
Marvin
Galeas *
El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx
Cuando Geovani, mi hermano,
me pidió mi opinión sobre su proyecto de escribir un extenso
reportaje sobre la vida de una de las personalidades más controvertidas
de la historia del país, le dije que me parecía muy audaz
de su parte. Pero también le advertí sobre el avispero que
iba a alborotar. Y las avispas pican, le dije.
Su intención, me aclaró, no era la de hacer un riguroso
análisis sobre el triste capítulo de la guerra y menos la
de determinar culpabilidades o inocencias. Lo que quería era contar
la historia de un líder político en torno al cual parece
no haber medias tintas. O se le venera de manera casi religiosa o se le
odia con saña. Lo cierto es que su influencia en la historia reciente
del país es incuestionable.
Desde el punto de vista periodístico, el trabajo valía la
pena. Pero con tanta herida sin cicatrizar, con tantas pasiones aún
desatadas por todos lados, lo mejor era olvidarse del asunto. Eso dije
yo.
Pero conozco bien a Geovani. De nada serviría mi consejo de hermano
mayor: como la vez cuando siendo un niño de menos de 10 años
se escapó, seducido por los trapecistas, con un circo que pasó
por el pueblo, o como cuando casi mata de un susto a mi mamá apareciendo,
pequeño, pecoso, pelirrojo y con lentes culo de botella, en pleno
centro de la plaza de toros, cargándole los capotes, banderillas
y espadines al torero mexicano Ramón Garza, durante las fiestas
patronales en honor de la Virgen de Candelaria.
O como cuando, estando en cuarto grado, le escribió una muy apasionada
y erótica carta de amor a Olguita Granados, una bella muchacha
del bachillerato y estrella del equipo de softbol. O como cuando, siendo
un adolescente, se escapó de manera definitiva de la casa de mi
papá para dedicarse a escribir, juntarse con los poetas, vivir
de cualquier cosa, mientras leía de un solo tirón las obras
completas de Dostoievski, Sartre, Proudhon, Tolstoi, Jorge Luis Borges
y Cortázar. O como cuando se metió con la guerrilla.
O como cuando, a mediados del conflicto, tronó con la guerrilla.
De manera que el reportaje y sus consecuencias venían en camino.
Junto a la publicación del reportaje aparecieron las avispas, pero
también las víboras. Las avispas picaban, porque les tocaron
su panal. Algunas, por desacuerdos con lo que ciertas fuentes decían;
otras, por simple ego, porque las mataba el hecho de no salir en las fotos.
Las picadas de las avispas eran esperables y hasta comprensibles. Pero
quienes hicieron acusaciones graves sin prueba alguna, destilaron veneno
y pidieron la cabeza de mi hermano por semejante atrevimiento, fueron
precisamente las víboras.
Aquellos que creen que la vida es un inmenso colectivo de partido
del cual ellos son los responsables ideológicos. Allí está
por ejemplo el internacionalista proletario, que se pasó
la guerra en Alemania, Managua o México, como director de relaciones
públicas de los comandantes guerrilleros, que se hacía pasar
como corresponsal extranjero, para presentar historias de propaganda totalmente
manipuladas. Ese mismo que al final de la guerra soñó con
convertirse en el zar de las comunicaciones de izquierda y, por su ineptitud,
terminó con más pena que gloria vendiendo guaro fino en
una esquina de la ciudad.
Allí está el otro señor que pareciera estar poseído
por un odio enfermizo hacia los Ga- leas. No pierde oportunidad para el
ataque artero, el comentario corrosivo, la puñalada o más
bien el picahielazo (verbal gracias a Dios). Un muchacho que bajo seudónimo
produjo toda una película de homenaje a Salvador Cayetano Carpio,
el sanguinario comandante Marcial. Pero, claro, su
asesino era el más ético de todos.
Este señor que, sin pudor alguno, cobra cheques a la derecha, para
escribir desde la izquierda, establece, porque le viene en gana, que al
escribir el reportaje, Geovani está pagando un favor.
¿Qué pruebas tiene? Nada. Es la costumbre de escupir propaganda
negra. Ni el internacionalista proletario ni el asesor oficial de cultura
superaron nunca esa no tan lejana etapa de sus vidas. De los demás,
los sesudos académicos, ni siquiera vale la pena decir nada...
son tan inofensivos.
En mi paso por la izquierda conocí gente buena, solidaria. Personas
convencidas de estar dando lo mejor de sí mismas por un hermoso
ideal. Había otros, los más que vieron en la revolución
una manera de vivir casi de gratis en el extranjero con la excusa del
trabajo internacional, o de ser alguien respetable en un ambiente donde
lo que se premiaba no era la inteligencia o el trabajo, sino el servilismo
a los comandantes, o una forma de darle salida a grandes resentimientos
sociales y retorceduras del espíritu.
Durante la guerra, eran los cuadros intermedios los responsables ideológicos
del colectivo. Hoy, en la paz, viven medrando de las oenegés y
encubren con una jerga de lenguaje justiciero y de protesta los terribles
sentimientos de envidia y frustración que les carcomen el alma.
Precisamente, una de las causas de mi ruptura con la izquierda es esa
actitud enfermiza y tan inexplicablemente rencorosa de muchos de sus militantes,
que les lleva de manera tan fácil a privilegiar la calumnia y el
insulto por encima de los argumentos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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