
Arturo
J. Cruz-Sequeira*
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
En las democracias representativas/electorales,
los partidos políticos son fundamentales como los intermediarios
entre la sociedad y el Estado, con consultas populares limitadas a los
períodos electorales, aunque hay espacio para el referéndum
como método de consulta directa sobre temas muy concretos y en
circunstancias excepcionales. En este sistema de democracia, la soberanía
popular es delegada temporalmente a sus representantes, los que por virtud
de esta delegación tienen la potestad para tomar decisiones a cuenta
de los ciudadanos.
En la democracia directa/participativa, no queda tan claro cuál
es la función de los partidos políticos, y más bien
se insinúa una función más protagónica en
la intermediación entre la gente y la gestión pública
para la sociedad civil organizada.
En esta forma de entender la democracia, el referéndum es un mecanismo
de utilización frecuente, puesto que en teoría toda decisión
importante debería ser consultada en forma directa con los
ciudadanos. Las decisiones importantes, por ejemplo, pueden ir desde privatizaciones
de activos públicos, pasando por revisiones en los aranceles de
servicios telefónicos, hasta acuerdos comerciales entre países.
En este sistema de democracia, la soberanía popular se ejerce de
manera más directa.
Los peligros del poder dual
Por años Costa Rica ha sido ejemplo de cómo debe funcionar
una democracia representativa, con una sociedad política estable
y legítima. Sin embargo, en las últimas dos elecciones presidenciales,
los índices de abstención llegaron al 30,0% de la franquicia
electoral (altos para sus niveles históricos), y sus dos partidos
principales han perdido representatividad entre sus clientelas tradicionales.
Los casos de corrupción más recientes, que involucran a
los ex presidentes Miguel Ángel Rodríguez y Rafael Ángel
Calderón, entre otros, han acentuado la tendencia que ya existía
entre los costarricenses a no creer en los partidos políticos establecidos,
e inclusive, tal como lo señala el destacado columnista de La Nación,
Jaime Ordóñez, a mostrar poca satisfacción con la
democracia, 48,0% en 2004, comparado con el 75,0% en 2002 y a 90,0% durante
los años setenta.
Una sociedad política que carece de legitimidad no es capaz de
tomar decisiones que no se prestan a consensos fáciles,
sobre todo cuando las voces que proponen la democracia directa tienen
la ventaja de la ofensiva ideológica, aprovechándose de
la preocupación de los costarricenses por la igualdad ciudadana
y con la preservación de una esfera pública importante que
garantice esa igualdad. Los sindicatos y otros grupos que se autodenominan
como sociedad civil no le reconocen suficiente representatividad popular
a la Asamblea de Costa Rica para efectuar la votación sobre si
el país se adhiere o no a lo negociado en el Cafta.
Una decisión tan importante en la vida de los costarricenses,
según Albino Vargas, secretario general de la Asociación
Nacional de Empleados Públicos y Privados (ANEP), la deben tomar
de manera compartida la sociedad política y la sociedad civil,
y si no es así.
Las organizaciones ciudadanas, advierte Albino Vargas, tendrán
que acudir al referéndum de la calle, tal como lo hicieron
hace varios años con el combo del ICE, un proyecto
de ley que estaba diseñado para permitir la participación
de los empresarios privados, junto con las empresas estatales, en el desarrollo
de las telecomunicaciones y en la generación de energía.
Con base en lo dicho, se pudiese alegar que en Costa Rica se están
generando las condiciones de poder dual, es decir, una situación
donde la sociedad política decide una cosa, y la sociedad civil
organizada otra, sin que ninguna tenga la fuerza suficiente para imponer
su voluntad.
Es una suerte de empate entre la sociedad política
que posee la legalidad, y la sociedad civil organizada, que dice poseer
más legitimidad, por estar más cerca de la gente.
En semejantes circunstancias, todos los posibles escenarios son indeseables:
parálisis gubernamental, caos en las calles, el surgimiento de
una figura mesiánica con inclinaciones populistas, o el fortalecimiento
de partidos políticos que no comparten la preferencia por el mercado
y la iniciativa de los privados.
Una segunda presidencia de Óscar Arias
La situación de Costa Rica es harto compleja y no es fácil
ofrecer recomendaciones de lo que se debería hacer para mejorar
su proceso político, puesto que sus fallas son sistémicas,
asociadas a los partidos tradicionales y a sus líderes más
reconocidos. El Presidente Pacheco, cuyo mandato termina en mayo de 2006,
da la impresión de no tener el capital político para empujar
la reforma fiscal o Cafta. En ocasiones da la impresión de que
su ambición mayor es terminar su período en relativa calma,
apaciguando la ira de los costarricenses con la condena de los ángeles
caídos, y entregarle la presidencia a Óscar Arias.
La expectativa del establishment costarricense (una combinación
de capitales fuertes pero discretos, medios de comunicación y la
tecnocracia/intelectuales asociados a los partidos principales y a la
gestión pública), es que Óscar Arias se reelija gracias
a su extraordinaria popularidad, y con su liderazgo probado,
en una segunda presidencia realice, lo que el país para entonces
vendría postergando por varios años: la reforma fiscal,
la apertura a capitales privados en actividades que han sido de la competencia
exclusiva del Estado, la ratificación del Cafta por su Asamblea
y que logre re-inventar a su partido Liberación Nacional,
para que continúe sirviendo como ancla del sistema de partidos
costarricense.
Es por lo dicho que el establishment le perdió el miedo a la repetición
de un segundo don Pepe Figueres Ferrer, y encontraron la manera
para permitir la reelección presidencial, aunque no fuese de manera
inmediata. Suponiendo que Óscar Arias en 2006 sea la persona indicada
para reanimar la democracia de ese país, cuán factible será
para su gobierno cumplir exitosamente su agenda, con un ciclo de cuatro
años, cuando está claro que los problemas/retos de Costa
Rica son sistémicos y se han acumulado a lo largo de los años.
¿En qué condiciones heredará Arias el país
en 2006? ¿Cuánto tiempo le tendrá que asignar a lo
inmediato en los primeros años de su gobierno? ¿Será
capaz de preservar su capital político tomando decisiones difíciles?
¿Cómo estará la correlación de fuerzas en
un Parlamento cada vez más fragmentado en bancadas que no se someten
a ninguna disciplina partidaria?
*Profesor asociado del INCAE.

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