

Un antecedente de lo anterior es El educador nacional, que salió al mercado en 1929, de Juan Antonio Cañas; Cuscatlán (1959), de Francisco Espinosa; y El lector cuscatleco (1946), de José Luis López.

La literatura oral o la mitología nacional (como las leyendas de El Cipitío y la Carreta chillona) ha sido y sigue siendo fuente de imaginación y entretenimiento entre los infantes.

Sin embargo, en opinión de Merino, la literatura local tiene metas por cumplir, como salir a la luz pública, editarse, ser defendida como género literario de valor, ponerse a la altura con la calidad de la extranjera y no olvidar el entorno social, familiar y educativo salvadoreño.

Como alternativa, las autorías de Ricardo Lindo y Maura Echeverría han grabado sus cuentos para radio.


Ilustrar es toda una fantasía

Para que un libro infantil enamore a un niño debe cumplir un requisito básico: tener ilustraciones.

Brenda Emily Figueroa, ganadora del Premio de Cuento Infantil Charles Perrault, considera que “ilustrar un cuento es pintarlo lo más mágico posible, para que el niño se interese en seguir leyendo”.

Las imágenes –aclara– no deben representar con exactitud lo que el texto dicta, sino un complemento para que los lectores sueñen más. Esto implica usar sicología de colores y trazos llamativos y claros.

La joven sueña con ilustrar sus Cuentos de Atardecer Azul, con los que ganó el certamen de la Alianza Francesa.

La primera mención del mismo, por cierto, se la llevó Ricardo Castellón, un diseñador gráfico, quien considera que al incorporar figuras y personajes a los cuentos y poesías infantiles es “apostarle a la fantasía”.

En su caso ha tenido la oportunidad de ilustrar obras para pequeños, como Escuela de Pájaros, de Claudia Lars (publicado por la DPI), y otros textos educativos.

Esta experiencia, dice: “me dejó con la inquietud de hacer algo más”. Y el resultado fue su libro 40 cándidos cuentos, que junto con los relatos escritos por Brenda serán publicados por Alianza Francesa en castellano y francés en los meses próximos.



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